El timbre de la puerta…

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¿Qué pasa con lo que éramos y ya no somos? ¿A dónde va a parar aquella vida tan distinta de esta, que parecía tan sólida y tan aquí para quedarse? ¿Y todos los “yo nunca” / “yo siempre”? ¿Qué se vuelven todas las promesas que nos hicimos, y que le hicimos al espejo? ¿Dónde se quedan las canciones, el dolor que pensamos nos iba a matar, o como mínimo mutilar?

No logro acordarme de qué lado de la puerta estaba el timbre. Ni por qué a D le molestaba tanto. No logro sentir el frío del aire acondicionado de la sala (aquella obra maestra de la climatización) mientras me duermo en el sofá sin cojines. El sofá rasgado por el paso de unos niños. El sofá que vio cosas irrepetibles. 

No logro acordarme de qué lado de la puerta estaba el timbre, pero me acuerdo de la pegatina de “Sumaj Kausai. Buen Vivir / Vivir Bien”. Todo el que llegaba a la puerta tenía preguntas sobre su significado. Todos antes de tocar el timbre. 

No logro sentir la brisa caliente que huye del mar, buscando el balcón donde sabe más la esperan. No recuerdo si dolía o no subir la escalinata, si entraba a la Colina por la loma o buscando al Alma Mater. ¿Cuántas veces subí? ¿Cuántas cuadras eran “muchas cuadras”? 

No recuerdo el olor de la casa. No recuerdo qué era abrir la puerta y entrar. 
Y ahora no sé–que me perdone Dios pero no sé–si estuvimos de verdad allí. No sé si bañamos el granito del suelo con todas las ganas. No sé si fue verdad aquella urgencia, aquella ingenuidad. No sé si todas las veces que pensamos que era amor; si todas las veces que decidimos en silencio que había que largarse; si todas las veces que nos fuimos a dormir con hambre y tan juntos; si todas las veces que nos abrazamos para frenar el dolor, para celebrar la vida, para tener algo que hacer…No sé si todo eso pasó. 

Había testigos. Sé que había testigos. Pero han hecho también otras vidas. No sé si también a ellos les parece cada tres semanas que le arrancaron una de las extremidades. No sé si se sientan en un vagón del metro y se miran en el cristal del tren, en un túnel que hace todo más oscuro, y se preguntan si todo aquello pasó; si de verdad fue así de definitorio y urgente. No sé si se acuerdan de qué lado de la puerta estaba el timbre. 

El brindis de la derrota…

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Son las 12:45 am y yo estoy combatiendo el sueño para terminar los últimos 25 minutos del último capítulo de una serie. Como gesto final de irreverencia—porque si en algo coincidimos todos es en su irreverencia—el teléfono suena para que una voz me de la noticia que de manera torcida he estado esperando casi toda mi vida adulta. El teléfono suena y yo lo primero que pienso es en que en este país, nadie me ha llamado jamás después de las 12 de la noche para nada bueno. Con el recuerdo de la isquemia de mi abuela paterna, y el cáncer de mi abuela materna, el corazón me da un vuelco. Miro el número, es mi hermanastra.

¡Clau! ¡No te imaginas quien se acaba de morir!

El tono nervioso mezclado con incredulidad, con temblor en la voz, me deja completamente confundida durante esos eternos segundos entre el enunciado y su segunda parte. “¡Se murió Fidel!”

No lo creo. Forcejeo con ella en el teléfono. Le regaño por su ingenuidad de venir a creerse cualquier bola y además llamarme a esta hora para esa mierda. No. No es verdad. Forcejeo más. Me grita que sí, cojones, que llamó a un amigo en Cuba y le dijo que lo habían anunciado por la televisión. Busco en la computadora CNN, no por objetividad sino por rigor, porque si sale en CNN es que es verdad. Pero CNN no dice nada. No habla nada de Fidel Castro. No es verdad. Me encabrono. Sigo regañando y peleando con ella. Me dice que busque BBC, y ahí está. No hay que leer más que dos palabras del titular: “Fidel” y “Dead”. Para sorpresa mía, las primeras palabras que salen de mi boca lo hacen en inglés: “Oh my fucking God, it’s true!”. Y ya sé que eso no hace más que alimentarle las pasiones a los que me gritan traidora y apátrida desde la seguridad de un teclado, pero es la verdad de los hechos. Tiene, además, un simbolismo agridulce que mis palabras frente a la muerte del hombre que en cierta medida me empujó a emigrar, salgan en el idioma del país que me recibió. Me tapo con una mano la boca, como temiendo que se me escape la vida por ahí.

Se murió Fidel. Se tensan todos los músculos, se me dispara el corazón y me duele el pecho. Me tiemblan las manos y la voz. Se me humedecen los ojos. Piensa carajo, rápido. Mi cerebro se pone en modo emergencia y por un segundo me dice “calma, ¿qué es lo que toca hacer ahora?” Como un código de programación computarizado empiezo a descartar y analizar cadenas: lo primero identificar si hay peligro. No. La muerte de Fidel no representa un peligro. Lo segundo, la familia y los amigos. Llama a dar la noticia o a consolar si fuera necesario. Llamo, aviso, despierto a mi marido. Espero en el sofá a que llegue mi padre.

Hay un momento después de las primeras llamadas y mensajes en el que me siento, temblando desde los pies hasta el estómago, y miro sin mucha intención la pantalla de la computadora. Ahí sigue el titular de BBC. Se murió Fidel. Me lo repito intentando convencerme. Es entonces que me empuja algo hacia atrás, con una violencia tremenda, y siento como si mi vida fuera una vasija rota, con los pedazos superpuestos con mucho cuidado para formar de nuevo la vasija, pero sin pegamento. Y una sustancia extraña, como el oro fundido que usan los japoneses para el Kintsugi (aquello de reparar las cosas rotas con oro en vez de pegamento para crear algo bello a partir de lo roto) empieza a resbalarme por la cara. Por un momento—que parece más corto de lo que es y no a la inversa—siento que mi vida se recompone toda; que todos los dolores se revierten; que la película corre hacia atrás y va reparándose a sí misma. Por un momento que se siente más corto de lo que es, todos los fragmentos que traigo rotos se recomponen y se sellan con oro fundido, y componen algo sólido, con claras rupturas pero junto de nuevo.

Y luego explota en mil pedazos. Y lloro como si hubiese muerto mi madre. Lloro y grito, lloro enrojecida, lloro sin poder respirar. El pecho me duele como si un hombre de casi 1.80 metros de estatura me hubiese pateado en el mismo centro de la caja torácica. Mi marido me mira en ese llanto histérico y rasgado, ese llanto de madre que trae en los brazos a su hijo muerto, y no se atreve a decirme nada. Porque sabe. Lleva suficiente tiempo conmigo para conocerme y saber que me están doliendo, al mismo tiempo, 28 años y muchas vidas, muchas muertes. Sabe que estoy reviviendo la muerte de mi tío abuelo, de mi bisabuela; la despedida de todos los amigos, de mi padre y mi hermano; las amenazas en los tiempos de la Universidad; el miedo; la despedida de mi madre en el portal de la casa, la piel suave de su cuello protegiendo mi frente, los brazos de su abrazo que me intenta dar fuerzas por última vez antes de que fallen las suyas, su risa para que yo no llore, su apuro para no llorar ella; sabe que estoy de nuevo en el aeropuerto, volteándome por última vez, a pesar de haber jurado que no lo haría, para ver a David desplomarse en un llanto que nunca antes le había visto. Mi marido me mira con compasión, y me ve dejar salir el dolor de 28 años, pero también el dolor de otros que he hecho mío. No lloro yo, lloran todos los que amo y amé. Y es demasiado para un sólo pecho. Sabe, al final, que estoy llorando una derrota. Una derrota vieja, anciana, pero recurrente y hambrienta, que nunca tuvo el entierro que merecía.

Es sólo un minuto, 60 segundos. No más. Al momento me seco los ojos y la nariz, respiro hondo, y vuelvo a ponerme en modo situación de emergencia. Por más que me repito que no es un terremoto, ni un huracán, ni un bombardeo de la aviación enemiga, se siente como todo eso junto.

Cuando finalmente me acuesto, a las 3 de la mañana, en Cuba ha muerto un anciano, un cuerpo fallido de escasas libras y cuestionable lucidez. Pero con esa muerte tan simple, tan biológicamente intrascendente, se reviven dolores feroces que yo no sé apagar. Se ha muerto también, el tirano, el déspota, el autocrático, el iracundo, el soberbio “líder” a la fuerza y gracias a la muerte de otros y la ignorancia de muchos… Y de una manera irónica, se dibuja también una sensación de cierre, de final simbólico aunque inconsecuente. No hay la justicia que supe hace mucho ya nunca habría. No la esperaba ni siquiera cuando era posible. Cuando Fidel era joven y alguien podía matarlo y ese matarlo habría hecho una diferencia (para bien y para mal) yo jamás quise que lo mataran. De alguna manera, dentro de todo mi odio y mi rencor, había un instinto por evitar la masacre, la sangre.

A las tres de la madrugada y forzando la cabeza en la almohada, todavía no me he siquiera detenido a calcular o imaginar la magnitud de la deslegitimación de mi dolor que vendrá después. Todavía no he querido reparar en que mi dolor es el opuesto del dolor de mi abuela materna; que donde yo entierro al caudillo, al verdugo, ella entierra al héroe. Todavía no tengo idea de hasta qué punto mi dolor será machacado de ilegítimo, condenado de vulgar, de ignorante… Todavía no he pensado en los amigos que para sentir sus lutos respetados, van a irrespetar el luto mío. No reparo aún en la competencia por la validez de algo que es válido, a priori, en la medida en que sea sincero. No he adivinado la hipocresía, la inconsecuencia… No tengo aún ni idea que a mi dolor le cae una lluvia de balas cuando amanezca, y que tendré que buscar la manera de burlar el cerco, de escapar al fuego amigo, y sin las manos habituales para ayudarme. Me toca hacerlo sin ellos, y a ellos les tocará hacerlo sin mí.También yo me quedaré sin opción que condenar el dolor de otros, porque el dolor de esos otros celebra la vida de mi atacante.

Tres días después, y sintiendo que todavía no he podido sentarme en paz a vivir mi dolor como YO entienda, un amanecer y una canción (que es en realidad un viejo poema escocés) me devuelven una oportunidad para hacer las cosas bien; para hacer las cosas como me habría gustado desde el principio. Me sirvo una copa de vino, que es rojo como la sangre pero también celebra, y le pido perdón a Cuba. Le pido perdón por no haber hecho más y le perdono por no haber hecho más ella. Le pido perdón a mis muertos, por no haber tenido el valor que tuvieron ellos, y les perdono yo a ellos por no haber tenido la claridad que tuvieron otros. Me tomo un trago de vino y miro el amanecer, y le digo a mis dolores que nada cambia, que sé que van a seguir ahí, pero hay un poco más de orden en mi universo. Un brindis, entonces, por todo lo que se perdió, por todo el suelo de posibilidad pagado en sangre y sembrado de yuca para alimentar el ego y no a las personas. Un brindis por las buenas acciones, por todas las maravillas resultado de la estrategia para el beneficio personal. Un brindis por el que nos ganó, porque fue siempre mejor adversario, y porque de cierta manera hay una tristeza infinita en que muera el enemigo lejos del campo de batalla, y con la guerra inconclusa, oxidada, encallada. Un brindis por la nación que pudo ser y que ya nunca será, sea o no culpa de él. Un brindis por nuestras pérdidas, por nuestras miserias, porque hoy son más nuestras que nunca. Es una botella del vino más amargo que beberé en mi vida, pero llevo ya mucho sabiendo que sería así. Y beberé en paz.

“Ave, Imperator, morituri te salutant”.  Por última vez.

 

Dime, Rilke…

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¿Después de cuánto tiempo, al cabo de cuánto esfuerzo, es que podemos oficializar la derrota? ¿Y si, por manía o costumbre heredada de algún vecino, hemos acabado por tragarnos el cuento de que “no pasa nada, eso se te quita”? ¿Y si no se quita? ¿Y si nunca más escribimos algo que sirva? ¿Y si nunca más nos creemos que algo que sirve, sirve? ¿Y si jamás volvemos a sentir que por la ventana entra un sol de invierno, que rompe todos los aparatos rígidos, que deshiela la memoria y nos hace estornudar palabras? ¿Y si no fuera temporal? ¿Y si más que un período de sequía, un bache, fuera en realidad un callejón sin salida? ¿Y si nunca más te atreves a querer a alguien así de limpio y sin motivos? ¿Y si el cansancio y el llanto te demostraran que nunca se han ido en realidad, y que son más parte de ti que las huellas dactilares? ¿Y si resultara que con la pérdida del Carné de Identidad, de esos once dígitos infames, se pierde también tu historia, todo lo que tenías por contar? ¿Y si acabara por ser también cierto que no se puede pensar—mucho menos escribir, vivir—en dos idiomas a la vez? “And even if you were in some prison, the walls of which let none of the sounds of the world come to you senses—would you not then still have your childhood, that precious, kingly possession, that treasure-house of memories? Turn your attention thither. Try to raise the submerged sensations of that ample past.”

Se han ido los recuerdos, Rilke. Se han ido las palabras. Se han ido los fantasmas que leían y querían. Se han ido las espinas que exigían sangre para la rosa. Se han ido las noches en vela. Se han ido los cigarros fumados en cadena. Se han ido las duchas con millones de ideas rompiéndose sobre el cuerpo como las gotas de agua, de las cuáles las mejores se absorbían por los poros y se graduaban en historias concretas. Se han ido las cosas que decir, o ha dejado de tener sentido decirlas, o he dejado de saber decirlas. Dime, Rilke, ¿cómo boto de una patada las ganas que se han quedado?

La vida y leer en el baño

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Sentarse a leer en el baño, mientras se deja correr la pila del agua caliente, es peligroso, y se parece mucho a la vida. Cuando más entusiasmado con la lectura se está, uno descubre que el vapor ha tomado el baño entero por asalto, que no se ve una mierda, que se suda, que falta el aire, que la puerta no abre, que el perro ladra afuera, que arde la piel, que el vapor ya es tan caliente que quema el esfuerzo, que no se puede cerrar la pila porque se fundió el  metal, que las lágrimas se secan y que nadie, absolutamente nadie, se va a fijar en el libro tan hermoso que estábamos leyendo cuando nos encuentren desnudos y asfixiados. Sí, se parece bastante a la vida. A la mía por lo menos.

Se llama “Ella”….

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Se llama Ella

Y mantiene una postura

Que exhibe cuando amerita el caso

Que deja escaso el olvido,

Por donde pasa.

 

No tiene ritmo para escribir

No sabe siquiera prescindir

De hacer el ridículo

O volver a enamorarse

 

Le quedan anchos los sitios

En los que tan bien se está

Y vive arrastrada por dolores

Que ella hace rato olvidó

 

Odia a los hombres altos

Porque los hombres altos la han odiado

Porque los hombres altos la han torturado

Porque los hombres altos la han amado

 

No sabe qué pie poner delante del otro

Pero sabe bien que importa

Que hace la diferencia

Que el tiempo de vida se acorta

 

No le ha quedado más opción que ser ella

Mantener una postura

Exhibirla cuando sea apropiado

 

Los gatos le huyen porque trae vidas muertas

Los gatos le huyen porque saben

Que ya dejó de importarle

A qué hora el reloj marca las 5.

El cartero ya no llama dos veces…

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El café del desayuno era inamovible. No había nada que pudiera hacer si faltaba; ni siquiera salir a buscar café. Sin su dosis mañanera de cafeína, bien podría decidir mandar todo a la mierda y volver a la cama, porque el día no iba a servir para un carajo.

La mañana en cuestión había despertado con una sensación extraña entre las cejas, como si la frente –y lo que queda debajo –supiera que algo iba a salir mal. En días como esos tenía dos opciones: o bien se hacía la budista, ponía toda su energía positiva y repetía afirmaciones cargadas de entusiasmo y optimismo; o simplemente cedía a la certeza de que cosas terribles, ajenas a su control, se desencadenarían como fichas de dominó que caen una tras la otra, sólo porque a alguien le dio la gana de tumbar la primera.

El primer evento nefasto del día fue llegar a la cocina para encontrar un jarrón del café desafiantemente vacío. Al instante se dispuso a volver sobre sus pasos y regresar sin más protocolo a la cama, pero su perro se atravesó en el camino y el tropezón finalizó con ella en el suelo. Tres o cuatro improperios después, el perro corría por su vida y ella se incorporaba cuando tocaron a la puerta. “Me cago en todo…” Relinchó por lo bajo, entre dientes y pidiendo secretamente la cabeza de quien osaba molestar tan temprano. Antes de que pudiera llegar a la puerta para gritar al atrevido, el otro lado deslizó un sobre por debajo, y para cuando logró abrir, el pasillo estaba tan vacío como cualquier pasillo de edificio normal a las 9 de la mañana. Ahí de pie, con las rodillas aún ardiendo de la caída, miró el sobre con mezcla de curiosidad y temor. Jamás le habían deslizado un sobre por debajo de la puerta. El cartero siempre tocaba, por lo menos, dos veces. La dueña del edificio tenía el puño suelto en lo que a tumbar la puerta tocando respecta. ¿Quién podría haber deslizado un sobre, a las 9 de la mañana, y sin dejar tiempo a que ella respondiera? Un pequeño lapsus de enojo le contrajo la cara: “seguro asumen que estoy en el trabajo”. “¿Por qué asumen todos que trabajo? ¿Es algún pecado negarse a ser tratado como frazada de piso de ocho a cinco, de lunes a viernes?” No habría más remedio que recoger el sobre y abrirlo.

“Estimada señorita Bills, por medio de la presente le comunicamos que, de no recibir un pago de 2,000 (dos mil) dólares antes de las cinco de la tarde de hoy, Martes 13 de Marzo de 2014, el banco no tendrá más alternativa que tomar medidas legales para garantizar que su cuenta con nosotros sea saldada. Atentamente, Niu Lons & Cia.”

Su primera reacción fue reírse. No sabía bien por qué. Quizás porque era tan ridículo que ella pudiera pagar dos mil dólares, cuando no tenía ni el menudo suficiente para lavar la ropa. Quizás porque “Niu Lons & Cia.” sonaba al nombre clásico que un par de adolescentes japoneses se pondrían para intentar estafar a señoras mayores. No le llamó mucho la atención que tuvieran su nombre y dirección, pues como su bandeja de entrada de yahoo confirmaba, medio mundo del spam y las loterías ficticias tenía sus datos. De hecho había pasado los últimos 10 años de su vida esperando que, un día cualquiera, vinieran a decirle que había sido víctima de un robo de identidad. Pero pasados los primeros minutos de risa y preocupación por cuán imbécil puede llegar a ser la gente con demasiado tiempo libre, pensó que tal vez podría, como mínimo, llamar al número que aparecía en la carta para cagarse en la madre de alguien. Total, no tenía café para el desayuno y el perro la había tumbado al suelo sin mucho arrepentimiento, bien podría proyectar su encabronamiento en los malnacidos que intentaban estafarle.

Se sentó en el sofá, donde el perro dormía plácidamente sin la más mínima señal de que se lo comiera la culpa, y marcó el número de Niu Lons & Cia. Después de varios timbres sin respuesta, la llamada se desconectó como por cansancio. Decidió entonces que no valía la pena dedicar un segundo más de su tiempo a aquel absurdo, y comenzó a caminar hacia el cuarto. De paso por la cocina, llamó su atención una taza que se sentaba peligrosamente en el borde de la meseta. Entró para acomodarla, adivinando que Ricky estaba a cinco minutos de tumbarla de un colazo, y descubrió que dentro de la taza había café. Haciendo un trabajoso ejercicio de memoria intentó recordar de qué fecha databa aquella sustancia negra y fría. Su última noción de haber colado café sin tomarlo había sido el día anterior, cuando había decidido que no podía con una noche más de insomnio y que un disparo de cafeína al cerebro, pasadas las seis de la tarde, casi garantizaba que no conciliara el sueño hasta las seis de la mañana siguiente. Agarró la taza de café añejo y se fue al sofá a hacer nada, porque tomar café era de esas tareas que requerían un momento de abandono total a la vagancia.

Como era costumbre en Ricky, no más se sentó feliz con su taza de café sin calentar del día anterior, el perro decidió que era cuestión de muerte salir a mear. Ladró, lloró, la arañó con la pata. Ella sabía que no había nada en el mundo que pudiera convencer a Ricky de esperar, así que puso el café sobre la mesa y agarró la correa del perro.

Lo mejor de vivir en un barrio de gente rica era que, contrario a lo que pudiera dictar el sentido común, nadie jamás te miraba así llevaras un traje de payaso satánico. Así que no había necesidad alguna de vestirse con algo más que el pijama y una bata de baño, siempre que el tiempo lo permitiera. Afuera la primavera desplazaba al invierno y su bata de felpa la taparía lo suficiente como para sacar a Ricky dos minutos. El perro sabía que su salida por la mañana era exclusivamente para hacer sus necesidades, sin muchas distracciones, y regresar de inmediato a la casa. No había paciencia para más. Menos sin haber tomado café.

Ricky era un labrador champagne con la fuerza de dos o tres toros de corrida. Ella, en sus frágiles 90 libras de peso, apenas podía sujetarlo con una correa especialmente diseñada para estrangularlo si hacía demasiada fuerza. Ricky tenía el carácter de todas las mujeres de la familia, y por más que la cadena le cortara el aire y le apretara el cuello, seguía voluntarioso detrás de cualquier ardilla, arrastrándola a ella en su empeño. Como en tantas otras ocasiones, aquella mañana Ricky divisó mientras orinaba algo entre los arbustos, y ni lento ni perezoso salió disparado a correr tras el objeto del deseo. Ella, que se había distraído en mirar a dos vecinos tomar café en un balcón, tan afortunados ellos, perdió control de la correa y Ricky corrió libre y feliz, sin intención aparente de volver. Como el perro tenía poco respeto por los automóviles, y su capacidad de hacerlo puré en el pavimento, ella corrió detrás como alma que lleva el diablo, rezando por que esta vez le tomara menos de una hora lograr agarrar a Ricky. Pero antes de que pudiera llegar a los arbustos, Ricky regresaba feliz con algo blanco en la boca. Un sobre. “Maldito perro siempre recogiendo mierdas del suelo. Esos son los cabrones vecinos del tercer piso que siempre están tirando basura al jardín. Un día de estos…” Ricky se sentó frente a ella y depositó el sobre a sus pies, como una ofrenda divina.

“¡Típico! Ahora te diste cuenta de que no es comida y lo tengo que botar yo.” Recogió el sobre del suelo y se dispuso a lanzarlo al olvido de un latón de reciclaje. Antes de llegar al latón azul, su vista distinguió cinco letras demasiado familiares para no prestar atención. En la ventanilla de destinatario del sobre, se leía “Srta. Bills”.

“¿Cómo habrá llegado a parar mi correo al jardín? El cartero tiene que dejar de beber mientras trabaja”. Abrió el sobre intentando no llenarse de baba de perro.

“Estimada Señorita Bills, le escribimos para recordarle que tiene usted un balance no pago de 500 (quinientos) dólares por servicios médicos en nuestra clínica. Por favor remita cheque con fondos suficientes a su más pronta conveniencia”.

“Esto ya pasa de castaño oscuro”. ¿Quiénes eran estas gentes que la acosaban con cuentas por pagar que ella no reconocía? ¿Se estaría volviendo loca? ¿Servicios médicos en una clínica? No recordaba la última vez que había recibido ningún servicio médico, y además, vivía en un país donde la salud la cubría el seguro social.

Regresó a la casa con el cansancio de quien no ha tomado café, ha corrido tras un perro, y recibido cartas con demandas de pagos por cosas desconocidas. Dispuesta a llamar a su abogado, pasó el elevador y entró en el cuarto del correo. La ventanilla de su buzón dejaba ver un atiborramiento de cartas amenazando con romper el metal y largarse. Decidió entonces recoger el correo; seguro tontas promociones de spas y clubes nocturnos a los que nunca iría pero cuyo papel servía para botar las cáscaras de los vegetales y las papas. Paró de leer después de la quinta carta. Eran todas cuentas por pagar de cosas que jamás había comprado, servicios que nunca había recibido, y bancos cuyas puertas en la vida había cruzado.

Corrió por el pasillo hasta su apartamento convencida de que había perdido la razón. Forcejeó con la puerta que se negaba a dejarse abrir, como si un elefante la empujara desde el otro lado. Una vez ganada la batalla, la puerta cedió para mostrar una sala cuyo suelo no se veía. Miles de sobres blancos, con su nombre en la ventanilla del destinatario, habían inundado el espacio donde tanto tiempo de su vida había desperdiciado. Sacó el teléfono del bolsillo de su albornoz y se dispuso a llamar a la policía. Si había perdido la razón, ellos mismos la llevarían hasta la puerta del hospital. De lo contrario, tendría testigos de que algo andaba absurdamente mal. Marcó varias veces el número de emergencia pero su teléfono no comunicó con nada. Intentó entonces llamar a su padre, quien vivía a veinte minutos y podría también servir de testigo, o de taxi hasta el hospital. Nada. No había tono alguno de marcado en el teléfono.

Con mucho trabajo, atravesó la sala hasta la computadora. Buscaría en internet la dirección de la estación de policía más cercana e iría a buscarles a como diera lugar. Con esa facilidad que tiene la vida para ponerlo todo más difícil de lo necesario, la internet por la que religiosamente pagaba todos los meses, no funcionaba.

Presa de la desesperación más fundada, recordó que en el parque de enfrente, casi llagando a la escuela clausurada donde los adictos se drogaban y las parejas sin casa se embarazaban, había una cabina de teléfono. Buscó desesperadamente menudo para la llamada, y encontró una moneda de 25 centavos, justo lo que le faltaba para la lavadora.

Sin perder un segundo más, corrió hacia el parque con el perro sonriendo como sonríen los perros que divisan un parque, y con él, la oportunidad de recoger palos y correr como liebres poseídas. Al llegar a la cabina donde apenas había espacio para estar de pie con el perro, cerró la puerta como por instinto, pensando que tal vez no convenía que nadie escuchara la conversación absurda que estaba a punto de tener.

Introdujo los 25 centavos en la ranura del teléfono, y marcó el número de la policía. Tras varios minutos intentando que la tomaran en serio, y temiendo que se cortara la llamada por falta de fondos, logró convencer a la operadora de la central de policía de que la cuestión era seria. Quizás convencida de que la infeliz que llamaba necesitaba urgente asistencia psiquiátrica, la operadora le dijo que regresara a la casa y esperara por la patrulla 1088, que estaba a cinco minutos de allí. Colgó el teléfono con cierto alivio, sintiendo que sin importar cuál fuera la realidad, alguien estaba en camino a ayudarla.

Miró a su alrededor; el alivio hacía que la cabina pareciera ahora más espaciosa. Ricky estaba acostado en el suelo mordiendo la guía telefónica que nadie se había molestado en actualizar desde 1980. “Vamos Ricky, tenemos que regresar a casa, alguien viene a ayudarnos”.

Con la mano derecha agarró fuerte la correa del perro, y con la izquierda empujó la puerta plegable de la cabina. No abrió. Empujó una segunda vez con más fuerza. Ningún resultado. Ricky se acostó de nuevo y retomó su batalla con la guía telefónica. Ella pateó la puerta, la empujó como si su vida dependiera de ello, tomó aire, empujó de nuevo, lloró.

Cuando los oficiales de la patrulla 1088 llegaron al edificio, un vecino con cara de pocos amigos y una taza de café recién colado les aseguró que en el apartamento 11 del primer piso no vivía nadie desde hacía un mes, cuando a la inquilina anterior la había venido a buscar la policía y se había lanzado por el balcón. “¿Y sabe por qué la buscaba la policía?” “No le puedo asegurar, pero los vecinos del tercer piso, que eran amigos suyos, me han contado que tenía más de cien mil dólares de deuda en préstamos de estudiante… y había suspendido la carrera en el último año.”

Irse un rato…

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Me cuesta mucho recordar a qué edad escribí mi primer cuento. Recuerdo que era sobre brujas y princesas, y que llevaba ilustraciones made by me, que harían a Picasso saltar de su asiento. En cualquier caso, tengo noción de al menos en sexto grado, haber tenido ya mis cuentos en una carpeta de la computadora de abuela Isabel. Tengo idea también, de estar hasta las 3 de la mañana, escondida de mi bisabuela, sentada en la computadora escribiendo –a veces jugando El Príncipe de Persia- tratando de que el teclado no hiciera mucho ruido. Ocasionalmente mi bisabuela Pipa, que por lo general tenía el sueño profundo, se medio despertaba y yo apagaba el monitor. Pero después seguía. Me constan también, las horas pasadas en el teléfono con mi Monique querida, leyéndonos mutuamente las master pieces que habíamos escrito, y que estábamos seguras eran pura genialidad. Nunca le leí algo a Mónica sin pensar que era bueno. Mi único público eran, por supuesto, mis familiares más cercanos y Mona. Todos coincidían en que era un genio. Creo que es este un mal que aqueja a muchas familias, sobre todo en el escalón de abuelos y bisabuelos, de pensar que el retoño está a la altura de Einstein porque habló antes de tiempo, o caminó sin ayuda, o encontró a Waldo. Esto no significa que yo no haya sido la niña más regañada de la historia. Jamás olvidaré cuando regresé de revisar el escalafón para las pruebas de aptitud de Periodismo, habiendo visto que era el diez y otorgaban sólo ocho plazas, las palabras de mi madre fueron: “no me sorprende, segura estoy de que no estudiaste lo suficiente.” Mis padres jamás me felicitaron por un 100 en la escuela: “no has hecho más que cumplir con tu deber”. Como genio que ellos estaban seguros de que era, que yo sacara buenas notas en la escuela no era más que un resultado lógico, y para nada admirable. Sí se mostraban orgullosos de mi domino del inglés, o el ruso, o el francés. Le decían a toda persona dispuesta a escuchar, que no había que hacerme insistencia para ir a las clases de idioma (el que fuera que estuviese estudiando en ese momento), que se alegraban muchísimo de que yo fuera consciente de la importancia que tenía dominar una lengua extranjera. Pero en lo que respecta a mi escritura, nunca recibí de ellos más que halagos. Incluso desde muy temprana edad, mi segundo padre Gerardo, me insistió en que dada mi pasión por el descanso y mis horarios nocturnos, la mejor profesión para mí sería la de escritora.

Pero el mundo cambió, se hizo más ancho. Crecí, tuve que escribir ensayos para la escuela –que siendo sincera nunca me dieron menos de un cuatro- y mi Mona querida se fue a estudiar periodismo, y a pasar talleres de narrativa. Yo me volqué en la sociología, en el sexo, en volverme loca de atar, en sufrir por todo lo sufrible… Los cuentos de princesas y brujas se volvieron declaraciones de posturas políticas, ensayos sociológicos, y de manera más privada, manifiestos de odio al mundo, pequeñas historias de dolor y desamor… Llegaron Facebook, y un tímido blog, y con ellos la difícil tarea de poner frente al mundo mis palabras más personales. Por primera vez no eran mis familiares y amigos cercanos los lectores, sino cualquiera que por error o intención hiciera click en un link. Y fue entonces que todo se volvió un medio persiguiendo un fin. Cada palabra era analizada hasta el cansancio. Cada oración borrada y escrita nuevamente diez veces. La esencia misma de lo escrito siempre permeada del cómo iba a ser recibida. Y dejó de ser Claudia escribiendo para Claudia. El momento en el que mi teclado se volvió el vehículo para buscar la aprobación de otros, trastocó absolutamente todo. No fue culpa del teclado, ni de los otros, sino de la persona en la que me empezaba a convertir y que, en cierto modo, todavía soy.

La transformación en mis manías literarias fue síntoma directo de lo que ocurría más allá de las letras. Mi vida entera convulsionó a partir de los 20 años, y lo que había sido –con más o menos concordancia –hasta ese entonces, simplemente dejó de ser. “Todo el mundo cambia, es parte de hacerte grande”. Era fácil anticipar que con los eventos decisivos que inundaron mi vida, la persona que yo era necesariamente tendría que cambiar, porque además los años no pasan por gusto, según dicen por ahí. Pero ocupada como estaba en ser una veinteañera, loca, estudiante de sociología y entregada sin miramientos al alcohol, jamás le dediqué un segundo al análisis de dónde estaba la que había sido hasta ese momento, y en si convenía o no dejarla completamente atrás. Creo que ni siquiera fui consciente del cambio, por más que mis amigos lo sacaran a colación en todas nuestras convivencias. De alguna manera me perdí, y no fue sólo crecer.

Emigrar no ayudó mucho las cosas; puede que incluso las haya empeorado. Ya escribí una vez lo que le ocurre a la identidad cuando se pierden del entorno las señales que te recuerdan y refuerzan quién eres. La roca de la costa donde decidiste que ese imbécil no te merecía; el patio de la UH dónde alguien te hizo sentir que podías hacer una diferencia, que te necesitaban para la diferencia… Llegar a un lugar donde nadie te conoce, donde nadie sabe de lo que has sido capaz o no, tiene cosas buenas y malas, como todo. Pero para mí fue como un empezar de cero, desde los cinco años, sin ganas de hacerlo y completamente confundida con respecto a quién era. Cuando todo a mi alrededor se dibujó tan distinto a mí, a mi esencia, tan poco familiar, me quedé parada en el medio, separando cielo y tierra sin saber qué más hacer. Las pocas ocasiones en las que intenté ser, resultaron en auténticos desastres. Parecía como si no hubiese espacio para mí, ni aquí ni allá. O al menos para la que yo había devenido en ser.

Mi viaje de 42 días por Estados Unidos cumplió muchos objetivos. Sirvió para cosas que yo ni sabía necesitaba. Me ofreció un distanciamiento de todo lo conocido hasta la fecha; una oportunidad de ser yo dónde nadie me conocía, y con bastante poco tiempo en Facebook. En esa parcial desconexión del mundo que me conoce, que me juzga para bien y para mal, y en el que siento que tengo que definirme casi a diario (a veces por defenderme de las definiciones que me quieren coser a la piel) me tropecé con la niña de 12 años que escribía para ella, que no ponía mucha atención a lo que pensaran los demás porque estaba eficazmente protegida por las opiniones que realmente contaban: las de la gente que más amaba en el mundo. En un hotel a las afueras de Savannah la vi, y me vio. Dulce como puede llegar a ser cuando le conviene, no me reprochó haberla dejado, ni juzgó en quién me había convertido; simplemente me pidió regresar. Y yo acepté. Y por un breve instante, frágil como la vida, lo conseguí.

A mi regreso al mundo real, las cosas rápidamente volvieron a los mismos rincones. Todo volvió a colgar de las mismas paredes, acomodado en las mismas esquinas. La sala volvió a ser la misma, el sofá un puente directo a Facebook, y yo al mismo estrecho mundo que había dejado cuando me fui. Casi todo a mi alrededor volvió a ser un pesado recordatorio de lo peor de mis fracasos, y la premonición de que ese seguiría siendo el hilo conductor de todo. Intentar cambiar y fracasar. Y el momento epifánico de Savannah quedó en el camino como el humidificador que dejamos en un garaje de hotel en Nashville… o los zapatos negros en Chicago… o los pomos de champú en Memphis.

Volví a la escritura para el otro, con sed de “me gusta” o “esto te quedó muy bueno”; a la carrera con obstáculos de querer esperando que te quieran igual. Volví a ser la que había llegado a ser, producto de circunstancias que nunca debieron moldear mi personalidad, y que aún cuando ya no existían, dejaban el resultado de una persona que yo no reconocía propia. Por supuesto tenía esos instantes en los que parecía que rompía la pared, salía al mundo propio que había tenido antes del desastre, y pensaba que ya era libre. Y la caída dolía cada vez más. Me convencí entonces de que no valía la pena seguir intentando, y que era hora de abrazar lo que había acabado por ser; aceptar el estado de cosas y hacer lo mejor que podía dentro de esas limitaciones. Pero eso tampoco funcionó.

Finalmente llegamos al punto que nos ocupa, al momento en el que todo se rompe de nuevo, sientes que has tocado el verdadero fondo, y que como el adicto al crack que vendió a su hija para comprar drogas, la situación es insostenible. Algo tiene que cambiar. Recuerdas entonces Savannah, y piensas que quizás de poder reproducir aquellas condiciones, puede que encuentres de nuevo ese salvavidas que te rescate del naufragio. Pero no puedes dejar todo y largarte. Tienes un perro y un país que son tuyos; que tú has hecho tuyos y no puedes ahora dejarles. Y en el fondo, ¿no sería irte parte de evitar el problema? ¿No sería un falso éxito de la misión si el entorno es favorable? Como ganar la guerra porque el enemigo no vino, se le fue la guagua, se le ponchó la goma… No, tienes que lograr lo que sea que logres en las condiciones presentes, porque tú no te quieres ir a ningún otro lado. Lograr dormir cuando tu marido se va al sofá no es un remedio; lograr dormir cuando ronca en tono de soprano es el verdadero éxito. O quizás lograr que no ronque, que sería ideal.

Se impone entonces volver al inicio, dentro de lo que cabe. Leer. Como si acabaras de aprender a hacerlo. Como si fuera el primer libro. Sin que importe más nada. Dejar Facebook para lo que es, un rato ocasional de encontrar cosas geniales via tus amigos, comunicarte con la gente que quieres y que está lejos, decir que si gana Donald Trump en tu casa darás asilo… En algún momento tuviste un mundo propio que era inmenso; un reino maravilloso de tierra fértil para la imaginación, que se extendía más allá de lo visible, que casi te forzaba a escribir historias para ti, para tu reino… Tuviste un mundo propio cuando más rodeada de gente estabas; ahora que estás sola, te hace más falta que nunca. Reconstruye. Rescata. Vuelve a ti. Hazlo como mínimo en defensa propia, porque de lo contrario, aquello que más amas hacer en la vida seguirá siendo una pesadilla. Vuelve a escribir de brujas y princesas. Vuelve a escribir para Claudia. A ella le encanta lo que tienes que decir.

 

PD: este blog queda temporalmente cerrado hasta que la autora se encuentre. No me voy, me alejo un poquito.

Sálvanos tú, muchacha. Corre…

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A Carlos Manuel. No fui yo, fue él, lo juro.

Nadie corrió jamás tan rápido por un pasillo que no condujera a un final feliz. El corazón en su mejor esfuerzo por abandonar la caja torácica, como rata que huye de un incendio, y la respiración recordándote que no eres más que un apurado, que no tienes bomba para tamaño esfuerzo. Pero ¿qué más hacer cuando la vida de millones de personas está en peligro…quizás? No, quizás nada; tú escuchaste perfectamente bien. Allá ellos los idiotas, los obtusos y cuadrados de mente, que no quieren entender. Es lo que odias de este patético intento de comunismo: ese esquema cerrado herméticamente, protegido por la amenaza de años en un gulag, o un disparo detrás de la cabeza de frente a una pared… Se ha dado el caso. “No es esto el comunismo” Carlos insiste en recordártelo. No Carlos Marx, ese ya ni habla. De un disgusto recogió todo y se largó del imaginario popular. El otro Carlos, tu amigo de la infancia que te ha perdonado todo, incluso trabajar para quiénes él odia. Y ¿no los odias tú también? Shhh… piensa bajito, te van a oír. ¡Qué coño me importa! Total, vamos a morir todos si no encuentro a alguien que me haga caso.

Corre. Más rápido. La fragilidad de este mierdero al que sigues cuidándole el sueño está a punto de finalizarse en ruptura. Vamos a morir todos ¡carajo! ¡Qué inoportuno es el burocratismo! Ellos estaban ahí también. Con sus trajes caros que el Vasily promedio ni siquiera sueña con tener –porque no saben que existen- en aquel majestuoso centro del poder, jugando a ser agentes de la KGB cuando en el fondo piensan con el estómago; más preocupados por los canapés que por obtener algún átomo de información útil para la patria, para nosotros. El jardín de la Casa Blanca: el lugar que jamás pensaste serviría de escenario a tu verdadera primera vez en el mundo de los sobretodos y los espejuelos oscuros : “we are 48 hours from bombs away”. Cuarenta y ocho horas. Tú en Washington D.C, oyendo de los labios del mismísimo director de la CIA que a Moscú –y al resto de tu amada Unión Soviética- le quedaban cuarenta y ocho horas antes de que una flota de bombarderos americanos les recordara lo peor de los cuarenta. Por supuesto tú estabas para entonces convencida de que a las recepciones en la Casa Blanca les invitaban en un gesto juguetón de niño arrogante, un “sabemos que son KGB pero confiamos tanto en lo espectaculares que somos para el espionaje que les invitamos a la casa, porque somos así, gente grande”… Y para ser sinceros, nosotros hacíamos lo mismo. Las visitas del personal CIA en Moscú al Kremlin eran tan comunes que a veces se nos olvidaba que eran el enemigo; en lo hondo y fangoso de una trinchera, lejos de los que deciden, es fácil olvidarse de que el casco del otro no lleva tu insignia.

Lo oíste tú, y en el mismo volumen lo oyeron Ivan y Liev. Pero Ivan y Liev son dos idiotas. No entienden que de las 48 horas, 24 han transcurrido ya. Ambos resultan el exponente más claro de en lo que ha devenido el proyecto socialista: una línea de ensamblaje de autómatas repite-consignas, que no piensan con cabeza propia excepto para las cosas más triviales del mundo, como una bandeja de aperitivos. De esa línea de ensamblaje hay una ruta exprés a todo lo que sea la militancia acérrima. Ya no queda espacio en la vida política del país para nadie que no esté dispuesto a ser un megáfono de discursos desteñidos; un lame bigotes del padre de todos los soviéticos; un recalcitrante censor de lo que no entiende; o un mediocre galopando a todo corcel para ejecutar la orden del amo de matar las ideas distintas, y sembrar la estupidez unánime y unipartidista.

No pienses más en eso. Tú escogiste esta vida. Tú te debes al pueblo soviético. Por ellos arriesgas el pellejo a una cárcel americana (que sabe Dios lo que eso entraña), o a que un día al Jefe se le ocurra que has traicionado, y así sin más, acabar como tu primo Yuri en Siberia. Tal vez Iván y Liev sí son conscientes del peligro, pero temen decirlo. ¿Quién, después de todo, tiene las bolas de decirle al camarada Stalin que los americanos van a bombardear Moscú? Quizás hacen falta ovarios. Ya es hora de que a esta revolución viril y proletaria le salve una burguesita que aguantó a duras penas el servicio militar, y llora cuando se parte una uña. ¿Te imaginas? Tú, tan descendiente de aristócratas, salvando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Ya corriste todo lo corrible. Ahí está la puerta. Detrás estará él. Ojalá fuera como en esas novelas brasileñas que les hacían finales alternativos dependiendo de la región para la que fueran. ¿Novelas brasileñas? ¿Qué? Esto no tiene ningún sentido. Concéntrate, tienes que abrir esa puerta. ¡Pero es Josef Stalin! ¿Cómo le digo que George W. Bush ha dado la orden de bombardear Moscú con los drones? ¿Quién? ¿Con los qué? Calla niña, abre de una puñetera vez la puerta.

El cuarto está oscuro, como si alguien dentro muriese a una velocidad de molusco. Los dictadores suelen morir así. Incluso cuando mueren de un tiro. Ahí debajo de la ventana, con esas cortinas blancas, largas como fantasmas, que el viento de fuera apenas toca, porque sabe a lo que se arriesga… ahí, en un diván… él. La presencia más imponente que has conocido jamás, capaz de despertar amor en quiénes le odian y odio en quiénes pretenden amarle. Ahí en el diván se desdibuja; no le protege el traje militar. Vestido así con un pijama a rayas, parece casi tan simple como los millones de soviéticos que mueren de hambre. No, esos no tienen pijamas. No parece haberte escuchado entrar. ¿Y si le pusieras fin a todo ahora mismo? No, sabes el destino que te espera si asesinas al Jefe. ¿Y si no? ¿Y si ese destino no fuera más que una idea viral y terrorífica que han implantado en tu cabeza, en todas las cabezas, para convencerles a todos de que el camarada de al lado será el primero en delatar tu nombre al pelotón de fusilamiento? ¿Y si no fuera así? Tal vez, pero no serás tú quien corra ese riesgo.

“¿Quién va?” pregunta en voz georgiana. Das un paso, como quien se ofrece de voluntario a la misión más suicida desde cazar mamuts sin compañía. “Camarada, mi querido camarada, estamos en grave peligro.” Sólo entonces notas aquellos dos pomos de formol en el alfeizar de la ventana. ¿Son eso cabezas? Sí. Las cabezas de Vladimir Lenin y Albert Einstein. ¿Albert quién? “¿En peligro dices?” “Sí mi camarada. Aviones enemigos se acercan para un bombardeo de Moscú. Los camaradas Petrovich, Aleseievich y yo obtuvimos información en Washington D.C… Quedan menos de 24 horas…” La silueta no parecía inmutarse. Continuaba horizontal en el diván, como quien se niega a poner fin a la mejor siesta del mundo. “Con 24 horas sobran para lograr la independencia…” ¿Independencia? ¿Qué? “Mi camarada… usted disculpará mi atrevimiento, pero nuestro parque militar no es lo que fue… Nuestros valientes camaradas del ejército rojo no pueden hacer frente a esto. Hay que evacuar Moscú” Decir las palabras y sentir que el corazón te palpita más rápido que cuando corrías por pasillos imperiales. De pronto la figura del pijama de rayas se incorpora, deja el diván y se para en atención. “¡Camaradas de la Milicia Roja y marineros de la Armada Roja, comandantes y funcionarios políticos, guerrilleros de ambos sexos, campesinos y campesinas, trabajadores del intelecto!…” Algo anda mal. La voz que se escucha es la suya, no hay dudas, pero no parece venir de sus labios. Suena distante y con fondo, con bullicio y aire de millones en el público. Es entonces que lo entiendes, es la grabación de un discurso de 1943. Lo incoherente y espeluznante de todo aquello se vuelve demasiado. Todo tiene un límite. Incluso tú.

Corre. Más rápido. El sudor te encharca la blusa; tú nunca sudas. Quizás alguien más. ¡Vamos a morir todos! Hay tanto que salvar en este país. No importa si todo el mundo se dio por vencido. No importa si todo el mundo se largó. La gente merece otra oportunidad, aunque sea para arrepentirse y rendirse de nuevo. Corre por lo que más quieras.

Ahí, en medio de la plaza roja, dónde a los 18 años te entregaran el carnet del Komsomol, te rinde el cansancio, te fallan los pulmones, y tienes que arrodillarte. Kruschev y Gorbachov están parados a tu lado. Por las sombras de sus cuerpos sabes que son las 5 de la tarde, y entonces llega el silbido.

Cuando despiertes en tu cama, en un apartamento de Toronto, con Donald Trump como candidato predilecto para las primarias republicanas, te sorprenderá el nivel de locura al que puedes llegar cuando sueñas. Pero no va a importar, por un momento, estuviste a punto de salvar Cuba. Perdón, la Unión Soviética.

Cuando digo familia…

Destacado

A mi familia Barrientos-Batista-Hernández-Gutiérrez-Rigol-Savio-Lorenzo y otras hierbas… no siempre en ese orden. 

Es domingo, y probablemente, las once de la mañana. Suena el timbre y mi bisabuela María Luisa atiende la puerta con sus ropas de visita. “No importa que sea familia, Claudia, una siempre debe recibir visitas bien vestida”. La puerta se abre y deja paso a una figura de casi dos metros de altura, con poco pelo restante, y un talante de serios asuntos. Es tío Willy. A su lado, una diminuta y delgada figura, que pronto traiciona su apariencia con una energía contradictoria para su menudez, y un galillo de voz que nadie que la conoce olvida jamás. Es tía Miriam. A ambos en la familia los tenemos cariñosamente por locos. En realidad, en mi familia inmediata, todos estamos más bien locos. Mi bisabuela es, por mucho, la más cuerda. Es también la licenciada y profesora de lengua y literatura españolas, y la que te repite hasta el cansancio que se dice sal, y no sale. No solo te apunta hacia la forma correcta de decirlo, sino que te explica, en toda la extensión gramatical, por qué se dice de esa forma y no de otra. Aunque tú tengas seis años y no entiendas qué es el “modo imperativo”.

Con tío Willy y tía Miriam llega prima Betty, a quién cariñosamente llamamos Bettybú, por la caricatura. Primo Guillermito todavía no ha nacido; vendrá pronto. Tío Willy es un reconocido psiquiatra, con un currículum de 8 páginas, y jefe del grupo nacional de psiquiatría del Ministerio de Salud Pública. Él, sin embargo, diría “yo soy un gran comemierda”. Es un hombre impresionante, con una trayectoria que asusta, y que te hace pensar nunca podrás igualar ni de lejos. Sabes que fue miembro del directorio, que estuvo en el Escambray, pero sobre todo sabes que es la persona que más te hace reír en el mundo. Tiene ese semblante grave, intimidante, y sin embargo es jodedor a morirse. Siempre te decía que la clave en su trabajo era que él estaba más loco que todos los pacientes que atendía. Sus alumnos le adoran, sus pacientes también; sus colegas le admiran y respetan.

Tía Miriam también tiene una historia muy parecida. Se conocen desde los 16 años, y ella luchó también con el Directorio, como muchas mujeres cubanas a las que poco se le menciona en la historia de Cuba porque eran “burguesitas”. Yo siempre he pensado que si nos ponemos estrictos, es de admirar que un “burguesito” que tiene su vida garantizada, se ponga en la línea de fuego por transformar una sociedad y que se beneficie más a los pobres. Pero no nos desviemos, hablábamos de tía Miriam.

Trabaja en el Ballet Nacional de Cuba con Alicia Alonso, es directora de relaciones internacionales, y muy amiga de Alicia. En el Ballet le respetan, pero también le temen. Tía es una persona excepcional, pero tiene un galillo que jamás duda en llevar a registros impensables para gritar por algo. Todos decimos que es medio histérica, pero a casi todas las mujeres de mi familia les decimos histéricas. De alguna manera, intelectual, luchadora, y emotiva, siempre deviene en histérica. En cualquier caso, no nos molesta, llevamos el adjetivo con orgullo. Por supuesto, todo esto solo mientras se use en el contexto familiar.

Prima Betty es como yo, un año y pico mayor. Me gustan mucho sus batas, y su pelo es rizado como el mío pero más lindo. Tiene una sonrisa que le achina los ojos hasta casi cerrarlos, y si sonríe así, nadie puede permanecer bravo. Tío Willy y tía Miriam son en realidad sus abuelos, pero Betty, como yo con los míos, pasa casi todo el tiempo con ellos. A nosotras casi nos crían los abuelos, y bisabuelas; nuestros padres trabajan y nosotras la verdad los preferimos a ellos, porque nos malcrían más. Tío y tía viven en una casa inmensa, con un patio que es en realidad para nosotras un bosque; no tiene fin. La casa tiene una escalera en el hall que recuerda la de un palacio, y yo pasaré una gran parte de mi vida recordando sólo el patio y la escalera de aquella casa. Viven a pocas cuadras, en 36 y nosotros en 28. Mi familia era burguesa antes de la Revolución, y en los años venideros, sin importar que hayan entregado propiedades y arriesgado sus vidas por esa Revolución, yo cargaré con la cruz de ser “una burguesita de Miramar”. Mi padre también, por más horas que haya pasado cuidándole el sueño a miles de cubanos desde una lancha guarda fronteras.

Suena el timbre de nuevo y esta vez abre la puerta mi abuela Isabel. Yo le digo Baba porque cuando mi madre me intentaba enseñar a decir a-bue-la, yo repetía muy segura de mí misma, a-ba-ba. Baba es arquitecta, está divorciada de mi abuelo pero como el divorcio de mis padres, no es un trauma. Mi abuelo y ella se llevan a las mil maravillas, porque han decidido que sus diferencias no serán jamás más fuertes que el cariño que se profesan, y la causa común de mantener a la familia siempre unida. Abuela Isabel me malcría más allá de todo límite; mi mamá, que la adora, a veces se molesta con eso, pero ella lo sigue haciendo. Mi abu Baba es uno de mis mayores tesoros y lo será hasta mi muerte. Entre malacrianza y amor, también me enseña de todo. Ha viajado mucho por su trabajo y de cada lugar que visita me trae algo. Muchas veces son cosas que en Cuba no podemos conseguir, pero también son recuerdos de ese país, cosas que me enseñen, que me muestren el mundo a través de sus manos y sus historias. Una vez me trajo un mapa del metro de Roma, y me inventó un juego en el que nos sentábamos en el suelo y ella me decía un punto de partida y uno de llegada, y yo tenía que ver en el mapa qué recorrido hacer. Así aprendí cómo llegar de La Fontana de Trevi, al Coliseo…aunque años después, una vez en Roma, dependiera del sentido de orientación de mi amigo David para poder navegar aquellas calles. De cada viaje me traía también postales, que escribía sentada en algún banco, en algún lugar que yo después soñaría con visitar, y era esa también su manera de tenerme con ella, en cada centímetro que tocaran sus pies, en cada aire que respiraran sus pulmones. Siempre estuve con ella; siempre conocí el mundo con ella.

La puerta cede el paso esta vez a otra figura de casi dos metros, muy parecida a la de mi tío Willy, hay incluso quien los confunde. Es abuelo Alberto, y con él viene Nidia, su esposa. Abuelo Alberto y tío Willy son hermanos y tienen casi la misma trayectoria; ambos fueron miembros del Directorio, ambos estuvieron en el Escambray y Playa Girón. Abuelo es ingeniero y trabaja en el IPROYAZ, creo que tiene algo que ver con el azúcar. Me explica también cosas complejas que a veces no entiendo, de cómo se hace el azúcar, pero él me lo explica de una manera tan linda, que incluso si se me olvidan un poco las especificidades, nunca se me borra la ternura y la sonrisa de su explicación. Todos los veranos me voy a un campismo con él, su esposa y la familia de ella, que es también mi familia. En los viajes al campismo me divierto muchísimo, sobre todo con los inventos ingeniosos de mi abuelo para crear mejores condiciones en las cabañas. Me encanta, por ejemplo, verlo cargar todo en “el polaquito”, su diminuto carro que acaba transportando tres veces su capacidad, gracias a la manera organizada y calculada hasta el fin con que mi abuelo acomoda todo. De él aprendí también eso, a organizar bultos con noción práctica del espacio; lo aplico poco, porque soy regada como abuela Isabel, pero las compras de comida en el maletero del carro siempre siguen los patrones de abuelo.

¿Estamos todos? Creo que sí. Mi papá está en el trabajo, aunque sea domingo. Yo lo extraño muchas veces. Pero mi tío me divierte tanto que se me olvida. El espíritu general del domingo es tal, que no me queda espacio para ningún pensamiento triste.

Contrario a lo que se pueda imaginar, prima Betty y yo no nos vamos a jugar a otra parte. Nos quedamos en la terraza con los adultos; ahí jugamos y ellos conversan, y yo discretamente intento prestar atención a sus palabras. Muchas veces no entiendo, pero una buena parte de lo que seré se forma en esos domingos de terraza familiar.

Mi familia es una de personas cultas, profesionales, con historias de vida complejas y admirables, y por tanto yo aprendo a la corta edad de seis años, qué es la música de presentación del programa De La Gran Escena. María Luisa, o Pipa como le llamo yo, me explica que es la marcha triunfal de Aída, de Giuseppe Verdi, y que ella se llama María Luisa Aída, por esa opera que su madre o su padre, no recuerdo ahora, adoraba. Me enseñan de historia, de cultura general, de física, pero también me ayudan a construir mi brújula moral. No me imponen jamás ningún paquete de principios pre-elaborados; simplemente me comparten los suyos, me muestran su lente para observar la realidad, y a partir de ese, yo construyo el mío. A los valores familiares, que se han transmitido de generación en generación, se les da un lugar importante en la familia. Mis antepasados son dibujados en el imaginario familiar con los colores de sus sacrificios y su sentido del deber. De mi tío bisabuelo Sergio, que a pesar de tener negocios con Batista, escondía a sus sobrinos, mi abuelo y tío Willy, cuando la policía los iba a buscar a tiros a la casa. Porque no importaba en qué lado del espectro político se estuviera, la familia era lo primero y último. En la misma mesa familiar se sentaban a comer hermanos y primos de partidos opuestos, y si alguno corría peligro, se le ponía un freno a cualquier diferencia ideológica y se le ayudaba a riesgo de la vida propia.

Por el lado materno, mi familia era de origen más humilde pero con igual caudal de principios. Mi abuelo Alfredo, a quien no pude conocer pues falleció antes de mi llegada al mundo, era todo un personaje. Adoraba a sus hijas, mi madre y tía Nadiezda, más que a su propia vida. Todos los recuerdos que mi madre me transmitió fueron aquellos de un padre estricto, pero amigo. De un hombre íntegro que también arriesgó la vida por su país y su gente. A quien buscaban siempre que había un problema porque parecía tener todas las soluciones; ayudaba a todo el mundo y daba lo que no tenía. De él también aprendí, a través de mi mamá, mi tía y abuela Lenia, a dar todo, absolutamente todo por ayudar. Abuela Lenia trabajaba mucho, pero siempre pasaba por 28 a pasar un rato conmigo. Me bañaba cuando era bebé y mi mamá, primeriza y joven, tenía terror de manejar algo tan frágil como yo en mi primer mes de vida. Fue una madre ejemplar, sacrificada a límites insospechados, con una historia de vida que saca lágrimas y llena el pecho de ganas de ser como ella. Defiende sus principios con la vida si hace falta, y así crió a mi madre y mi tía, a mí y a mi prima Carla. Nos enseñó a amar la Revolución y sus ideas, aunque yo me decepcionara mucho de adulta. Amenazaba con pegarnos con “el cinto de abuelo Alfredo”, pero jamás vi el cinto en su mano. No viajó nunca, ni tenía muchos recursos, pero me dio el mismo amor y cariño desinteresados que mis otros abuelos me dieron. Me llenó de besos y abrazos, me cuidó las fiebres, me secó las lágrimas, y me enseñó a levantarme del suelo con la cabeza en alto, y que las personas valen por lo que son y no por lo que tienen. En ese lado de la familia también me ayudaban a formar mi sentido de la justicia, y el deber con la familia por encima de todo. Si los Barrientos eran hombres altos, dignos y con semblante grave, las “Hernández Gutiérrez” eran mujeres bravas, cultas y sacrificadas. No se podía atacar a una sola de aquellas mujeres, sin que saltara el resto a enterrarte vivo. Mi abuela y sus hermanas, mis tías abuelas, eran un trío de armas tomar, y todas formaron una parte imprescindible en mi formación.

Entre ambos lados de mi familia se profesaban cariño y admiración. Mi abuelo Alberto no tenía menos que interminable respeto por mi abuelo Alfredo, y cuando mi madre se casó por segunda vez y abuelo Alfredo ya había fallecido, mi abuelo paterno fue quien la entregó como su padre. Mi familia paterna casi en pleno estuvo en la boda de la ex-mujer de mi padre, y nadie vio nada extraño porque éramos una sola familia, divorcios o no.

Mi segundo padre, Gerardo, o Neni como le decimos mami y yo, ha sido igual de clave en la historia de mi vida. Me enseñó a leer antes de que en la escuela lo intentaran, y con revistas Muy Interesante o libros de adultos. Yo quería leer mis libros de Cenicienta, los que tenían dibujitos y pocas palabras. Pero Gerardo me enseñaba con palabras de adultos, y creo que de cierta forma me ha estado tratando como adulta desde que era niña. Apoyó todo lo que quise ser, desde científica, arqueóloga, directora de cine hasta socióloga. Siempre me dijo que yo era escritora, pero que en cualquier cosa que quisiera estudiar, lo único que pedía de mí era el máximo esfuerzo; aspirar a ser la mejor en lo que fuera que hiciera. Sin embargo, yo siempre supe que si no llegaba a ser la mejor, jamás se decepcionaría. Fue el hombre que me enseñó a mostrar mi belleza natural. Me peleaba un poco cuando me planchaba el pelo, porque decía que mi pelo natural, rizado y rebelde, era precioso. Me repetía que me vistiera como me diera la gana, que no había nada que me fuera a quedar mejor que lo que yo quisiera ponerme. Que tener un pensamiento propio, una identidad no afectada por la moda, iba a ser siempre mi mejor vestimenta. Me enseñó a no depender de ningún hombre para nada; si yo quería cambiar un bombillo él me daba la escalera y el bombillo nuevo y me enseñaba a hacerlo. Me dijo que mi lugar era le que yo quisiera, pero que jamás pusiera mi sustento económico en los hombros de nadie más; que él estaba criando una mujer independiente, segura de sí misma y capaz de todo. En mi casa hoy soy yo la que tiene herramientas, la que taladra paredes y arma muebles; no le he pedido nunca a un hombre que me cambie un bombillo. Me obligó a sobreponerme a la vergüenza. Cuando alguna vez llegué corriendo diciendo “yo ahí no regreso, he pasado la pena del siglo” me tomó por el brazo y me llevó, y me enseñó que lo que más miedo da en la vida es lo primero a lo que uno tiene que darle la cara, o te persigue y te consume. Brincó una cerca de un vecino en cuyo jardín un perro Doberman, popular en el barrio por ser lo más agresivo que la especie canina había visto, tenía un pequeño gatico arrinconado y listo para destrozarlo a mordidas. Los vecinos se agruparon alrededor mirando, sin dar crédito, como Gerardo brincaba la cerca y con un tubo por toda defensa, espantaba al Doberman lo suficiente para agarrar el gatico, y luego se preguntaba cómo salir sin darle la espalda a la fiera. En el gran esquema de cosas, yo creo que no todo el mundo habría arriesgado la piel a las mordidas de un Doberman por un gatico tan pequeño y desamparado que tenía ya pocas posibilidades de supervivencia. Pero Gerardo corrió igual que si se tratara de un niño, y en ese gesto de no pensarlo ni un segundo, me enseñó a correr a mí y a no calcular demasiado el riesgo por ayudar a cualquier criatura. Con quejas y bajo protestas de “no nos alcanza la comida ni para nosotros” terminó por acoger a casi todos los animales que yo rescataba de la calle; en algunos casos les encontrábamos un hogar con otros vecinos, pero en más de uno se quedaron con nosotros. En el Período Especial, cargaba conmigo y mi madre en una bicicleta, dejándose las piernas en los pedales, para llevarme a mí al círculo y llegar ellos al trabajo. Al regreso, en la tarde, descansaba dos minutos y salía a vender limones en la bicicleta, a veces conmigo también en el asientico que me confeccionó. Mientras, mi madre hacía panetelas para vender, a tenedor y brazo, sin batidora de mano ni luz eléctrica, a veces hasta tres en una tarde. Y cuando llegaba yo, que siempre amé el dulce más que vivir, y me emocionaba pensando que había panetela, a ella se le rompía el alma teniendo que decirme que no eran para nosotros. Yo era buena y entendía, pero supongo que mi cara de tristeza le descosía el alma, y más de una vez, me hizo una pequeña para mí, a las ocho de la noche y con velas. Los tres panes que tocaban por la bodega eran también para mí. Uno para cuando regresaba de la escuela, el otro para la merienda, y uno que le llevaba a la amiguita mía becada que casi nunca tenía merienda. No sólo dejaban de comerse el pan por mí, sino porque no supieron qué decirme cuando se enteraron de que yo llevaba tres días sin merendar en la escuela porque le daba mi pan a Yunisleidis. Y durante un tiempo, me mandaron con dos panes para la escuela.

Mi padre fue también mi héroe desde que tuve uso de razón. Como casi todos los hombres de su familia arriesgó la vida por defender a quién lo necesitaba más. Fue siempre estricto pero cariñoso, llegaba después de más de 24 horas de guardia y encontraba tiempo y energía para jugar conmigo, o llevarme al zoológico. Perdió el sueño también siempre que estuve enferma, y cuando mi madre estaba de parto, no hacía más que repetir “ojalá pudiera ser yo el que estuviese allá arriba pasando ese dolor”. Nunca fui adolescente problemática, pero siempre tuve claro que a la hora que fuese, y en el peligro que estuviese, mi padre iba a estar dándole el pecho a cualquier riesgo si yo lo llamaba. Supe que correría a enterrar cualquier cadáver sin preguntarme quien era, y que si yo le dijera “sin preguntas” entregaría la vida sin cuestionarse nada. Por supuesto, en la misma disposición estarían el resto de los miembros de ese ejército familiar que siempre estuvo dispuesto a todo por mí, y que lo sigue estando hoy.

En toda mi vida, en los momentos más negros por los que haya pasado, jamás me he sentido desprotegida ni abandonada. Creo que en cierta medida tengo poca noción del peligro porque jamás vi a nadie de mi familia amilanarse, ni temblar un segundo, ante la presencia segura de la muerte. Cuando no he tenido de dónde sacar fuerzas para enfrentarme a la vida y mis demonios, he vuelto la vista a mis orígenes y he encontrado un batallón de voces dándome ánimo, desde la distancia y desde la tumba, desde el recuerdo y desde la experiencia de vida. Me han empujado a seguir los ejemplos más grandes que conozco de dignidad, sacrificio y fortaleza. He intentado, con toda mi fuerza, vivir mi vida con la máxima de nunca traicionar mis principios, porque son hijos de los principios de ellos, y no se puede traicionar a quien vivió y vive con la disposición de dar la vida por ti.

De mi familia y mi infancia podría hablar en varios tomos, de muchas páginas, y ahora que vivo lejos de las casas dónde viví y la gente que me acompañó, a veces quisiera poder escribirlo, poder inmortalizar todas mis anécdotas familiares en un papel que sobreviva los años y los contratiempos. Quizás algún día lo haga, pero mientras llegue ese día, que se sepa por todo lo alto, en cada rincón del universo, que mi familia es la mejor familia del mundo, que les debo todo, absolutamente todo, y que mis pasos se apoyan más firmes gracias a ellos.

 

A Rafa, mi imprescindible…

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Yo espero, por el bien de todos, que este texto me salga corto. Lo espero porque sé que muchos se agotan cuando el texto parece no tener fin (que es lo típico en mí) y me interesa muchísimo que la mayor cantidad de ustedes lea esto.

La cosa va más o menos así: extraño a Rafa Escalona. Él tiene otro apellido, pero para mí es siempre Rafa, con el Escalona detrás porque soy mala para los apellidos y el Escalona ya es parte de mi vida gracias a una amiga de los siglos. Ustedes no sé por qué nombre le conozcan, a lo mejor ni le conocen. Entre otros talentos y logros, es el autor del blog El Microwave, es periodista, es joven cubano, es portador del hashtag que algunas le pusimos de mulatohermoso, porque lo es, por dentro y por fuera. Rafa es muchas cosas, y yo no puedo ni quiero hacer su biografía; sólo quiero sacarme del pecho el absurdo que se me hace su ausencia de Facebook. Porque su ausencia de Facebook es, a pesar de los pesares, también una cierta ausencia de mi vida diaria. No de mi corazón, ni de mis afectos, ni del sitio en el que guardo a todos los que admiro o quiero; de ahí no lo puede sacar ni la Santa Inquisición. Pero ya no está en mis mañanas de abrir Facebook y encontrar sus posts por todo mi news feed. Ya no descubro blogs, autores, gente, temas, la vida misma, gracias a él. Y no es que no sea suficiente todo lo que Rafa me ha presentado, sabiéndolo o no. Es que igual adivino que me quedaba mucho por descubrir a través de sus pupilas. Porque habrá cosas que pueda descubrir por mi misma, por accidente o por intención, pero las cosas eran siempre más lindas cuando las presentaba Rafa.

Me quedan varios amistades nacidas a través de Rafa. Me quedan grupos que creó, mi subscripción a The New Yorker que pago yo pero inspiró él aunque no lo sepa. Mi intención diaria de usar internet para el bien, de intentar dar un propósito a tener un iPad y la facilidad de acceso a todo el conocimiento que se tiene cuando se vive en ciertos lugares.

Rafa y yo nos hemos visto una vez, de lejos, creo, hace mucho tiempo. Jamás nos hemos sentado a conversar juntos. Nunca le he oído tocar la guitarra. No le he visto borracho en el muro del malecón convencido de todo lo que haremos los que queremos hacer. Todavía. Pero estoy convencida de que todo esto un día va a suceder, que esta amistad se va a coronar con cantidades ridículas de alcohol y la confirmación de que hemos sido amigos desde tiempos romanos.

Todo esto suena a despedida de duelo, y aquí no hay nada que despedir. Pero como les decía, extraño a Rafa, y por razones ajenas a sus más sinceros deseos, ha entrado en una nueva etapa caracterizada por la desconexión, lo cual quiere decir que, en cierta medida, Rafa se me ha ido, aunque sea por un tiempo.

Yo no quiero ni mencionar el tema de la incomunicación en Cuba, porque creo que ya se ha dicho casi todo y más, pero no puedo evitar sentirme esa misma espinita cabrona que me separa de mi madre y de todos los seres queridos que viven en la isla. A veces me parece como si Cuba estuviera condenada a eso, al aislamiento y la incomunicación. Como si el pedazo de tierra estuviera aferrándose a su carácter de isla, y diciéndonos a todos, “las islas flotan, despegadas del resto de la masa continental, deal with it”. Pero yo sé que no. Yo se que Cuba quiere conectarse, quiere saber de sus hijos, sus padres, sus primos, sus vecinos. Sé que quiere abrir el Skype y hablar con alguien a miles de kilómetros de distancia así sin grandes gestos, como untarle mantequilla al pan del desayuno. Pero no llega el día, y yo mientras me desespero.

Prometí que iba a ser corto y no lo es. Pero ustedes no se imaginan cuanto cuesta hacer esto corto. Porque ustedes no se imaginan (ni él tampoco) lo importante que ha sido Rafa en mi adaptación a Canadá, en mi lucha por mantener una relación sana con Cuba, sin que me frene en mis empeños de rehacer mi vida de este lado del mundo. No se imaginan cuanto le debe la socióloga que llevo dentro al periodista que lo viste a él. Cuánto de mi inspiración, mis renovadas ganas de hacer, mi sed de conocimiento y mis ganas de no rendirme carajo, se deben a él. Que hubo días en los que la frivolidad de Facebook solo fue compensada por descubrir a Hernán Casciari gracias a un post de Rafa. Que mientras mis pulmones tengan aire le tendré que agradecer por haberme presentado al amor literario de mi vida, Juan Tallón. Que mi viaje a Estados Unidos fue con él, acordándome de sus comentarios y sus cosas en más de un lugar que tocaron mis pies, que vieron mis ojos, que respiró mi nariz. Que cuando algo que yo escribí en el blog y que significaba mucho para mí, no fue visto ni por las ratas de la peor alcantarilla, lo vio Rafa y me guiñó un ojo, y yo confirmé que valía la pena.

Pero bueno, las cosas son como son y yo nada puedo hacer. Me queda escribir este intento de declaración de afecto, de te voy a extrañar con cojones, de me cago en todo lo que te haya puesto en una posición de desconexión, y de le voy a poner velas a todos los santos y dioses de este mundo porque pronto recuperes el acceso a internet, porque yo sé bien cuánto necesitas acceso a ciertas revistas, ciertos blogs, semanarios. Porque sé que un espíritu como el tuyo florece conociendo cosas y compartiéndolas en grupos, cosas que no quieres compartir con nadie.

Gracias por todo Rafa, aunque suene cheo y cursi, aunque suene a despedida. Apúrate en regresar porque se puede caer el mundo, en serio que sí, sin ti por estos lares. Al regreso te prometo esperarte con un cake, de la bodega, de los de cuando ganó Industriales la Serie Nacional, que sabían riquísimo con leche y mataban cualquier antojo de dulce. Tómate este tiempo para crear más de lo que te gusta, de lo que no hay que pagar. Eso sí, mulato hermoso, vete a estas vacaciones convencido de que no solo dejas huella, sino que dejas mejores seres humanos por donde quiera que pasas. Te vamos a extrañar, mijito, mucho. See you on the other side, oíste?

Canción de amor a la inspiración que nos visita…

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No hay nada más caprichoso que la inspiración. A veces funciona como epidemia. Te da un brote febril del cuál no puedes librarte, y te persigue a cada doblar de la esquina. Estás fregando, que asumo todos coincidimos es la tarea más abominable que existe, y en la cabeza te está naciendo una oración, o a veces un párrafo, y tú sin saber ni de dónde viene. O te estás preparando una merienda, porque eres así de tambocha, y la piel se te empieza a dibujar de letras, en cursiva, que aparecen de la nada, que te cuentan una historia. Pero a estos brotes epidémicos de inspiración entusiasta y participativa, de levantar la mano a toda pregunta, le siguen por lo regular episodios de sequía total. Y sucede como con esos protagonistas de noticias, que emisión tras emisión ocuparon la primera plana de cuanta publicación existe, invadieron las redes sociales, trending topic de una semana entera, y que meses después, o a veces minutos, nadie sabe a ciencia cierta por qué agujero desaparecieron. ¿Se encontró por fin la cura para el ALS?* ¿Qué fue de aquel tipo que había hecho aquello tan horrendo? ¿Y la muchacha que le dijo no sé qué a no sé quién famoso? Sabes que pasa. Por eso cuando te entra la primera fiebre duermes con la laptop al lado, por si acaso. Por si la madrugada te despierta con 39 grados y necesitas, ahí mismo, parir algo que luego odies. Y ese es también el problema de la inspiración viral, febril; no sabes nunca cuán plasta te va a salir algo que escribas. Pero hay que escribirlo. No hay abortos para la literatura, o al menos no que yo conozca. Hay que escribirlo porque sabes que puede acabarse todo en cualquier momento; eso también ayuda a veces. No hay como la posibilidad latente pero real de que se vaya todo a la mierda para ponerle velocidad a los asuntos. A casi todos los asuntos. El clásico aquel de quien te vino a suplicar te quedaras cuando hiciste las maletas. La noche antes de una entrega que te fumas tres cajetillas de cigarros y escribes el mejor ensayo de sociología desde la Escuela de Chicago. O ver cómo tu vecino pierde el carro por una inundación para convencerte de que necesitas un seguro. Se ha dado el caso.

Es aconsejable entonces rendirse a ese virus, a esa fiebre, a ese poner la cabeza en la almohada y no poder parar de pensar narraciones, y ver llegar el insomnio. Sabemos que pasará, y hay que aprovecharlo. Porque en el horizonte se puede esconder un período indefinido de no escribir una letra, por más que lo necesites, aunque te vaya la vida en ello.

Es así la inspiración, cuando se va, te deja todo roto y sin fuerzas para levantarte, para apretar una tecla que te salve la vida, parecido a lo que hacen ciertos amores. Por tanto hay que darle el mejor uso posible, y los amigos y allegados que perdonen lo que de ahí florezca. O lo celebren, según el caso.

Mantén el diccionario de la RAE en los favoritos, el cenicero a mano, y la laptop debajo de la almohada. Y reza por que esta vez dure más, o que duela menos cuando se vaya.

*(siglas en inglés de Esclerosis Lateral Amiotrófica)

La gente que no se queja…

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Hay cosas que conviene escribir incómodo. Sí, como en ese momento que has llegado de la calle, con cuatro toneladas de churre ajeno encima, el cansancio de hace tres meses y un dolor en el hombro derecho, el que te lastimaste hace dos años en el trabajo y que nunca te sanó porque no podías pagar la maldita fisioterapia. En ese momento lo mejor de tu sentido común te dice: entra a bañarte, come algo… Pero sucede que a veces, el sentido común es una mierda, y hay algo muy dentro que te encola al sofá y te arrastra los dedos al teclado. Y todos sabemos que cuando eso ocurre, hay que escribir sí o sí.

El primer error que yo cometo al inicio de mi día es siempre el mismo: entrar a Facebook. Sin ánimo de profundizar en mi relación de amor-odio con ese solar maravilloso, no hay una cabrona vez que yo teclee f-a- (hasta ahí porque mi barra de dirección ya adivina a lo que voy y me pone la página así delante, en un gesto desafiante de “ya sé que esto es lo único que haces con tu vida, imbécil”) que no termine con algún disgusto. En mi favor he de agregar que con el tiempo estoy aprendiendo a domar mejor la fiera interior que llevo y lograr que me afecte menos la estupidez crónica del prójimo. Pero en términos generales, siempre salgo con al menos un par de balazos.

En el sinfín de posts iluminados con los que me tropiezo en Facebook, hay uno recurrente que ya de tanto encabronarme me acaba por causar cierta gracia, y esa gracia ha devenido en duda epistemológica, si se quiere: ¿qué coño respira la gente que nunca se queja? O mejor aún, ¿a qué otra actividad productiva dedican su tiempo los miembros del tribunal que se la pasan diciendo cosas del estilo “no te quejes tanto chica…”? No me entiendan mal, yo soy consciente de que tengo récord de quejas por segundo. Más aún, es una característica que me propongo perfeccionar todos los días de mi vida. Si pudiera, me pondría cuotas de quejas diarias, si no fuera porque soy malísima para cumplir asignaciones. Y entiendo que, en cierta medida, parte de la sanidad mental pasa por aceptar ciertas cosas y ser feliz dentro de la piscina de mierda en la que se vive a veces. Pero me sigo cuestionando mucho sobre esos personajes cuyo único propósito en la vida parece ser el de quejarse de que te quejes. Esa es justo una de las aristas más graciosas del tema: no parecen entender que su crítica a tus quejas es, en cierta forma, una queja en sí.

Con estos compañeros y compañeras cabría hacer un recuento de todos los derechos y libertades de los que disfrutan gracias a que alguien, en algún momento de la historia, se quejó. Otra variante de respuesta sería preguntarles cuándo fue la última vez que te pagaron la renta, o te sirvieron el plato de comida, para intentar localizar el punto focal de certeza de que a tus quejas hay que ponerles un límite.

Yo me imagino a esas personas, en una cola de cuarenta y cinco minutos, llegando al mostrador para que le digan “lo sentimos, vamos a cerrar para almorzar”, y quedarse ahí tan tranquilos como un delfín dopado, sonriendo y sin pronunciar más que un “ah, no hay problema”. Los visualizo también llegando a casa para descubrir que sus parejas tienen sexo salvaje (el que nunca han tenido con ellos) con la vecina o vecino, y traerles el vaso de whiskey y el cigarrillo para cuando terminen, todo eso por supuesto mientras preparan la cena.

Me van a perdonar el tono áspero (por llamarlo de algún modo) pero ¡me inquieta tanto este tema! Les pido por esto que si tienen información sobre el tema, en especial sobre qué toman estas personas, dónde duermen, qué droga consumen, compartan conmigo. Les estaré eternamente agradecida y prometo no quejarme siempre que las respuestas me satisfagan, que a mí eso de quedarme a medias no me sienta bien, y me quejo…

Mientras tanto, voy un segundo a cagarme en la madre de media Europa. A quejarme del racismo y conveniente miopía política que parece tener una buena parte de la crema política del continente, y decirles que Siria sí es problema de ellos, y que no sé todavía cómo, pero más les vale encontrar una solución. Me voy a quejar porque, a veces, cuando me rompe el corazón un niño ahogado, no puedo hacer más que eso. Con gusto me tiraría al mar a recoger refugiados y traerlos a casa, o a darle tortazos con un periódico a dos o tres cámaras enteras de ciertos parlamentos, pero hay veces que la queja es el único salvavidas que tengo. ¿Qué quieren que haga si nado fatal?

Bienvenida a bordo…

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Domingo gris. Limpiar los desastres del perro. Pasear al perro. Regresar. Mirar alrededor. Temperatura local trece grados Celsius. Hora local medio día. Pero también son las seis de la tarde en algún lugar. Es grande el mundo. Da vueltas. Está gris y verde afuera. ¿Te acuerdas cuando esto te ponía triste? Not any more. Se dibujan sonrisas con vida propia. Mirar alrededor; hay libros. Mirar alrededor; hay vida. Domingo gris y se impone limpiar. Quizás lavar. Pero mejor escribir boberías. Palpitan recuerdos frescos, como vegetales de esos con las goticas de agua, limpios. Recuerdos recientes. ¿Se irán a gastar? Alguien dijo que no, que se quedan ahí. Hay gasolina para buen tramo; andar genera energía. Mientras más se camina más se quiere caminar, siempre que el camino vale. Despertar con ganas. ¿Te acuerdas cuando no sabías qué era eso? Not any more. Pesar la vida más que pesarte tú, y descubrir que es grande, y que porque pesa mucho es que es tan buena. Se aplica a muchas cosas. Qué relativo todo. Cuán poco hizo falta para convertir los domingos grises en gloria. No, no fue poco; fue un esfuerzo descomunal, y al mismo tiempo fácil. Todas las respuestas están ahí, adentro. Y la llave la tenías tú. Domingo gris con café en una taza de recuerdo. Cerrar los ojos y viajar de nuevo, despegar. Fotos que cobran vida. Tanto por hacer; ¡qué bendición! Domingo gris, de lluvia, y ni una sola lágrima. Bienvenida a la felicidad, querida, gracias por todo.

Por que siempre haya un vuelo de regreso a Madrid…

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No tengo prácticamente fotos de Madrid. En realidad mi paso por la capital fue efímero y casi desinteresado. En total se repartió en unos cincos días, entre idas y venidas. De esos días, varios transcurrieron bajo el nubarrón de haber llegado cansada a una estación madrileña a las 6 de la madrugada. Creo que en parte es eso lo que me oscurece Madrid; que quiso algún dios con pésimo sentido del humor ponerme siempre a llegar cansada, mal humorada, y cagándome en todo.

Creo que por eso me cuesta tanto rescatar cosas precisas de Madrid. Porque ha sido al final como verla desde un tren a alta velocidad; andando muy rápido y con sueño mientras del otro lado de la ventanilla se te van quedando atrás figuras que adivinas bellas, incomparables, pero que existen en tu retina por apenas tres segundos.

Sí recuerdo, por ejemplo, el día que salí con David por un par de horas y, haciendo un recorrido express, vi sitios como Plaza del Callao, donde adiviné unos años 40 llenos de mujeres muy ricas y muy gordas, con sus abrigos de pieles y sus sombreros de París, y sus maridos militares y políticos corruptos, mientras ellas ajenas asisten al estreno de alguna obra de teatro que apenas entienden. David me llevaba casi corriendo. Como si un reloj gigante invisible nos anduviera persiguiendo y a cada segundo que parasemos por el aquello de admirar algo, nos fuera a caer el peor castigo. Se iba lamentando “esto habría que verlo con más tiempo”, e incluso en nuestra ingenuidad de querer adivinar el futuro, pensamos que yo volvería a Madrid en la última semana del viaje, y que en esa semana, podría entonces disfrutar con plenitud de todo esto que me asaltaba la retina.

Pero la realidad es que no volví a caminar por Madrid. Adelanté la fecha del regreso a Canadá cuando un día, así de la nada, el cuerpo me dijo con tono de hasta aquí las clases: “llevas desde el 20 de Junio fuera de casa, ya está bueno ya”. Y llamé como condenada a muerte a Toronto para suplicar a mi marido que cambiara mi billete. “A cualquier precio” le dije. “¿Pero te ha pasado algo? ¿Está todo bien?”. No supe cómo explicarle que estaba ya en el punto a partir del cual me daría igual Madrid, que Paris con la resurrección de Cortázar, y que no podía hacerle eso a una ciudad tan bella y que merece tanto.

Decidí que me iría antes, pero con la resolución de volver algún día con tiempo, a ver Madrid como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si empezara la vida allí. De caminar por calles sin saber el nombre, ni la trascendencia… De encontrar una plaza que me quite el aliento y, en vez de hacerle fotos en un intento patético de perpetuarnos a ambas en ese instante tan frágil, simplemente sentarme a verla existir. Me prometí regresar porque, entre otras cosas, necesito ver la ciudad a la que le han cantado una buena parte de las voces que más quiero. Regresar para poder entender a Sabina diciendo “yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid”. Es casi como una deuda moral con todo el que ha sentido Madrid y ha tratado de transmitirlo.

Un día voy a regresar, lo tengo claro. Y volveré con la misión inalterable de vivir la ciudad, no solo visitarla. De sentirme como aquel día en el que, por escasos minutos, la familiar imagen de gente mirando el móvil u oyendo música, sin hacer contacto visual, dentro de un vagón del metro, me hizo oler las esencias que conectan a casi todas las ciudades. Ver que, en el fondo, siempre hay algún que otro hilo que reconoces de la costura de Toronto, o de Roma, en Madrid, o Barcelona. Que siempre hay algo ubicuo, aunque sea muy básico, que une todas las ciudades del mundo, y se encarga de que puedas sentirte como en casa, aunque sea por dos segundos. Es solo cuestión de salir a buscarlo.

Por ahora, esto es Madrid…

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Este cuenta como mi tercer intento por sentarme a escribir. Si muero esta noche, que les quede esta prueba máxima de mis afectos.

Voy a escribir como quiera, y me van a perdonar la nostalgia y la falta de estilo, pero cuando yo me desnudo no me ando con poses ni con meter la barriga; cuando me quito todo me siento más bella y más libre, y si no reparo ni por un segundo en cómo lo verán otros, soy en ese instante la mujer más sensual que ha pisado este basurero municipal que llamamos mundo. Así les voy a escribir.

Eso me recuerda que para hablarles de mi viaje a Europa, les tengo que hablar de los sesenta reportajes por minuto de cientos de inmigrantes muertos en algún contenedor. Y yo sé que no les gusta cuando me pongo así, pesimista, oscura, o para ser más claros, honesta. Pero me lo van a perdonar, porque me quieren. Pero de eso hablaremos en otro post.

Vayamos por partes, como los cirujanos, o los buenos amantes. No me va a caber todo este mundo de sensaciones y miradas en un solo post, pero me estoy atragantando con todo lo que quiero contar y un buen amigo me dijo que si no lo acabo de contar, voy a vivir por siempre en este limbo. Escribiré hasta que las manos me dejen. Si es muy largo, también me perdonan; ya está dicho que ustedes me quieren.

Madrid fue y será siempre una terminal del aeropuerto después de 8 horas de viaje, muerta de cansancio y cargando maletas porque algún sesudo entendió que no hacían falta escaleras eléctricas en la mayor parte de ese terminal uno por la que llegué. Un baño sucio y sobrepoblado de gente que, por lo visto, se ha acostumbrado a hacer sus necesidades en dónde les digan, aunque esos baños de aldea remota estén pagados con el dinero de sus impuestos. Luego desembocar arrastrando la vida misma a un salón donde me esperaba una parte importante de lo que más quiero en este mundo; y contener las lágrimas.

Lágrimas de felicidad, de al fin te veo, de cuántos años hace ya, de he extrañado tanto tu risa. Pero también lágrimas de me cago en las circunstancias que nos han disparado a sitios tan remotos, con poco contacto físico, de abrazos postergados y consuelo en gotas (en pequeñas charlas patrocinadas por aplicaciones del móvil).

Madrid casi no lo vi más, pero fue el primer encuentro con un continente que llevo literalmente tatuado en la piel desde que, a los 16 años y alcohol mediante, decidí poner tinta en sangre para dibujarme las iniciales QVE: Queremos Vivir en Europa. Hay toda una explicación detrás de esas iniciales (no estoy tan loca ni tan fuera de contacto con la realidad), pero el resultado es que ahí estaba mi piel, diez años después, conociendo por primera vez la tierra que había llevado bajo la ropa todo ese tiempo. Caminé un poco ese día, mirando edificios que inevitablemente me recordaron a la Habana Vieja, porque fueron construidos por la misma gente, de una manera u otra. A esa misma razón obedece que en muchos sitios me sintiera que me trataban como en una oficina del carné de identidad de Cuba, o la bodega, o la Dirección Municipal de Vivienda. La misma bañadera de información genética que los cubanos tenemos de los españoles, te cae encima en el origen del todo. La mata de ese sello distintivo que tiene la atención al consumidor en Cuba viene del otro lado del Atlántico, de la “madre patria”. Nos diferenciamos en muchas cosas, pero en los servicios y la atención no.

Caminar por Madrid ese primer día fue, en cierta medida, el despropósito. Estaba demasiado aturdida y cansada después de tanto viaje como para poder apreciar las cosas como podría haberlo hecho más nueva, más bañada, más reposada… Les parecerá todo esto muy negativo, pero no se dejen engañar; Madrid es la misma de la que han hablado todos, a la que han cantado todos, la que han llevado a imagen todos. Y a pesar del aturdimiento sí se siente algo grande. Una sabe que está en presencia de un espíritu distinto, más profundo… Tal como me ocurrió en Nueva Orleans, sentí la ciudad hablando, mirándome. A ratos con curiosidad, otras veces con desinterés. Con un “bueno ven, pasa, esta es la sala, aquel el comedor” de esos cansinos que te vomita la gente que no tiene ni putas ganas de enseñarte nada, menos su casa. En otros momentos sentí que todo el mundo me miraba, que era yo la extraña, la extranjera. Alguna que otra vez sentí que pisaba demasiado fuerte, que tendría que tener más cuidado de no despertar lo que duerme, de andarme con más respeto; hay miles de años de historia en ese mismo pedazo de adoquín al que yo tan descortés le ponía la pata encima. Es lo que tienen las ciudades viejas, las ciudades que fueron el centro del mundo, de un reino, o de la vida de alguien: les puede faltar de todo menos carácter. La Habana se cae a pedazos, no puede estar más sucia, pero que nadie diga que le falta espíritu.

He llegado a pensar también que las ciudades se llenan, como una colmena, con la intensidad de los sujetos que las viven. Cada grito de rabia, cada disparo, cada amor sin ropas ni razonamiento, cada lágrima de felicidad o de dolor, va cayendo siempre sobre el mismo suelo, y años después, nada lo puede borrar. No importa con cuánta agua se limpie una calle de Madrid, la vida que se dejaron sus gentes no se va a ningún sitio. Y si uno tiene buen oído, y trata con cuidado a la dueña de la casa, a veces se oye algo.

También yo me dejé una página de mi libreta en Madrid. Encontrarme por primera vez en casi tres años con una parte indispensable de mí. Sentir que todo este tiempo había sido como vivido a través de un corazón trasplantado, un corazón no mío, y que mi cuerpo estaba esperando verle a él para decidir si la operación funcionaba o si caía redonda víctima de un infarto masivo.

Verle a él y comprobar que era igual que si no hubiese pasado un solo minuto desde la última vez. Que por más que los dos éramos ya otras pieles, otros recuerdos, seguíamos compartiendo la misma esencia y el mismo código que traduce el cifrado que somos… sentir el mismo amor infinito que solo se siente por lo que es irrevocablemente tú, el mismo olor, los mismos ojos… Eso me lo regaló Madrid.

Sé que con esto no es suficiente, que hay mucho más que decir, lo presiento como la mirada pesada de quien no te quita los ojos de encima, pero es todo lo que me sale hoy. Echaré abono y vigilaré si algo más brota, y si me llego a fijar en que asoma alguna otra hojita, les hago saber. Por ahora esto es Madrid: en su majestuosa función de capital del reino, y de mis encuentros y reencuentros con lo más esencial, con lo que llevo desde siempre en la piel.

 

Tiene la palabra el camarada Tallón…

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Yo no lo puedo evitar. Y por favor no piensen que soy repetitiva, que lo soy, pero ustedes no deberían pensarlo. Es que me he vuelto a tropezar, bueno no, perdón, tropezar no porque yo a este tipo lo busco, con algo de Juan Tallón. De esa piscina mugrienta llena de bañistas infames pero que cuentan las mejores historias: el blog Descartemos el Revólver. Es como ir a buscar fotos a la parte fea de la ciudad. No porque Tallón sea feo, ni su blog, ni sus letras, pero porque es de un realista casi sanguinario… y que de cierta forma asusta cómo dice todo lo que yo estaba pensando decir pero de cincuenta maneras más lindas. Es lindo Tallón, es lindo.

“El final de las vacaciones representa una de esas cosas tristes que a veces te ponen muy contento. A menudo, el instante más hermoso de un viaje es el regreso. Hay un día en el que, lejos de casa, se empiezan a añorar hábitos insignificantes como abrir el buzón, dormirse en el sofá con una película infame, o merendar un bocata de Nocilla. La tarde que regresas arrastrando la maleta igual que si escondieses dentro tu cadáver, y subes las persianas, y te reencuentras con tus libros, y tu nevera, y ves los avisos de Correos, tienes la secreta impresión de que cuando se acaban las vacaciones es en realidad cuando empiezan.”

Y les comparto esto porque, aún sin poder sentarme a escribir de los viajes de este verano, sí les puedo afirmar, comprobado con observación participante y técnicas avanzadas de investigación con el más alto rigor científico, que lo que dice aquí Tallón es una verdad como un templo. Porque yo adelanté 11 días mi regreso a casa desde Europa, (EU-RO-PA!!!!), todo por el apuro de ver una pared roja y dos libreros. Bueno, y al perro, y a mi marido…

No desesperen. Les prometo que un día de estos me dejo la piel escribiendo. No sé si para entonces me acuerde de todos los detalles, pero estoy convencida que me acordaré de lo esencial, de la manera exacta en la que se me movió el corazón, cómo ardía la piel, el sudor en el pelo, las ganas de vivir, hacia dónde se me movían los pies solos, los párpados llorando de tanto mirar… Eso si creo que les podré contar, sin temor a que se me olvide nunca, porque es como olvidarse de que uno respira, de que uno es.

Mientras intento sentarme a escribir…

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“Cuando pensábamos que todo se subdivide, tipifica, mecaniza y regula, de improviso, en el peor momento, cuando el mundo arde, descubrimos que la racionalidad no vale para nada..”

No sé si sea mi peor idea hasta el momento comenzar con un pedazo de Tallón. Por él me descargué una aplicación para poder leer cosas offline, una tal Pocket, para justo así, como en un bolsillo, llevarme a ese tipo que escribiendo él se me escapan palabras a mí.

Esto es difícil. Más difícil de lo que pensaba. Dos meses de viaje no sólo te cambian sino que te llenan maletas que no son las que llevaste. Te traen un carrito de aeropuerto desbordado de equipaje que, una vez llegada a casa, no sabes dónde coño meter. Y no hay que asustarse, es equipaje lindo, y feo, y bueno, y malo, si es que algo puede ser bueno o malo… pero es equipaje nuevo que nunca antes habías visto, y al que ahora tienes que encontrarle un sitio dónde dejarlo estar. Yo desde hace mucho todo lo lanzo contra una página blanca de Word. Y es ahí justo donde me he trabado. Se me ha estancado el pie entre el andén y el coche de metro, entre todo lo que tengo (y todo lo que quiero) decir y la página en blanco de Word.

Es una sensación familiar. Como de esas que, con que solo te hayan pasado un par de veces, basta para que parezcan amigas de toda la vida. Pero ahí también se encuentra la solución; justo en la familiaridad de esa sensación está la evidencia de que sabes qué hacer, lo has hecho antes.

Pues nada, a tomar aire, a esperar que la musa llegue, o que la vaya a buscar yo y la traiga a rastras por los pelos, para ver si logro contarles un poco del sitio dónde nace la felicidad; de ciudades museos por cuyas calles circulan tantos años de historias que no puedes poner el culo en un banco sin que te cuente de aquella infeliz a la que el novio se le fue a la guerra, del lado de los falangistas, y luego ella se enamoró de una enfermera que lo había conocido en un hospital de campaña… o del niño que pasó todo un verano buscando hacer amigos hasta que descubrió que los tenía de toda la vida, solo que en forma de “objetos inanimados”. ¡Quiero contarles tanto de tantas cosas! No me puedo quedar con todas estas historias que me confiaron los muros, las calles, los pájaros, el mar, la tierra misma… Les tengo que contar porque así no mueren, así siguen volando, o nadando, o incluso caminando, esperando un P1 en una parada… Tengo que escribirles esas historias, aunque me salga feo, aunque nunca logre reproducir la belleza del original, como las fotos de la basílica de San Pedro que no logran ni por un segundo reflejar la realidad de una construcción que te aplasta, que te recuerda que no eres nada comparado con la humanidad toda, pero que al mismo tiempo no es nada esa humanidad sin ti…

Tengamos paciencia. Yo podré escribir de a poco, y de a poco iré pagando mi deuda con todas esas montañas, adoquines, ladrillos, cúpulas, bancos de parque, iglesias de pueblo, mar…

A mí me pone una de monte, y que sea vasco

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Yo no he venido a hablar de ETA. Ni de las razones de nadie para hacer o dejar de hacer nada. Ni de independencia ni de lo que se pueda ser. Yo quiero contar, así muy breve, del hueco verde en el que se cae cruzando el túnel, llegando a Euskal Herria. Tengo medio minuto para decirlo, luego ya si eso diré más.
Y te reciben a este mundo las manos de unas nubes, una especie de cinturón de humo, allí lejos, en el horizonte, que parece estar guardando un secreto, que tú después de unos días no querrás contar nunca a nadie; que tú después de unos días te llevarás a la tumba.
Si te llega a escuchar Dios cuando eras niña soñando con el lugar de dónde viene la magia, te habría dicho “maitxe, está allí en el verde y gris. Tú sigue la bandera y la tierra que parece un corazón.”
Pero no importa que te tardaras 26 años en llegar; al centro de uno mismo se llega a cualquier edad, varias veces. La vida se descubre en una esquina todas las semanas si hace falta; tiene eso de bueno.
Tú sube. Tú ponle pausa a la ideología, a la historia de heridas en todos los rincones, a las pieles desgarradas y el precio de los sueños. Sube y mira, desde allá arriba, la grandeza del espíritu genuino, de esa fuerza de río contenido que rompe el cemento de la presa, y luego, ya desatado, le saca amor hasta a lo que arranque. Que las cosas que se hacen a pecho abierto, a corazón latiendo, son siempre más verdes, más monte.
Era sólo medio minuto para decir lo que no cabe en una eternidad de palabras. Pero eso, si buscan tierra fértil para sembrar lo esencial, el aquello del espíritu que no sé bien cómo se llama, la quintaesencia misma de todo, pues aquí está, en cualquiera de estos montes vascos.
Volveremos sobre el tema.

El bosque, la planta y los M&Ms….ah, y la mujer nueva.

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Un bosque. Una planta plástica. Un paquete de M&Ms. Es todo lo que se requiere para que te abrace la confirmación de lo que vienes sospechando todo el día. Este es un viaje de reencuentro contigo, con lo mejor de ti. Un viaje de caerle a trompones a la otra, para luego pasarle la mano y decirle que la perdonas, pero que ahora estás tú a cargo.

Pero bueno, hemos empezado por el final. Tiene sentido; yo nunca me he leído un libro sin leer primero la última oración. Es una manía aprendida de alguien.

Vamos a lo esencial. La carretera de todos estos días, la que está llena de árboles verde casi esperanza, de sol de 38 grados, humedad de 70%, me ha recordado mi niñez. Yo pasé muchos veranos en una carretera rumbo a algún campismo con mi abuelo paterno. Aquellas aventuras que yo experimentaba a todo corazón (como siempre he experimentado todo para bien y para mal) tatuaron una parte importante de mi infancia, y se transformaron en las píldoras a las que corría en el botiquín de primeros auxilios cuando necesitaba escapar de algo los otros 11 meses del año. Yo por supuesto odiaba esos viajes; hasta que pasaban los dos primeros días. Mi vida ha sido siempre una constante de ansiedad anticipatoria para luego descubrir que no, que no era tan malo, ni tan grave, o sí pero a quién coño le importa. Volviendo al tema, esta carretera ha rescatado a aquella carretera. Y con ella ha aparecido la niña. La que se ha tenido que esconder en los últimos seis años, (¡y cuánto lo agradezco!) para que mis demonios no se la tragaran. Me gusta verla. Me ha alegrado saber que está ahí.

Por el camino me voy despertando a la realización de que este es el punto de ebullición de un proceso transformador que se inició hace un tiempo. Si esto no pone el sello final nada lo hará, (aunque no me gusten las cosas definitivas). No sé cuántas veces vaya a recaer en todo el océano de muletas y repeticiones dañinas en el que vengo ahogándome hace algunos años, pero sé que hoy por primera vez imaginé un futuro sólido y de yo. Mío. Conmigo en el centro. Me vi. Por primera vez en mucho tiempo, me vi. No me adiviné en la oscuridad, no me escuché murmurando al doblar de la esquina, no: me vi. Y hay pocas cosas tan magnéticas como verse.

Llegando al hotel en las afueras de Savannah, me escribe una total extraña. Me dice cosas lindas. Me dibuja una sonrisa que algo mío inspire algo suyo. Llego al hotel y aunque hay un problema con la reserva, está al lado de un bosque, así que insisto en que nos quedemos en este hotel. Entro a la habitación y en el baño hay una planta verde, casi esperanza, de plástico. De las que no se mueren, no se marchitan, no perecen. Las que nadie quiere porque no son “de verdad”. Sonrío. Salgo del baño y en la mesa de escribir, al lado de la cafetera de siempre, por primera vez un paquete de M&Ms insinuándome que el hotel sabe, en secreto, que soy una gordita aspirante a diabética que da todo en la vida por un chocolate. Un bosque. Una planta plástica. Un paquete de M&Ms. Todo lo que se necesita para confirmarte que sí, que ya es hora, que son muchas las señales… No se puede posponer más. Enciende la luz verde y da la voz de mando. Que salten las tropas; esta misión de rescate y salvamento comienza ya.

(Savannah promete.)

Nueva Orleans todopoderosa, que estás en el cielo y en la tierra…

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Nota urgente: Este post es un secreto a voces. Pero como todo en la vida, yo no me logro callar lo que me grita el alma. Cuento con ustedes para que mi abuela nunca sepa sobre esto, porque nunca quiso que yo supiera lo que pasaba. Es nuestro secreto, como todo lo que es esencial en este mundo. 

Uno no siempre ve venir la patada en el estómago que te saca el aire y te deja por unos segundos sin poder reaccionar. En la noche del 1ro de Julio, mientras yo escribía sobre el “sur profundo” que me tenía tan llena de emociones encontradas, en una carretera flanqueada por árboles que quieren rascar el cielo, negra como la pared del abismo, con el cansancio de seis horas de carretera pero también con la alegría y las ansias de llegar a Nueva Orleans, mi abuela paterna llamó a mi madre para decirle que no se sentía bien. Para cuando mi mamá llegó, la mujer que ha pasado la mayor parte de su vida dando conferencias en las universidades más importantes del planeta, con una trayectoria profesional tan llena de logros y aplausos que no podría mencionar aquí, a duras penas podía hablar. Una isquemia transitoria le secuestró todo y trató de llevársela, pero mi abuela es el ser más caprichoso que conozco, y conmigo a las puertas de Nueva Orleans, creo que ni siquiera un infarto masivo podría haberla arrancado de este mundo. Yo no sé si el salto que dio mi corazón cuando entré en Nueva Orleans, de noche cerrada, casi muriéndome del cansancio, haya tenido algo que ver con ese segundo en que mi abuela se aferró a todo lo bello y entrañable de este mundo y le plantó cara a la muerte. No sé si mi corazón está tan conectado al de ella que sabe cuando el otro está en problemas, cuando la oscuridad amenaza con quedarse y hay que plantarse con fuerza, y espantar todo con el brillo del amor más profundo que se conozca; porque yo sé que mi abuela se salvó de todo agarrándose al amor que nos tiene a nosotros. Yo sé que a mi abuela la protegió mi corazón, y el de mi padre, y el de mi madre, y el de todos los que la queremos tanto que no la podemos dejar ir.

Cuando al día siguiente desperté con la noticia, lejos de tirarme al suelo y dejarme arrastrar por el miedo a lo peor, decidí salir a ver Nueva Orleans como condenada a muerte el día antes del final. Salí queriendo que esa ciudad me tragara. Que me llenara de sí. Que me sembrara en el pecho la misma semilla que le sembró a mi abuela. Y que también se uniera al batallón de vivos y muertos, ciudades, ríos, montañas, que seguían luchando por mantener a mi abuela de este lado; porque las ciudades aman a mi abuela. Ese día Nueva Orleans amaneció gris, nublado, y aunque más tarde levantó, yo comprobé que las ciudades me arropan, donde quiera que estoy, quizás porque reconocen algo de mi abuela en mí, y seamos realistas, las ciudades aman a la Doctora Arquitecta Isabel Rigol.

Yo salí a vivir Nueva Orleans a mi manera, que es lo mismo que la manera de mi abuela. A llenarme de sudor, de dolor de columna. A mirar todos los balcones. A llorar con un saxofón en medio de una calle adoquinada. A ver la vida en su esencia más pura en una plaza de armas con músicos y locos que bailan. A sentir el espíritu de la guerra civil en una plantación de caña. A imaginar lo que habría sido Miramar y el Vedado caminando por el Garden District. A prender una vela por mi abuela en la catedral de San Luis, y pedirle a Nueva Orleans, más que al propio santo, que me agarrara a mi Baba de la mano y no me la dejara ir, porque con quién iba yo a hablar de ella.

Nueva Orleans va a ser siempre la ciudad en la que estaba el día que casi pierdo una de las personas que más quiero en el mundo, que me ha criado, que me ha enseñado una inmensa parte de lo que sé; la persona a la que más me repiten que me parezco en mis neurosis y carácter complejo; la persona que me sembró al amor por la arquitectura y la ópera, por el jazz, el blues, la música de los años 40… Y no podía ser otra ciudad que esa. La que se ha deshecho en guerras, pasado de mano en mano como si no fuera un ser vivo, arrasada por huracanes que no pueden perdonar algo tan bello, tan magnífico. La que se desangra por el crimen, por la corrupción, por la pobreza. Pero también la que nadie deja de visitar, la que canta en cada esquina, llena el aire de los sonidos más bellos que existen, que da a luz a la vida misma en el medio de una plaza, sin avisar, sin grandes gestos, como cosa ordinaria e intrascendente.

Es la ciudad donde vi una niña caer de una bicicleta ante el casi atropello de policías a caballo que ni siquiera pararon a ayudarla. Donde una drogadicta y yo fuimos las únicas dos personas en correr a ayudarla, donde me sentí capaz de hacer lo que fuera por abrazar a aquella criatura y protegerla, incluso de su propio padre alcohólico. Es la ciudad que sacó mi lado más agresivo, porque en más de una ocasión tuve que dejar claro que no era una blanquita más de Toronto o nos habrían robado todo. Pero es también una ciudad de supervivencia, de negarse a aceptar la derrota aunque seas el sur que perdió la guerra. Un lugar que supo robarle a cada aspirante a dueño que tuvo lo mejor de su cultura y arquitectura, y hacerlo suyo, mientras los dueños siempre terminaban teniendo que largarse, por una razón u otra, y ahí quedaba esa arquitectura magistral, esa mezcla de Europa, África y América.

Me queda mucho viaje todavía, pero de la misma manera que supe en un segundo que Chicago se me había integrado a una costilla (a la más esencial claro está), sé que Nueva Orleans se me queda sembrada en una esquina que no sabía tenía mi pecho, donde el miedo más severo que he sentido en mucho tiempo me sacudió, pero no me paralizó. Nueva Orleans va a ser siempre la ciudad que salvó a mi abuela, la que me salvó a mí, porque no hay otra ciudad que sepa salvar como esa. Si algún día hay que sobrevivirlo todo, amarrarse a un poste cuando todas las naves se queman y la esperanza desaparece en el horizonte, que sea a orillas del Mississippi, en el Barrio Francés de Nueva Orleans. De frente al huracán más feroz, ella sabe cómo salvarlo todo.

Algunos apuntes del sur que conocí…

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No es aconsejable que Bebo Valdés y Diego “El Cigala” se desgarren la voz y las manos derramando “Niebla del Riachuelo” en la reproductora del carro, en el medio de una carretera más oscura que una noche de Período Especial cubana, mientras una intenta parir algo sobre “el sur” americano. No lo intenten en casa.

Supongo que habrá que decir que el sur perdió la guerra. Que hay un calor casi cubano, húmedo, pegajoso. Que el acento de la gente es diferente, y te da gracia, porque tú asocias ese acento sureño con conservadores histéricos. Que en muchos lugares la pobreza te sorprendió. No es la misma pobreza de Cuba, pero se parece. De gentes vestidas con retazos de cansancio, alguna que otra pieza de hostilidad, de me cago en todo porque sí, porque no puedo más, porque estoy obstinado de todo… pero con internet y celulares. Que hay muchas casas amenazando con derrumbarse, aplastar a sus propietarios como cucarachas, y sin embargo dos señoras negras de casi 90 años te sonríen desde el porche de uno de esos peligros de derrumbe. Te sorprende el paralelo con esa capacidad que pensabas vernácula de tu tierra, de cantar, sudar, bailar mientras la mierda te sube peligrosamente al cuello, pero ahí sigues bailando como poseído, haciendo blues, jazz, country, música, vida…

Te sorprende la diferencia entre el afroamericano y el negro canadiense. La hostilidad con la que te miran TODOS los negros que parquean a tu lado en la gasolinera. La expresión de rabia que tienen siempre, sin que tú hayas siquiera respirado hondo, sin tiempo de que nada les haya lastimado, y te das cuenta de que no eres tú, es que llevan lastimados varios miles de años. Esclavitud, segregación, discriminación, ad infinitum, ¿Te extraña que actúen siempre a la defensiva, que les notes cierta hostilidad a priori, cierto enfado que no es contigo sino con un dueño de esclavos de una plantación en las afueras de Baton Rouge? Se merecen más. Se merecen una vida más digna. Un presidente negro dista mucho de ser indicador de nada para esta gente, por más que hayan celebrado el triunfo de Barack Obama, por más que Barack Obama haya intentado hacer por ellos. En algún momento de mi paso por la facultad de sociología le escuché a alguien decir que la pobreza y marginalidad engendran pobreza y marginalidad. Y si me lanzo con fuerza, para fundirme a esa piel negra y habitarla, me vería sin opciones. Sin medios para pagar nada, rodeada de violencia, criminalidad, pobreza extrema… Con hijos que veo crecer en el mismo elemento y por los que haría cualquier cosa pero no puedo, no me dejan. Ver las escuelas de mis hijos caerse a pedazos, que lo que aprendieron este mes fue a armar y desarmar una nueve milímetros, la misma que un día puede fácilmente arrancarlos de mí. Nada de esto es ficción, nada de esto es película del sábado. Sucede. Todos los días. Y no cambia.

En el medio de Mississippi, el “sur profundo”, se extiende un campo de batalla, Vicksburg, donde el sur y el norte, la Unión y los Confederados, americanos todos bajo el uniforme, se dejaron la vida, los sueños, la posibilidad, el futuro. Bajo las mil doscientas capas de intereses políticos y monetarios, una tímida excusa intentaba brillar como el faro del puerto que nadie quiere visitar: había que acabar con la esclavitud porque “todos los hombres son creados iguales”. Los negros tenían que ser libres. Iguales. Extensos campos verdes se bañaron de rojo, se cubrió la hierba de muertos, de sacrificio, de hijos que crecieron sin padre, de padres que enterraron a sus hijos, de familias atravesadas por el precio más alto. A pocos kilómetros de Vicksburg, hay un barrio de negros en donde las lágrimas me secuestraron y no me dejaron libre hasta el siguiente condado. Me nació una pregunta filosa: ¿de haber sido mi tatarabuelo el que se dejara la vida en aquel campo, pensando en un futuro en el que la dignidad del hombre y sus derechos no padecieran de miopía o selección de color, en el que todos pudieran vivir con las mismas oportunidades y garantías, qué sentiría yo como descendiente de aquel empeño, ante tanta pobreza y desgarro? ¿Si Martin Luther King hubiera sabido, proféticamente, que aquella bala le acabaría la vida, y que casi cincuenta años después, los negros todavía tienen que luchar por sus derechos, por salir de la pobreza que los absorbe y que se reproduce como hidra mitológica, que por cada cabeza que le cortan se pare dos más, se habría quedado Luther King en ese balcón? ¿Habría pensado que valía la pena?

Quien me conozca sabe que tengo opiniones muy contradictorias y muchas veces “políticamente incorrectas” sobre la negritud y la marginalidad y pobreza. Que no estoy de acuerdo con muchas cosas, con apologías del crimen por combatir la brutalidad policial, como si uno fuera el menor de dos males, como si fuera imposible encontrar una dialéctica que ayude a ambas partes a moverse hacia delante, sin enraizar aún más las diferencias. Pero nada, absolutamente nada de lo que la sociología y antropología me hayan enseñado, se puede aplicar a esto que siento. Hay un ser palpitante, de sangre hirviendo, que ha silenciado por un par de horas a la socióloga en formación que llevo dentro. La que ha experimentado el sur profundo ha sido la otra, la emocional, llorona, fácilmente alineada con las causas más jodidas, las de menos probabilidad de éxito.

Yo tengo gente que se la pasa diciéndome que no escriba cosas tan dramáticas. Que escriba cosas felices. Optimistas. Que todo en la vida no puede ser dolor. Que también el lado oscuro se contrapone a un lado más claro. Y bien, supongo que esa sería la gente que manejaría sin parar por todo Mississippi, uno de los estados más pobres, que dejaría la negritud, la pobreza, las casas inhabitables, sin dedicarles más de dos segundos. Yo no he hecho mucho más, la verdad. Pero he escrito esto para esas dos señoras negras, casi nonagenarias, que me sonrieron desde un portal a pocos kilómetros de Vicksburg, como si la pobreza no las estuviera ahogando, como si les quedara fuerza para dos siglos más de luchas, de esperanzas rotas, de iglesias quemadas, policías brutales y policías muertos a tiros tratando de proteger un barrio pobre y negro, de elecciones presidenciales que detienen a la humanidad toda por un segundo, solo para luego seguir al mismo ritmo de carretón destartalado. Esas dos señoras negras. La sonrisa que planta en tres y dos y le da el pecho a lo que venga, con la misma fuerza que lo habría hecho dos siglos atrás, y con la misma fuerza que lo hará mientras haga falta. Ese es mi optimismo. Ahí me siembro la esperanza.

Chicago

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(Chicago merece mucho más. Pero esto fue lo que me salió.)

Se que habrá quien me condene a la muerte por lapidación tras decir esto, pero: Chicago huele a La Habana, a Centro Habana para ser exactos. Quizás yo viene en verano, con máximas de veintisiete, o hasta treinta grados Celsius, y quizás más allá de los veinte o veinticinco, todo suda como la Habana. Tal vez cuando yo paso calor, transpiro esa ciudad que no me deja nunca por más patadas que yo le de para empujarla al otro lado. Como el amante insoportable que se pasa la noche tirándose encima de ti por más que tú le empujes a su lado de la cama; que no sabe que terminó a lo que ibas, y se estanca en la pretensión de un amor que no puede existir así en diez segundos.

Volviendo a Chicago. Decía Heráclito que un hombre no puede bañarse dos veces en el mismo río; el hombre ya no será el mismo ni el río tampoco. Espero que la excepción de la regla sea el femenino y la ciudad. Quisiera deshacerme en Chicago dos, tres, cuatro, infinitas veces. Quisiera volver a pasar un puente, pagar un peaje, mientras se pone el sol, y así de repente, verla levantarse del horizonte, sacudirse los años, los incendios, la segregación, las luchas, y saludarme. Soplar las notas de un saxofón que sólo yo escucho, que sólo a mí me lleva a lugares en los que he estado mil veces, en las aspiraciones más puras de un corazón cansado pero insistente, que cuando el mundo entero le dice no, se empeña más todavía en seguir; a veces para peor, a veces para mejor.

Esta ciudad me ha sanado heridas y me ha abierto otras. Me despedazó en un río cercada por unos gigantes de nombres rimbombantes, impronunciables, de concreto, de hierro, de cristales… Me tiró al agua helada de tener lejos lo que te es esencial e imprescindible, de los momentos vividos con el sujeto omitido, porque el sujeto está en una isla, porque a las islas las cerca el mar, las barbas, los errores. No caminé un solo centímetro de esta ciudad sin pensar en la Dra. Arq. Isabel Rigol Savio, o abuela como la llamo yo. Me parecía que caminaba conmigo, diciéndome bajito (como quien no quiere despertar gigantes) “este es de Mies… En este, allá arriba, hay una vasija de metal que es un gesto a Frank Lloyd Wright…”

Chicago, Illinois; me he dejado la vida caminando horas y horas esta ciudad, y aún siento que no he visto nada. Porque no se puede ver esta ciudad con una guía turística en las manos. Hay que sentarse en el parque, rodeada de pobres sin hogar que piden dinero, o incluso trabajo. Hay que dejarse asfixiar por esa peste a alcantarilla, que el polvo te coma las manos, para tropezarte de frente con un neo clásico, o un art déco, o incluso una simulación de rococó, que te arrastra a memorias de momentos que nunca viviste, o tal vez sí. Y de repente es 1944, sobrevives con cupones de comida, la guerra ha sacado lo mejor y peor de todos, y atraviesas por el City Hall, no te deslumbra una gota de ese neoclásico, esas lámparas, esos detalles en el dorado de los elevadores, el hierro que irriga en una especie de filigrana magnífico para siempre atrapado en una pared, mirando el paso de la humanidad ajena, como tú… Vas camino al encuentro de una amiga, subiendo las escaleras de hierro de “las elevadas”, las líneas del metro elevadas que cortan Chicago en varios pedazos de ciudad… Irás a ver una obra de estreno, de un tal Tennessee Williams, con lo que tú odias Tennessee…

Negros. Latinos. Pobres todos. Barrios donde eres el único “blanco”, y media hora después, eres el único “latino clarito”. Las calles que son en realidad pasillos de luz flanqueados por moles de concreto, y hierro, y cristales, que hacen el centro más estrecho; que hacen el corazón más ancho. Y al fondo de ese pasillo de luz, un cielo que no se rinde. Azul sin nada. Desafiante. El lago y su avenida, desde la cuál una fuente derrama ganas de seguir, mientras la ciudad te mira toda tendida en una horizontal infinita, cada edificio mejor que el anterior, y las entradas con los valets y botones, y tú pensando en 1930. Y los hi-hats tocándose brevemente, haciendo ese sonido efímero que acompaña a un saxofón, a una voz profunda, casi siempre de un negro. Chicago y el jazz, el jazz y Chicago.

No conozco nada de esta tierra que insisten con prepotencia en llamar América; solo conozco Chicago. No sé qué me espera al doblar, pero sé esto: Chicago tiene un alma que atípica para un “big city”. O más bien, Chicago tiene un alma muy Chicago. Es sustantivo, adjetivo y verbo al mismo tiempo; es sujeto y objeto, en sí y para sí…y para mí.

Me tengo que ir, porque hay un mundo entero que espera, pero Chicago es y será siempre mi primera vez, mi primer gran amor en esta land of the free and home of the brave; en este asfalto de pobreza, discriminación, segregación, lucha, sueños, música, triunfo, y Chicago.

Nuestra Casa de 28…

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Como siempre, dedicado a mis Dementes, coprotagonistas permanentes de todo lo que mi cerebro piense y mi corazón sienta.

Aquí de pie, separando el cielo de la tierra con mi cuerpo inmóvil, me toma por asalto Paul Auster con un fragmento que tal vez en otro momento habría dejado pasar sin pedirle carné, pero que hoy justo, o más bien esta madrugada a las 4 AM, me ha golpeado sin piedad.

No voy a contar de qué va Sunset Park porque nunca he sabido resumir, mucho menos libros. Pero hay una casa, destartalada, vieja, abandonada, y un grupo muy diverso, muy ajiaco, muy plural, de gente joven que se deciden, por muchísimas razones, a vivir allí de manera ilegal. Yo nunca he vivido de manera ilegal en ningún sitio, aunque ahora que lo pienso sí, una vez, por dos semanas, pero eso es otra historia. A lo que iba, esa casa, con la magia que ya tenía más el encanto que le agregan esa banda de squatters, no es la protagonista de la historia, en lo más mínimo, y sin embargo robó toda mi atención. Quien me conozca podrá adivinar la razón: yo tuve mi Sunset Park sin haber sido okupa, y tuve mi banda de vagos habituales que hicieron de La Casa de 28, el lugar al que siempre quiero volver.

Pero regresando a Paul Auster, preciso explicar ese fragmento que me trancó la respiración y me recordó que no he olvidado, que no he superado, que no estoy curada en lo más mínimo. Hay una traducción oficial del libro que pone esas palabras a disposición de los hispanoparlantes, pero como yo sentí aquellas oraciones en inglés, las traduje en mi mente al español, y por tanto es esa traducción intuitiva y visceral que mi emotivo cerebro hizo, la que compartiré con ustedes.

“Más temprano que tarde todos ustedes se habrán largado de Sunset Park, esta andrajosa casucha será derribada y olvidada, y la vida que están viviendo ahora se esfumará en el olvido, ni una persona recordará que estuvieron aquí, ni siquiera tú (…)”

La leo una vez más y me desgarra con la misma tormenta de cuchilladas que me propinó anoche. Porque me habla. Porque es conmigo. Es para mí esa lapidaria frase de “la vida que están viviendo ahora se esfumará en el olvido”. Porque pienso que, de haber leído eso cuatro años atrás, quizás habría podido valorar mejor la vida que estaba viviendo, la vida que estábamos viviendo todos en La Casa de 28. Así con mayúsculas, la Casa de 28 no es sólo un apartamento en un edificio biplanta construido a finales de los ’40 en el barrio elitista de Miramar. La mayúscula me sirve para separarla de la casa que los transeúntes, ajenos a lo que dentro ocurría, podrían haber observado. La mayúscula es para rescatar lo únicamente nuestra que era aquella vivienda, aún si el título de propiedad dijera otra cosa. La casa era de mi padre, y estábamos todos allí (unos de manera más consistente que otros) por invitación de mi progenitor. Nos había dejado la labor para nada fácil de cuidar la casa, velar porque no se cayera a pedazos, que no la robaran, que no la decomisaran, que no la ultrajaran. Es el lugar dónde nací, o más bien, a donde me llevaron cuando el médico autorizó sacarme del González Coro. Mi infancia transcurrió entre aquellas paredes, aquel techo y aquel piso, con mi abuela y bisabuela, y mi padre y alguna que otra mujer de turno. La escuela me quedaba a dos cuadras, o incluso pocos metros si me iba por el pasadizo del patio del edifico y brincando un muro. En ese barrio nacieron mis primeras amistades, mi primera vez montando bicicleta, mis primeras escapadas de la escuela para ir a bañarme en la costa.

Y bien, no puedo seguir haciendo la historia de La Casa. El quid de esta cuestión era el nudo en la garganta y la pisada de elefante oprimiéndome el pecho que Paul Auster me dejó cuando leí aquella frase. Aquella condena al olvido. Aquel robo a mano armada de la época más trascendental de mi vida.

Me dije entonces que no, que Auster no tenía razón, o que al menos no se aplicaba aquel fragmento a mi particular historia. Lo que vivimos en 28 no va a desbaratarse. La casa ya no es nuestra, ni siquiera de mi padre; tiene ahora otros propietarios y esos la cederán a su vez a otras manos, y otra niña tendrá su infancia allí, y otros jóvenes dementes convivirán sus tiempos de tantas definiciones, de tantos dolores y alegrías, tantos desgarramientos… Porque esas paredes están condenadas a la trascendencia. Porque los que las hemos habitado sabemos bien que tienen magia, que abrazan y sanan heridas, que a veces descosen, apuñalan, te hunden, pero siempre te piden perdón. Los que allí nos dejamos una parte inmensa de nosotros, sabemos que allí estamos, y estaremos siempre. Hay una cierta verdad en los mitos sobre fantasmas, lo creo. No son seres incorpóreos que rondan casas abandonadas queriendo asustar a los nuevos inquilinos, no. Son retazos de alma, de momentos, de pasados interrumpidos abruptamente, que se quedan habitando “el sitio en que tan bien se está”. Aquello que fuimos no se esfumará en el olvido. Aquello que fuimos y que vivimos se queda para siempre en el último bastión irreductible que es nuestra memoria; ese espacio de nuestro corazón donde cualquier intento de olvido perece ante un ejército de recuerdos. Yo lo voy a recordar siempre; yo lo voy a revivir siempre. Nuestra Casa de 28 es nuestra, y nadie nos la puede arrebatar: hay mucho corazón para hacerle frente a cualquier cobarde intento de olvidar.

Retazos de una carta para combatir demonios…

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Querida tú:

Te escribo una carta de amor.

Hoy me levanté con la nostalgia inoportuna que suele llegar cuando no tienes tiempo para ello. Es Enero y es gris, y es frío, y es pensar en Cuba. Siempre. No importa la música que me ponga, las películas que vea, las cosas que me repita; invierno más gris es igual a nostalgia. Pero como ya soy una niña grande, no me ahogo. La veo llegar, la saludo, le digo que me re-cago en ella por ser tan atravesada y llegar siempre cuando no tengo tiempo para atenderla, y luego le brindo café como se le brinda a esas visitas que una no quería pero que llegaron, y una es cortés, y una no puede tirarles la puerta en la cara. Así que sacrifico un poco del tiempo que le tengo que dedicar a asuntos académicos (que como era de esperarse tengo cero ganas de atender) y le pongo un poco de atención a mi inoportuna visita, pero sin que me vaya la vida en ello. Se siente rico crecer, saber que un año atrás esto me habría llenado de ganas de morir.

Pero bueno, a lo que iba: mi amor por ti. En medio de atender mi nostalgia, me tropecé con correos tuyos y míos de mis primeros meses en Canadá e incluso otros más recientes pero igual de imprescindibles. Me vi y te vi, cosiéndonos las heridas una a la otra, a veces mordiendo, llorando, pataleando, pero siempre, siempre, sobreviviendo y hasta viviendo. Y me di cuenta que hay dos constantes en mi vida que casi me definen: la casi total ausencia de cordura y ustedes, los dementes, los indispensables.

(…) El caso es que leyéndote, y leyéndome, me he quedado pensando en cuánto te amo. En que nuestras cartas parecen a veces sacadas de un libro, que alguien imprimió y luego no se vendió, y quedó tirado por ahí, para que alguien lo descubra y le salve la vida. Son narcóticos contra los dolores más intensos; son abono para la esperanza. Me salvan. Me salvas.

Sé que sabes cuánto te extraño, pero sobre todo extraño a mi “yo” cuando estoy contigo, cuando estoy con nuestros dementes. He hecho las pases con Canadá desde hace mucho; reconozco sus virtudes y defectos y hasta le amo como mi propia tierra. He acabado por aceptar que no se trata de que no exista espíritu aquí, sino de que es un espíritu distinto, con otros códigos; necesita subtítulos. Para suerte mía tengo un alma que parece hablar varios idiomas, y poco a poco, con pequeñísimos pasos, se va entendiendo con este país sin necesidad de cartelitos en lo bajo de la pantalla. Aunque tenga días como hoy, con esa nostalgia cabrona pero que ya distingo como perecedera, transitoria. No es esto la vida. (…)

Te extraño mucho, tantas veces, pero sobre todo cuando leo algo en español. Porque leer en español no es lo mismo que leer en Inglés, aunque sea a veces el mismo tema. Leer en español es subir por J hasta la UH. Estar en un aula de sociología con Luis y Joan. Bajar la escalinata y caminar a Infanta a coger el P1, llegar a 28 y que lleguen tú y Fernando un rato después, poner el aire acondicionado de la sala para hablar cualquier basura. Leer en español es verte, bailando, riendo, con el pelo rizado, flaca como tú sola, casi escupiendo el agua de la risa con David, con un torniquete en el pelo y en la cocina haciendo algún sancocho.. Creo que por eso me cuesta tanto leer. (…)

Flaca, ¡yo te quiero tanto! Yo sé que suena lésbico pero no lo es. Es que mi mundo de oscuridades, dragones, colores, sonidos, silencios y hasta etc, nunca lo he podido compartir con nadie tan naturalmente como contigo. Tú eres de las pocas personas que ha podido caminar por mi mundo sin que le tenga que decir dónde pisar y dónde no. Tu entras y sabes a dónde ir, y cuando te hablo de mis dragones sabes bien de qué hablo; los conoces, son primos hermanos de los tuyos.

Quiero reírme contigo. Tengo unos deseos infinitos de estar sentada en el mismo lugar y reírnos. He incluso pensado en nuestras peores discusiones, y son solo confirmación de cuánto te amo; solo las personas que más amo logran provocarme rabietas tan grandes.

En fin, desvarío un poco creo. Hora de despedirme. Te extraño mucho Mona mía; hoy pondré tu foto en mi mesa de noche, como la veinteañera que espera el retorno de su amado y mira la foto en sepia pensando “un día de estos”…que perra soy, lo admito, jejejejjejee…

Te quiero mijita, mucho muchoteeeeeeee,

besotes!

yo

About change and why it is possible…

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ayotzinapa

Just picture it. You get up in the morning and join the rest of your family in the kitchen. There they are, drinking their coffee, eating their breakfast, talking about Bill Maher and Ben Affleck, same old. Your older brother is running late. He grabs his stuff and says goodbye. You never see him again.

He didn´t commit any crime. He wasn´t on anyone’s Wanted list. He isn´t a terrorist. He is just a young boy who wants to be a teacher.

Your world will never be the same. However, everyone else keeps minding their own business. And all you want is for someone to care too, to share your indignation, your pain.

I believe it is in our nature, somewhere deep down below layers of culturally acquired individualism, to care for other people, to want to help them. We´ve seen great examples of selfless acts of bravery from neighbours, friends, even strangers, during natural disasters, war, or special circumstances.

Our first reaction to hearing that 43 students went missing in Mexico is one of pain and disbelief. The problem is that our second reaction, is frustration and defeatism. A sort of “it is what it is” quickly rushes to our aide to save us from the dangers of actually believing it could be any other way. We know it is wrong, but we convince ourselves it´s impossible to change. What could we possibly do, so far away, so burdened with our own urgent problems? Then we look at the rest of the world and we can´t remember the last time we saw the news without hearing somebody got killed, somebody went missing, somebody was abused…

But what we fail to see is that many of the rights and freedoms we enjoy today were thought to be impossible, unrealistic dreams once.

“Back in 1900, people who called for women’s suffrage, laws protecting the environment and consumers, an end to lynching, the right of workers to form unions, a progressive income tax, a federal minimum wage, old-age insurance, dismantling of Jim Crow laws, the eight-hour workday, and government-subsidized health care and housing were considered impractical idealists, utopian dreamers, or dangerous socialists. Now we take these ideas for granted. The radical ideas of one generation have become the common sense of the next.

How did this happen? Social movements transformed these (and many other) radical ideas from the margins to the mainstream, and from polemics to policy[1]

So the reality of it is that, although it is indeed an extremely hard, long process, we can basically change things. Of course all the aforementioned changes have come with a price and in many cases, they are still nowhere near what we actually need, but they are great achievements of the people, by the people, for the people. Nobody else will do it for us.

The geographical distance that separate us from other countries is almost always increased by the distance between our realities. The only problem with this is that, as life has shown us time and again, none of us are exempted from catastrophe, terrorism, or simply poor government. The awful actions of 9/11 and more recently the attack on Ottawa were a painful awakening to our vulnerability.

ayotzinapa 3With the ever-growing use of Facebook, Twitter etc., the people can now easily become part of the news’ spreading process. A lot of what we think and do is shaped by what we see others think and do, and by what media is constantly showing us. We can share a page, like a picture, and make things go viral, trending. We’ve done it with countless vines and silly videos.

We don’t all have to quit our lives and go join the Peace Corps. Although it would be ideal that we all made caring for the less fortunate a part of our daily lives, and in spite of the people that will call you a hypocrite for sharing a social change page while you spend somebody’s monthly food expense in make-up, please like the picture, share the page, donate to an NGO, volunteer. Do whatever you can, as little as it may seem, believe me, it is helping.

As they have been saying in the social networks: it’s not happening here, but it’s happening now. And I would like to think if it were happening here, someone out there would care.

[1] Peter Dreier, Social Movements: how people make history. http://mobilizingideas.wordpress.com/2012/08/01/social-movements-how-people-make-history/

El deber que imponen los desaparecidos…

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Hay noticias que, aunque uno las espera, casi las sospecha, las adivina ahí al doblar de la esquina, igual te dejan en shock, te hacen escuchar el silencio a tu alrededor. Cuarenta y tres personas. Te pones a sacar cuentas, a pensar: eso es solo un poco menos que mi aula de primer año de Sociología. Imaginas rostros. Te preguntas cosas cómo: ¿qué habrán hecho antes de que los secuestraran?. No quieres caer en el despropósito de cuestionarte por qué los han matado. La violencia en el mundo y en particular en América Latina ya ni te sorprende ni te permite el lujo de preguntarte ¿por qué?.

Cuarenta y tres personas. Estudiantes. Jóvenes. Ayotzinapa. Y ¿eso dónde es?. ¿Cuándo fue la primera vez que viste el nombre Ayotzinapa? Ah sí, hace casi un mes viste algo en el perfil de Facebook de una amiga mexicana, pero no prestaste mucha atención. ¿Tú? ¿Con lo que te gusta pensar que eres una preocupada por las causas sociales?… Bueno, y es que entre tanta sangre diaria en las noticias, hay cosas que se te escapan.

Ayotzinapa, Guerrero. Es en México, sí, pero dónde en México. Buscas un mapa y ves una geografía que te es extraña. Ayotzinapa, Guerrero bien podría ser, Falluja, Iraq.

Entras a Facebook y casi te quieres dar un tiro con la cantidad desbordante de imágenes estúpidas, de comentarios superficiales, vídeos de gente sin nada mejor que hacer que asustar a su perro. Te insultas, quieres gritarle a alguien. Pero luego te das cuenta que es el mismo Facebook que viste hace dos horas, antes de que cuarenta y tres estudiantes se te colaran en el pecho, en los ojos, en los oídos. Es el mismo Facebook con el mismo contenido que ves todos los días y que poco te insulta.

Abres el video de la conferencia de prensa de la Procuraduría General y lo primero que te sorprende es cuanto se parece la terminología legal mexicana a la cubana. En ambos casos, nadie que no se haya estudiado la ley, o que tenga amigos o familiares abogados, puede entender una mierda de lo que se está hablando. Por eso la gente en Cuba ni se molesta en leerse la gaceta oficial porque quién carajos puede entender algo de esa terminología legal que jamás en tu puñetera vida ninguna de tus tantas maestras te enseñó.

Haciendo un esfuerzo descomunal, y porque tu madre es abogada y tú estudias también algo parecido al derecho, te puedes hacer una idea muy vaga de lo que está diciendo el procurador general. Es un circo. La frescura y tranquilidad con la que ese señor habla de la participación de elementos de la policía municipal (creo yo que es municipal, o estatal, no sé) en fin, que desde el presidente del estado de Guerrero, hasta los basureros locales estaban involucrados. Y una periodista pregunta que si había efectivos del ejército en la zona por qué no salvaron a los estudiantes, y el procurador general responde que “menos mal que el ejército no intervino”. “Menos mal”, ¿en qué carajos de país, región, planeta, vivimos en el que se puede utilizar la oración “menos mal que el ejército no intervino” con la mayor tranquilidad del mundo? ¿Para qué los tenemos entonces?. Que existan lugares como México, dónde es natural y general que las personas no sientan confianza alguna por la policía, el ejército, o el gobierno y sus instancias jurídicas, es, o debiera ser, inconcebible.

En el proceso de la investigación para encontrar a los cuarenta y tres estudiantes, se descubrieron otras cinco fosas con cadáveres. La cuenta asciende a más o menos 38 cadáveres. Treinta y ocho restos de lo que alguna vez fueron seres humanos, que se encontraron por casualidad. Como ir por ahí caminando, explorando un sendero, y decir “ahí va, mira eso, una fosa con seis muertos”. Yo es que no sé qué me insulta más.

Y los basureros. Los tres infelices que han confesado, después de mucho padecer la procuraduría para que hablaran, pues tenían más miedo de los responsables de este crimen que de pasar le resto de sus vidas presos; a los basureros hay que oírlos hablar. Me atrevo a decir que han pasado menos de cuatro años de sus vidas en algún tipo de centro escolar. Me cuesta creer que esos seres tengan más de cuarto grado. Son pobres, sin educación, probablemente con una familia que mantener. Y los ves hablando de cómo tiraron los cuerpos, cómo los quemaron, con una tranquilidad escalofriante, cual si se tratara de un parte meteorológico. Y te dices, nadie puede ser tan malo, tan cruel. ¿Qué sabes tú? ¿Qué sabes tú de la pobreza extrema, de vivir en el medio de un monte, sin luz eléctrica, sin educación ninguna, sin saber cómo vas a darle de comer a tus tres hijos? Nada justifica lo que han hecho, nada. Pero sería bien fácil juzgarlos y odiarlos desde la tranquilidad de nuestras posiciones.

Lo que más desespera es saber que tienes que seguir. Tienes que ponerte ahora a estudiar, a cocinar, a continuar el ritmo de tu vida normal. Porque no puedes hacer nada. Puedes publicar cosas en Facebook, puedes escribir blogs, puedes donar dinero quizás a alguna ONG, pero nada de eso ayuda realmente. Los medios masivos, la constante presencia de la superficialidad en su expresión más plena en el centro de la plaza de esto que llamamos civilización, es mucho más fuerte que tu voz. Tú no vas a conseguir que la gente deje de preocuparse por quién se está templando a Kim Kardashian, o por comprarse ropa cara que luce muy parecida a la otra pero tiene ese abismo de diferencia que otorga una marca, o por reunir dinero para comprarse un carro para ir al trabajo para poder tener salario con el que comprar el carro… Pero peor aún, no te vas a quitar el reloj Michael Kors que te regalaron, por más que ahora te de hasta asco, ni vas a dejar de pasar horas viendo Friends, o las chicas Gilmore, en tu televisor de 42 pulgadas, mientras en África se mueren por los miles, y cuarenta y tres estudiantes mexicanos no pueden ya ver nada.

Pero como no te puedes tirar a morir, ni darte con un látigo, lo único que sí puedes hacer es seguir tratando de vivir tu vida ayudando a los demás. Seguir tratando de luchar por lo que quieres, y vivir una vida lo más digna posible, porque hay cuarenta y tres muchachos que ya no tienen esa oportunidad; tú sí, lo mínimo que puedes hacer es aprovecharla.

Carta a una madre que necesita un filtro de agua…

Destacado

Madre, ya no estés triste, la primavera volverá, 
madre, con la palabra “libertad”.
Silvio Rodríguez

 

aduana

 

Vieja:

Hoy amanecí con los socios del facebook comentando sobre la nueva resolución de la aduana, ¡te imaginas qué amanecer! Por supuesto, e incluso antes de poner la cafetera, ya el corazón me dio el acostumbrado salto al vacío que da cada vez que leo la palabra Resolución. Cuando de mi país se trata, las resoluciones nunca parecen beneficiarme a mí; ni cuando vivía allá, ni ahora que solo voy de visita. Y todavía tú quieres que haga la repatriación… ¡mira vieja!.

Me vino a la mente aquel día que, ya muy cercana a mi demorado permiso de salida, le dije a la rusa: “las ganas que tengo de no tener que volver a hacer ningún papeleo ni tener nada que ver con esta burocracia” a lo que la rusa, en su infinita sabiduría de … bueno, a lo que contestó : “mientras tengas familia aquí vas a seguir atada a algún papelito, alguna resolución, alguna mierda”. Y bien, heme aquí, dos años después y teniendo que cagarme en to lo que se menea porque ahora no sé como llevarles las cuatro mierdas que tanto ustedes necesitan.

Mima lo que más me molesta e indigna es saber que, una vez más, las decisiones se toman sin contar con nosotros; ni los de allá ni los de aquí. Son todo resoluciones y más resoluciones, cuya finalidad siempre es en apariencia para mejorar, y termina siendo otro elefante abusando de la telaraña, que resiste heroicamente, mientras le siguen tirando paquidermos encima. Pero qué te voy a decir a ti que eres abogada!

Cada vez que Jorge, que desde que estudia derecho no hace más que preguntarme sobre las leyes en Cuba, me pide le explique algo como esto, yo no sé para dónde virarme. Crecido en Canadá, y acostumbrado a un sistema con muchas fallas pero dónde al menos en teoría existen las vías para ejercer el poder ciudadano, el pobre no puede leer esos documentos sin pensar que es un chiste de mal gusto. ¡Como dicen que “todos los países tienen estas regulaciones”!… No, si a mí me encantaría ver a un canadiense de la aduana de aquí tratando de decirme que solo puedo entrar cinco pares de zapatos de vestir, o sentarme a discutir el por qué traigo dos filtros de agua.

Yo entiendo lo de la economía dañada. La fuga de divisas. Incentivar la producción nacional. Pero me pregunto, ¿en un país dónde los medios de producción están bajo el control del Estado, no puede el Estado simplemente encargarse de producir más y mejor, y luego ya cuando exista una verdadera oferta que satisfaga la demanda de la población, poner un freno a las ventas “por la izquierda”? La forma en la que lo han explicado tal parece que Cuba es un país de capitalismo tradicional en dónde el mercado se regula por las leyes milenarias de oferta y demanda. ¿Qué tendrá que ver que la gente venda licras con brillos traídas de Panamá con que el MINCIN tenga las tiendas abastecidas de licras parecidas, con igual calidad y similar o mejor precio? ¿Acaso quieren decir que mientras la gente pueda comprarle a “las vendedoras de ropa” la empresa textil Rubén Martínez Villena no puede producir más y mejor? Yo cada día entiendo menos.

Por otro lado, me insulto con esto también: ¿con qué moral me puede mirar a los ojos una muchachita de 24 años con uniforme de aduana, uñas acrílicas que a penas la dejan teclear, y hebillitas en el pelo “traídas de afuera” para quitarme los pomos de champú y suavizador que traigo para la familia? ¿Por qué tiene mi familia que lavarse la cabeza con el aguachento invento de champú adulterado que venden en casi todas las TRDs? Yo vine a este país a trabajar como negra esclava para, entre otras cosas, darles mejores oportunidades a mi familia y seres queridos. ¿Con qué derecho se me quita o se me limita a mí el placer de satisfacer la necesidad de miembros de mi familia, amigos y vecinos?

Mima yo cada vez entiendo menos.

Yo sé que hay mucha gente que se está enriqueciendo aprovechando el desabastecimiento que hay en Cuba y trayendo ropa de cuarta y quinta categoría para luego revenderla en la isla como si fuera alta costura francesa. Pero lo que no parecen entender esta gente de “allá arriba” es que si las mulas y sus redes se han enriquecido es porque en el territorio nacional hay una demanda total y vulgarmente insatisfecha de todas esas cosas.

Te confieso que ni pude terminar de leer la resolución. Me tuve que hacer un tilo porque no paraba de visualizarme imprimiendo el mamotreto aquel y apareciéndome en el José Martí con el documento como único equipaje, para metérselo por la cabeza a alguien.

Bueno, para qué seguir vieja, si al final ninguna de las dos puede hacer nada. Me tocará cuando haga las maletas ya no solo pesarlas sino inventariarlas. Tendré que sentarme a contar los pomos de desodorante, la crema de afeitar etc… Como sólo te puedo llevar un filtro de agua mima, te pido que se lo des a abuela, que con la radioterapia y eso no debe estar tomando agua de la pila, eso te baja las defensas como loco y capaz que coja algo más. Ya veré yo si en otro viaje te puedo llevar uno a ti. Dale cariños a todo el mundo y nada, ¡hasta la victoria siempre! Si necesitan miel de abeja sí dime, porque de eso puedo llevar 3 litros…

Te quiere siempre,

Tu hija emigrada, cubana a pesar de todo.

La memoria viva…

Destacado

 

Mi abuela es más roja que la bandera soviética. Lo que más me gusta de su intenso marxismo-comunismo es que durante toda su vida, no ha tocado un centavo que no fuera suyo. No tuvo más que gasolina por el trabajo, ni viajó a otro lugar que no fuera la Unión Soviética, una vez… Vive de su jubilación y lo poco que mi madre le puede ayudar. Lo único que ha hecho en toda su vida es trabajar como bestia, criar dos hijas, enviudar a los 40 y amar a Fidel y a la Revolución. Pero más que todo eso, mi abuela es un testimonio vivo de lo mejor de nuestra historia más reciente. Conserva cartas a mi abuelo, en aquel entonces solo un “camarada” que la cortejaba, escritas desde las montañas mientras ella alfabetizaba y él dirigía una estación de policía en Matanzas.

Los papeles ya tienen el amarillo inconfundible de muchos años y muchas batallas, pero en las palabras que todavía se distinguen sin esforzar mucho la vista, vibran emociones que son de lo más genuino que he visto en mi vida.

Aquellos años 60 o 70, de una Revolución recién nacida, con un pueblo masivamente dispuesto a darlo todo, absolutamente todo por la Revolución y la promesa de un porvenir de bienestar e igualdad, justicia y abundancia, se hacen imagen vívida con solo tocar el papel. No había sacrificio demasiado duro, precio demasiado alto; el cielo era el límite y lo habían tomado por asalto.

A veces una parte del corazón llora cuando lees cartas como esas. A ratos la piel se te estruja, te salen canas, el andar se vuelve cansado. Si te dices que ha pasado medio siglo, que ya la Revolución no es recién nacida, que seguimos teniendo tantos pero tantos problemas y, peor aún, todo por la incapacidad de escucharnos unos a los otros y mantener el horizonte abierto, algo dentro de ti se muere un poco.

“Los mismos problemas que hay en el resto del mundo” Sí, pero como dicen por ahí, “el resto del mundo no hizo una Revolución para que estas cosas no pasaran”…

No obstante, uno se convence de que todavía hay tiempo, y de que el suelo cubano, por sus características y los años de sudor y sangre derramados, es justo el lugar más fértil para que germinen los proyectos de sociedad nueva que puedan hacer frente al socialismo dogmático y al capitalismo individualista. La cuestión está en que ya no queda vergüenza para pedirle a todo un pueblo el mismo nivel de sacrificio que se pidió hace medio siglo. Si bien una cincuentena de años no es tanto tiempo cuando se trata de la transformación de un país, son muchas pero muchas generaciones pagando un altísimo precio por un porvenir que nunca llegó como se anunciaba.

Leer las cartas de mis abuelos es peligroso. Lo mismo te derriten el alma con aquel romanticismo revolucionario, ese idealismo sin límites y aquella manera tan sana de vivir la Revolución, que te hacen querer gritar un par de cosas víctima de la frustración de saber a esos dos jóvenes revolucionarios uno muerto y la otra con setenta y tantos años y más carencias de las que te atreves a contar. De la letra entusiasta en el papel amarillento se escapan imágenes de años y años de construcción socialista. Juntas fragmentos de películas, documentales o incluso fotografías de todas las épocas por las que ha atravesado esa sociedad tan sufrida. No te atreves a ver el resultado del sacrificio de tus ancestros. No te alcanza el valor para pensar en cuánto se perdió; en cuánto se pudo haber logrado.

¿Y ahora? Tantos años después, ¿cómo convences a millones de personas de seguir luchando con la misma intensidad, entregando y sacrificando todo? ¿Cómo se hace para explicarle a un joven de 23 años, recién graduado de cualquier profesión, que tiene que vivir con 10 cuc mensuales y que su aspiración no puede ser tener un carro moderno? ¿Cómo le explicas a una mujer que siente su reloj biológico suplicándole iniciarse en la maternidad que una cuna cuesta el salario íntegro de un año y ella nunca podrá pagar eso? Mi abuela nunca quiso un carro, y hubiese estado dispuesta a dormir a mi madre en una caja si eso era lo que la Revolución necesitaba. ¿A cuántos cubanos hoy le podemos pedir el mismo sacrificio pagando con las mismas promesas?

Se nos seguirán yendo los jóvenes, las mujeres seguirán sin poder parir, los profesionales seguirán trabajando lo justo y a veces menos, porque no se puede pedir más, no después de tanto tiempo y sin dar espacio verdadero a que los que quieren hacer hagan.

Habrá entonces que mirar atrás, recordar todo lo que el pueblo fue capaz de erigir, pensar en los bisabuelos, abuelos y padres que dedicaron lo mejor de sus vidas a construir un proyecto de nación que con toda honestidad, no floreció. Quizás el sacrificio de tantos cubanos y cubanas, alcance a darle fuerzas a las nuevas generaciones que decidan quedarse para, una vez más, tomar el cielo por asalto y construirse un futuro mejor en el mismo suelo en el que sus abuelos sembraron lo mejor de sus aspiraciones. Si eso no alcanzara, “que el último en irse apague la luz”.

El dilema de la Patria y la geografía…

Imagen

bandera

– Es que ella no vive aquí.

-¡Ah bueno! ¡Hubieras empezado por ahí!

Durante mi más reciente viaje a la isla de lo real maravilloso, en Diciembre pasado, entre las muchas cosas nuevas con las que me tropecé debutó la frase: “ella no vive aquí”. Aunque mis interlocutores en aquella conversación no guardaban ninguna secreta mala intención, la frase me dejó en knock out por unos segundos. Habían transcurrido ya año y medio desde que me había “ido del país” y en ese tiempo, ya sumaban tres las visitas a la isla. Pero esta era la primera vez que, en una conversación acompañada de cervezas y la excelente compañía de amigos y desconocidos, saltaba la frase lapidaria “ella no vive aquí”. No es que yo no lo supiera. Basta con entrar a tu país usando tu pasaporte cubano, en el que pone que tu lugar de nacimiento es La Habana, pero teniendo que enseñar tu documento de identidad canadiense. Es suficiente tener que pagar un “seguro médico” por 50 dólares, porque aún cuando eres “cubana” y tienes que entrar con tu pasaporte cubano, no puedes ir a un hospital a atenderte porque ya no vives en Cuba.

Los viajes a la isla están llenos de señales, unas menos sutiles que otras, indicando que ya no eres “uno de nosotros”. Si no te vas a joder esperando el P1 una hora o más, bajo un crudo sol de cualquier mes del año, o sofocarte en una cola en la CADECA para cambiar tu salario y ver cómo, a la inversa del milagro de los panes y los peces, la cantidad real de dinero en tus manos se disminuye hasta darte mareo; si no vas a asistir a las manifestaciones del Primero de Mayo, la Victoria de Girón, o la reunión del sindicato: ¿quién eres tú para querer atenderte en un hospital “gratuito” que tanto le cuesta a la Revolución? Gusana. Desafecta. Aprovechada. Qué importa que tengas que pagar 350 dólares canadienses para hacerte tu pasaporte CUBANO. Qué importa que tus sentimientos de cubanía y arraigo no hayan cambiado. Lo que importa es que te fuiste, traicionaste, abandonaste el barco cuando le estaba entrando agua por los cuatro costados. Así que ahora no vengas a querer coger botella.

El tema de los cubanos residentes en el exterior es en extremo delicado. Toca sensibilidades a ambos lados del mar Caribe y otras latitudes. Y casi todo el mundo tiene sus opiniones, algunas un poco drásticas, sobre los cubanos que nos fuimos versus los cubanos que se quedaron.

Sin embargo, y para ser honesta, yo durante los años que estuve en Cuba “mordiendo el cordobán” y tratando de ser partícipe de los cambios que mi sociedad pedía a gritos, jamás tilde de traidor ni desafecto a ninguno de los conocidos que habían tomado la difícil decisión de mudarse de planeta. Sí, me molestaba cuando aquellos que tomaban coca cola y comían croissants en el desayuno venían a Cuba a criticar la vida en el exterior y magnificar la vida en Cuba, porque yo me decía, “es muy rico olvidarse de lo jodía que es la vida aquí cuando se vive con tarjetas de crédito y buses con aire acondicionado”. Pero jamás osé pensar que esas personas eran menos cubanas que yo. Me pareció siempre que la cubanía no se mide en términos de “te quedas o te vas”, “coges el P1 o el metro”. Sobretodo cuando en el caso particular de Cuba, la emigración es un fenómeno con matices bien diferentes a los que puede tomar en otros rincones de la tierra.

De igual modo no dejo de reconocer que, para los que se han quedado en Cuba y siguen en pie de lucha, tratando de sobrevivir el mes con menos de lo que yo gasto a la semana, resulta complejo interpelar a este otro “cubano” que vive “la buena vida” y viene a Cuba a quedarse en hoteles en Varadero con los que otros cubanos solo pueden soñar.

Creo que no se trata de demonizar a los que nos fuimos. En la mayoría de los casos, daríamos lo que no tenemos por que las cosas cambiaran en Cuba. Nos fuimos, en muchos casos y entre otras cosas, para intentar hacernos un futuro menos lúgubre y poder ayudar a nuestras madres, padres, abuelos, hermanos, etc. Vamos de visita a Cuba y desde varios meses antes estamos arañando la tarjeta de crédito (dinero que al final ni siquiera es nuestro) para comprar “regalitos”. Vamos a la tienda del todo por uno para atiborrar las maletas de chocolates y así garantizar que cuando pase el vecino a saludar tengamos algo que ofrecerle, algo que le diga “me acordé de ti”. Y, en la mayoría de los casos insisto, hacemos esto de buena fe. No existe ley alguna, ni moral ni jurídica, que nos obligue a llevarle nada a nadie. Lo hacemos porque somos cubanos se quiera o no. Porque sabemos las mil dos necesidades que se pasan en nuestra isla. Porque cada vez que vamos a la tienda pensamos “como le gustaría a mi vieja probar este chocolate” o, “mira para eso, helado de tiramisú, el favorito de fulano” o peor aún, “mira, ¡desodorante!” . Escribimos a nuestros familiares y amigos preguntando qué hace falta. “Mami dime con tiempo si necesitas que lleve desodorante y pasta de dientes”. “Tata por fin dime si compro el paquete de 20 rollos de papel sanitario”.

Por otro lado es infantil pensar que nos fuimos y en el extranjero vivimos la dulce vida. Mientras es cierto que a algunos cubanos les ha ido muy bien, a otros muchos nos alcanza a duras penas para vivir decentemente. El problema es de perspectiva. Lo que en muchos de estos países constituye “vivir decentemente” en Cuba serían lujosos estilos de vida. Pero eso no tiene nada que ver con ninguno de nosotros. Nosotros, los de aquí y los de allá, no dictamos los estándares de vida ni en Cuba ni fuera de Cuba.

En casi todos los países a los que llegamos nos tratan como inmigrantes. Que no quiere decir nada malo, pero la realidad es que no eres uno de ellos. Cuándo te conocen te preguntan de dónde eres, y le tienes que decir, de Cuba. Eres cubano. Y yo me pregunto, si para los canadienses soy cubana, pero para los cubanos ya no tanto,  ¿qué soy entonces?

Yo me sigo sintiendo cubana. Pienso que tengo el mismo derecho a opinar sobre Cuba que los que siguen allí. Para mí uno no se gana el derecho a opinar con un carnet de identidad de seis dígitos azulito y blanco. El derecho a opinar se deriva del amor que tengas por tus raíces, por los tuyos, por la tierra que te vio nacer aún si esa misma tierra te hizo llorar más de una vez.

Creo firmemente en ese tantas veces mal utilizado y prostituido verso de Martí. Ese del amor a la Patria. Ustedes saben cuál.

Cuba: sigo sintiendo un odio invencible a quien te oprime, y un rencor eterno a quien te ataca. Ahí sigue la bandera en esta pared de Toronto; ahí seguirá mientras yo respire.

Cuando se rompan las costuras de la piel.

Destacado

A mi abuelita Lenia, por ser para siempre mi Tania la Guerrillera. El último bastión del más sincero amor a la humanidad. 

“Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”

 

A riesgo de convertir este blog en un perpetuo homenaje semi-infantil al gran Sabina (que nunca estaría de más dicho sea de paso), comienzo a escribir con otro fragmento de canción suya en la cabeza.

Por ahí andan también otras muchas cosas. Pasando mi pelo castaño revuelto y ese cráneo bendito que me ha protegido de tantas caídas, se esconden dolores y alegrías que a veces me roban el sueño. Hoy, en particular, el dolor de recibir malas noticias cuando estás lejos ha dado un golpe de estado y ha mandado a callar a todos los demás.

Mi primera reacción es querer coger un avión y dejar todo. Correr a ver a aquellos seres entre los cuales crecí, que me dieron más de un bofetón y lecciones sin las cuales no estaría hoy aquí.

Todo lo que soy se lo debo a cuatro o cinco casualidades, una sociedad cuasi-disfuncional y parapléjica pero que te abraza con el corazón quemando el pecho y te hace sentir, y a mi familia que con vínculos sanguíneos o sin ellos me enseñó a levantarme del piso cuando alguien más fuerte me tumbaba, y agarrar una piedra para abrirles el cráneo. Sí, así se criaba a los niños en Cuba. Hoy tenemos todo aquello de ganar con las palabras, de las ideas que valen más que las armas, pero cuando a mí me querían intimidar en una escuela primaria en la Cuba de los 90, se estilaba agarrar algo contundente y defenderte.

Ahora la vida se ha complejizado. Ya no es una negrita corpulenta el objeto de mis tormentos. Ya no me tumba al suelo algún niño del grupo de al lado que pasa corriendo jugando “al cogío” sin reparar en la fragilidad de mi flaquencia períodoespecialistica. Ahora se sube al ring de boxeo La Vida. Esa abusadora que se empeña en darme su mejor zurda, que compite en los pesos pesados mientras yo a penas sobrevivo en la liga de los pesos moscas. Pero la lección sigue siendo la misma. Agarra algo y pégale con fuerza; knock out en el primer asalto y todo estará bien.

Por eso hoy, entre tanta mierda y malas noticias, decido rescatar los mejores recuerdos que yacen en el fondo de un océano turbio de tanto remover. Con ellos defenderé la felicidad y la cordura hasta que suene la campana del último asalto. Hasta que termine el partido.

Me toca entonces recordar, aunque en ello me vaya la vida, las otras miles de veces que he estado en este mismo islote, víctima del naufragio, y sin saber hacia dónde queda el continente, o la tierra necesaria.  ¡Por cuántos siniestros, desgracias, pérdidas no has pasado ya!

Lo bueno que tienen esos momentos nefastos de nuestro tiempo en el planeta, es precisamente que una vez los sobrevives, se convierten en botiquín de primeros auxilios cuando la marea te amenaza por enésima vez. A ellos te aferras, o más bien, al haberlos sobrevivido.

La carcajada de una amiga. Las fotos que el resto del tiempo están prohibidas. Las letras de alguien que una vez te amó más que a sí mismo… Todos estos sortilegios son, para tu buena suerte, reciclables. Los utilizarás más de una vez a lo largo de tu pesado andar por cualesquiera que sean los caminos. Ellos desafían a la muerte, al dolor, a las malas noticias.

Así que hoy, como tantas otras veces, sigues aquí. Aún no ha sonado la campana. Siguen llegando los golpes a velocidad espeluznante y cada vez más llenos de ira. Pero sigues devolviéndolos. Sigues defendiendo el derecho a ser feliz, tus ganas de ganar el asalto, y ya después vendrá lo que tenga que venir.

Tienes un ejército de gente bella que te han arropado durante el invierno más difícil. Que te dieron la sustancia indescriptible y necesaria para transitar el mundo. Un ejército de seres que son fieles a tus locuras no importa en qué punto de la geografía estén. “Solo el amor alumbra lo que perdura” te repite Silvio desde algún rincón. Tú tienes amor de sobra, y ya con eso tienes todo cuanto necesitas.

De pie. Respira hondo y abre los ojos. Ahí están todas las razones para seguir luchando. Y ese ser que amas que hoy pelea su más injusta batalla, ya tiene ganada la guerra sin importar lo que pase en estos meses de incertidumbre. Así son los grandes, ganan la contienda habiendo amado hasta romperse las costuras de la piel.

Desde un Toronto gris pensando en el país de las ausencias…

Destacado

Réplica a un texto escrito por mi Mona Baró Sánchez en http://lastrenzasdelsol.wordpress.com/2013/06/07/por-culpa-de-un-viento-de-domingo-en-el-pais-de-las-ausencias/

Las heridas aún frescas. La vista desde la ventana que apunta hacia el Cementerio Judío, y allá en el horizonte, detrás de kilómetros y kilómetros de verdes árboles primaverales, las grúas y los edificios que te recuerdan estás en un país del “primer mundo”.

De pequeña cuando escuchaba aquello de “Tercer mundo” me construía mis propias explicaciones. Primero creí que Cuba era un país del Tercer Mundo por la posición geográfica. Me sonaba a que existían tres categorías o más, dependiendo de cuan al norte, centro, o sur de la línea del Ecuador se estuviera.  Luego alguien me explicó la infamia epistemológica, y decidí para siempre que mi isla, pobre, sucia, machacada, no era del Tercer Mundo.

Todo lo que aquí escriba, debo aclarar, es responsabilidad de las palabras/puñales de mi amiga querida, Mónica, autora de la célebre frase “la locura es una licencia para ser feliz”. Ella y sus trenzas del sol, me sentaron sin remedio en esta silla, frente a esteeditor de texto, y al lado de la ventana con la vista. Así que si alguien busca culpables, que el Tribunal llame a Mónica Baró Sánchez.

¿Qué estaría haciendo de estar ahora en la isla? Si David oye la pregunta inmediatamente respondería: tú, durmiendo como toda lechona que eres. Y la verdad David, el carisma con patas de mi amigo David, tendría razón.

La isla me provocaba somnolencia. Aunque debo admitir que Toronto tiene, por temporadas, el mismo efecto. Pero la somnolencia de la isla es distinta. Es perpetua. Es resultado del no poder hacer nada trascendental, o insignificante, pero algo. El temor a perder las sacrosantas conquistas de la Revolución, perpetuó políticas y costumbres que amarraron con invisible soga ardiente las manos y pies de los jóvenes que queríamos hacer la revolución con La Revolución.

Que sintomático, por ejemplo, esto de que haya que hacer diferencia en el discurso cuando escribimos Revolución o revolución. Alguien, o alguienes, ya hablaron y gritaron sobre el tema, pero a mí todavía me corroe las neuronas el que hayamos pasado tantos años venerando ciegamente un sustantivo.  Como el antes de Cristo y después de Cristo, Cuba tiene el Antes de la Revolución y después de la Revolución. O el con la Revolución, contra la Revolución. Para mi tranquilidad de espíritu, ya se ha cuestionado y debatido sin tregua el tema de la mayúscula, el sustantivo sagrado y hasta etc. Gracias muchas, compañeros y compañeras de los Talleres del Centro Juan Marinello, y compañía.

De estar en la isla, yo estaría recién despertando a las 12 del mediodía, tratando de encontrar algo que hacer mientras mis papeles para viajar a España, o Canadá, o Italia, se concretan. Siento que los últimos 10 años que pasé en la isla giraron en torno a la posibilidad de la emigración.

David estaría quizás camino al gimnasio, o a la escuela. Siempre encontraba razones para salir de la cama. En eso, y otras cosas, siempre fue mejor que yo. También pasó sus últimos meses en la isla al borde del naufragio en las temibles aguas inciertas del “me aceptarán en la universidad Rey Juan Carlos, me darán la visa, me darán la salida”… En Cuba todo hay que darlo, o Leo me corregiría, hay que ¡darlo todo! Hay que pedir permiso para casi todo, aunque ahora estén trabajando en la erradicación de esas trabas tan ridículas.

Durante mucho tiempo, había que pedir permiso para salir del país y visitar otro, pedir permiso para rentar la casa, pedir permiso para construir en la azotea de tu casa, permiso para permutar tu casa por otra, permiso, permiso, permiso. Vivian: creo que al final aquella compañera que gritaba ¡Permiso! tenía algo bien claro.

En Cuba ahora tal vez estuviéramos David y yo en la casa de mi padre de la Calle 28, en Miramar. Una casa que debemos agradecer no habla, porque si los ladrillos tuviesen cuerdas vocales y pudiesen articular vocablos en español, u otras lenguas, ¡estaríamos todos bien jodidos!

Mi padre se había marchado a Canadá, dejándonos a David y a mí la tarea de cuidar la casa, mantenerla apuntalada hasta que algo más sucediera. Nosotros nos mudamospensando que estaríamos unos tres meses, y la estancia se convirtió en dos años.

Quizás Mónica pasara, sin llamar, por la casa. David y yo podríamos bien estar en medio de una gran limpieza, de esas de tirar baldes enteros de agua, agarrar escobas y cepillar con estas el suelo de granito que mi Tía Nena pidió utilizar en la construcción de la casa, allá por 1940 y algo.

Mónica, sin reparo, se ofrecería a ayudar, y David y yo intercambiaríamos miradas cómplices, pues sabemos que Mónica puede dejar una lavadora puesta botando agua para mirar una flor que llama su atención. Es distraída. En cada planilla que llene debería poner Lugar de Residencia: Las Nubes. Ella piensa que es algo malo, se enfada a veces cuando yo le digo, pero no entiende que para mí es parte de su magia andar siempre volando por ahí.

Si Fernando estuviera en Cuba,  a lo mejor pasaría también por la casa. Sin duda alguna vendría, tal como dice Mónica, con su pullover blanco debajo de la camisa y entripado en sudor. El clima caribeño crea en él una imagen de turista en el momento y lugar equivocado. Le encanta andar descalzo así que se dejaría caer sobre la butaca de la sala y, quitándose los zapatos, nos contaría sobre sus peripecias por la embajada de Italia.

Sucedería tal vez, que David y yo continuáramos con la limpieza, mientras Mónica intenta ayudar pero encuentra mil y una cosas distintas que hacer por el camino, y Fernando sin miramientos se cuela en la cocina e inventa, a partir de los escasos recursos a su disposición, algún delicioso aperitivo. Eso sí, no sin antes fregar y dejar la cocina impecable.

Leo y Pedro no pueden llegar al mismo tiempo, porque no coincidieron en la misma época. Cada cual tuvo su temporada, como los co-protagonistas de las series, que de pronto desaparecen y aparecen otros. En las series siempre, o casi siempre, mueren, trágicamente, para atraer aún más la atención y empatía de los silentes espectadores. En el caso de nuestra serie particular, Pedro “se fue del país”.

Irse del país. Salida definitiva. ¿Alguien alguna vez logró explicar esos términos? O el tristemente célebre “intento de fuga” o “fuga al rescate” con el que acuñaban las Tropas Guardafronteras en sus reportes diarios el intento de algún cubano por alejarse del territorio nacional, rumbo a Estados Unidos, por vía marítima y en una embarcación a veces construida o improvisada, a veces robada. La fuga al rescate era más compleja porque consistía de aquellos que venían en lanchas rápidas desde Estados Unidos, a recoger a los cubanos cuyos familiares habían pagado cuantiosas sumas por su transportación hacia “la yuma”.

Yo también me fui del país. Salí definitivo.

La experiencia de mi salida de Cuba estuvo marcada, además de por el dolor infinito de separarme de tantas cosas, por el sello de “definitivo” que estamparon en mi pasaporte.

En la época en la que salí de Cuba, todavía existía el término de Salida Definitiva. Todavía perdías los derechos de propiedad sobre tu casa (¿alguien alguna vez los tuvo en realidad?), el derecho a la atención médica gratuita, educación gratuita, y otras tantas conquistas de la Revolución. En otras palabras, seguías siendo cubano o cubana, pero con limitaciones increíbles. Como si alguien pudiera, de hecho, ponerle limitaciones a la cubanía. Como si alguien pudiera, de hecho, hacerte salirdefinitivamente de Cuba.

De vuelta en la casa de 28, siendo ya de noche, llamaría Pedro, y con tono apesadumbrado casi fúnebre me preguntaría “quieren pan”. Pedro llamaba con frecuencia, minutos antes de ir a parquear el carro, y preguntaba si necesitábamos pan. Yo siempre pensé que era un gesto amable y descriptivo del corazón grande y bello que escondía bajo mil capas de trastornos de personalidad severos. Pedro siempre estuvo loco, y yo más loca que él. Fuimos amigos, luego novios, luego amigos. Siempre amándonos y arrancándonos la piel con discusiones que hoy todavía tenemos, todas por nuestra incapacidad para dejar de estar locos por un segundo y escucharnos bien.

De no haber sido Pedro quien llamara, por haber estado fuera de Cuba ya, el teléfono sonaría por Leo. Todo lo que yo diga de Leo estará siempre mediado por mi telepática certeza de que él lo va a criticar. Siempre tengo miedo de que Leo no me quiera, no me entienda, se burle. Desde que lo conocí supe que me iba a simpatizar, y sospeché que íbamos a ser grandes amigos. Leo me paró en seco un día que me dijo que no podíamos ser amigos, por razones que ahora no puedo o debo divulgar, y que tenían mucho sentido. Pero yo soy caprichosa, y decidí que él no se escaparía de mi trastornada y necesitada de afecto personalidad. Y pasó el tiempo y pasó, un águila o que se yo, por el mar, y Leo tuvo que correr conmigo para policlínicos y etc, más de una vez, por algún ataque de pánico o algo similar.

Cuando David se fue de Cuba, Leo me abrazó y me confesó “aunque tú no lo creas yo te quiero mucho”. Es la única vez que creo que me ha dicho algo así de profundo y sincero sin una burla implícita. Perdóname si me equivoco. Yo pensé en aquel momento que Leo solo quería llorar, por el dolor de la partida de otro amigo, y me había abrazado a mí a falta de alguien más. Pero hoy, aunque él se burle, yo sé que Leo me quiere, y que ese abrazo es de lo más sincero que nos ha pasado.

De las cosas que más duelen cuando dejas Cuba es saber que, aún si decidieras regresar, repatriarte, volver a tus raíces, darlo todo por la Revolución o la revolución, ya no lo puedes hacer. Poder regresar físicamente al país sí, pero regresar a los días que precedieron tu partida, no. Los amigos ya no están ahí, porque todos siguieron o antecedieron tus pasos migratorios. La isla ya no es la misma y tú tampoco. Emigrar lo cambia a uno aunque uno quiere seguir siendo el mismo. No se tambalea jamás el amor por la familia o los amigos, mucho menos el sentido de patria o la cubanía. Pero también invariablemente uno inicia lazos y relaciones con el país que te acoge, el otro, el que tiene mil problemas también pero tu decidiste mejor lidiar con esos que con los de la Revolución. Esos lazos que construyes con el nuevo país, también se te cuelan por las venas y se mezclan con tu sangre cubana, y hacen que cuando regresas a Cuba, también te sientes un poco distraído, confundido. Por tanto, como dice X Alfonso, no se vuelve atrás. Tal vez es a eso a lo que se referían los oficiales de la Dirección de Inmigración y Extranjería cuando te pegan el papelito de Salida Definitiva.

Vivian nunca pasaría sin llamar. Casi todas sus visitas a la casa de 28 eran organizadas, es decir, asistía a algún evento veintiochiano, que bien podía ser la celebración del Primero de Mayo. Sabes que llegó Vivian por la carcajada. Ella es famosa. Tiene esa forma escandalosa y bella de reírse, que la delata y saca de su escondite. Si alguna vez la estuviera buscando un cuerpo militar represivo, todo lo que tiene que hacer es contar un chiste, la carcajada apuntaría a sus coordenadas irremediablemente. Vivian, si te escondes alguna vez, ponte tapones en los oídos. Mas no temas, si llegaran a encontrarte sabes que ¡a mi nada me gusta más que andar rescatando gente!

Los días y las noches en la casa de 28 nunca fueron tranquilos. Alguna vez puede que hayan sido aburridos, pero nunca tranquilos. Siempre había alguien, siempre pasaba algo, y nuestra cocker spaniel negra siempre tenía alguna hazaña para hacernos reír o llorar. Sacaba papeles sucios del baño y los esparcía por toda la casa, se perseguía con rabia la cola, y algunas otras prefiero no nombrarlas.

Yo quiero regresar. No a Cuba, no a la Habana. Yo quiero regresar a la casa de 28, a aquel santuario donde mis amigos y yo compartimos momentos que andan para siempre grabados a fuego en la memoria de todos, momentos que ningún oficial de inmigración o de aduana puede quitarnos.

A veces me entristece vernos tan lejos uno del otro, luego abro los ojos y veo que están todos ahí. Que no hace falta siquiera tomar un avión y visitarnos, aunque no estaría de más, porque a fin de cuentas, uno se lleva más que ropa en el equipaje que pesan en la Terminal 3.

Y la isla. La isla en peso, también se va con uno. Cuba anda por el mundo. Resuena en el recuerdo de todos nosotros los que ya no estamos allí. ¿Quién puede, al final, definir el verbo estar?

Los que nos fuimos seguimos sin rendirnos, aunque algunos piensen que lo hicimos. Seguimos luchando nuestras propias guerras, contra demonios que nos persiguen desde la isla, y otros nuevos que encontramos del lado de acá de la frontera. Andamos ocupados y corriendo escribiendo respuestas a correos colectivos desde nuestros teléfonos, tratando de hacer malabares con el dinero que nunca alcanza ni en Cuba ni fuera de Cuba, luchando por hacer algo con nuestras vidas porque lo prometimos cuando salimos de la isla… Pero no nos rendimos, y ciertamente no olvidamos.

Cuba, te extrañamos, te queremos, no nos olvides tampoco a nosotros. Seguimos siendo tus hijos y te pedimos perdón si alguna vez nos avergonzamos de tu nombre en nuestro pasaporte. Hay días en los que no queremos saber de ti, pero entiende, es la nostalgia que nos muerde tan duro las costuras de la piel que si pensamos en ti nos deshacemos. Cuida a los amigos que quedan por allá, escúchalos por favor que tienen muchas cosas importantes que decirte. No dejes que las voces de los que pueden hablar callen las voces de los que quieren hablar. Záfate de las costumbres políticas inscritas en piedra, porque no se construye con libros y manuales, se construye con gente que conociendo los libros y manuales se atreve a pensar diferente.

No te pido que no dejes ir a los que quedan, porque no está en tus manos. Pero si puedes, intenta crecer y transformarte, o más bien dejarte transformar, en un reino de lo posible, dónde las despedidas duelan pero por las razones universales.

Te queremos siempre, nos guste o no, y sigues siendo el escenario de nuestras vidas, de nuestros peores y mejores momentos. El suelo donde cayeron nuestras lágrimas y germinaron nuestras alegrías. Guarda nuestros recuerdos a buen recaudo, nosotros seguiremos regresando a tomar café alguna que otra tarde. Ten la cafetera lista.

http://lastrenzasdelsol.wordpress.com/2013/06/07/por-culpa-de-un-viento-de-domingo-en-el-pais-de-las-ausencias/

De la nostalgia y otras bendiciones.

Destacado

 

“Más vale que no tengas que elegir
entre el olvido y la memoria
entre la nieve y el sudor.
Será mejor que aprendas a vivir
sobre la línea divisoria
que va del tedio a la razón.”
– Joaquin el grande Sabina

En unos meses, que en el fondo son una cadena de días, harán dos años de aquel Día de las Madres en qué dejé a mi vieja, con una fortaleza de Marianas Grajales, parada en la entrada de casa bajo la enredadera de Bugambilia morada, diciendo adiós con una sonrisa y el peso de mil muertes, mil entierros, en el pecho bravo.

“Te la estoy entregando viva. ¡Ella está viva!” Decía mi madre en jarana, parafraseando aquella dramática escena de la película Clandestinos, cuando un Luis Alberto García al borde del final, grita a todo pulmón que su Isabel Santos está viva, para que luego no haya equivocaciones cuando lleguen al cuartel a buscarla y nadie sepa de ella.

Mi amigo Leo y mi amigo David se ríen sin muchas ganas. Pero tienen que darle al menos eso a mi madre. Al menos la oportunidad de reírnos todos, como si no me estuvieran llevando al aeropuerto dónde, Pam! me pondrán el cuño de salida definitiva.

Ya la noche anterior, o más bien madrugada, habíamos vaciado todos juntos varias botellas de múltiples alcoholes. Habíamos cerrado en unos abrazos intensos el juramento innecesario de perpetuar nuestra amistad (ni falta que hacía si ya estaba perpetuada desde el primer día). Ya Mónica había hecho sus danzas incomparables, y aunque no nos complació con sus interpretaciones de Miriam, quedamos todos inmortalizados y destilando alcohol en las fotos que nunca veo. Las fotos, sí, las tengo escondidas, me lo recetó el doctor.

Harán dos años y yo sigo en el mismo lugar, de cierta manera. La Habana me queda chiquita cada vez que la visito, y Toronto me queda cada día más grande. Mientras más nado, más cerca me siento de la orilla. A cada rato me pasa un buque petrolero por el lado, yo le sonrío, me pregunta si necesito salvavidas, yo le digo que no, que yo soy de una isla del Caribe y mi vida es el agua. Pero me cansa nadar contra la corriente, con tanta agua fría, con tanto edificio gris, tanta gente ausente, tanto zombie en el metro, tantos conocidos que nunca pasan de ser eso… Me cansa. ¡A la puta te tendrías que haber ido a Madrid!

Mis recuerdos flotan conmigo a dónde quiera que nado. Si a favor o en contra, siempre están ahí, a veces para hundirme, a ratos para salvarme del delirio. Sueño despierta que subo a un avión, que me bajo en un lugar desconocido, y que en un café casi vacío, están todos ellos esperándome, todos a reventar de alegría por verme y por verse. Porque al final, siempre fuimos mejores cuándo nos vimos reflejados en los ojos de los otros. Porque con colas, largas esperas del P1, la censura y los mil demonios, siempre fuimos mejores cuando nos sentábamos a tocar temas intrascendentes o planear fugas perfectas en la terraza de 28.

¡Adáptate de una puta vez! Me gritan el sentido común y la razón ajena. Y yo trato. Créeme que trato. Pero nadie entiende que en este suelo mis raíces no cogen. No me doy. No crezco. Porque me falta un alma, un espíritu, un coger el teléfono y decirle a alguien “hazme la media a la tienda”. Me falta un sonar el timbre, y yo en paños menores, abrirle la puerta a cualquiera de los inoportunos estos que se pasaron la vida pasando por casa sin avisar. Que importa si yo andaba medio en cueros, ¡cuántas veces no me habrán visto en fachas peores! Y agarrar la sábana y taparte como puedas, sentarnos en el sofá y poner el Canal Educativo, y romper a hablar la misma mierda de siempre, porque nos encanta hablar basura, resolver los problemas del mundo, reformar el Partido, dictar las pautas para el hombre nuevo, dirigir películas mejor que Spielberg, escribir libros que ni García Márquez… Nos encanta sentarnos así, sin más preocupación que a quién le toca ir a buscar la botella de ron, y hablar hasta que las cuerdas vocales nos supliquen un break.

Trato de pasear por Toronto, sentir su alma. Me despeina un aire de ciudad moderna y olor a limpio cuando el metro entra a toda velocidad en la estación. Me deslumbran los carteles, las calles impecablemente limpias, la gente que tú tropiezas con ellos y te piden perdón a ti. Las meseras que te atienden con un amor como si les hubieses regalado tu primer hijo macho. Me encanta la internet a toda velocidad, en todas partes, a precios módicos. Me fascinan mil y dos cosas de esta sociedad nueva a la que nadie me mandó a venir, a la que nadie me pidió mudarme, a la que yo solita decidí hacer mi nueva morada. Pero no soporto el frío, ese que no tiene estación fija. No soporto ese frío inmenso en pleno verano, de no tener con quien hacer las cosas que te gusta hacer, de no conocer a nadie porque nadie se dirige la palabra a menos que ya se conozca. Ese aire fétido de gente que solo camina, robóticos, sin más espacio para ti. Gente a la que no le cabe una preocupación más, porque el índice de deuda en que vivimos todos acá es ridículo. Porque todos nos desvivimos por trabajar, por poder tener el dinero para pagar todas las cosas que “necesitamos”. Así las cosas, y yo sin adaptarme.

Pero no cojo lucha. No puedo. Ya cambiará algo. Ya dejará de torturarme este cerebro bilingüe que lo mismo piensa en inglés que en cubano. Este corazón que un día se infarta con el estado de la política de Ontario y al día siguiente llora con el precio de los carros en Cuba. Tengo fe en que algún día, así como de sorpresa, tal vez por mi cumpleaños, dejaré de estar encima de la cerca, o estar encima de la cerca dejará de ser un problema. Algún día no me tocará “elegir entre el olvido y la memoria, la nieve y el sudor”. Aspiro a ser ciudadana del mundo, y que nada humano me sea ajeno. Ya ese día me dará lo mismo si estoy en Cuba o en Canadá, o en Timbaktú. La bandera sí es un dilema, con la patria y la geografía. Ya dejaré de necesitar definirme con un himno y un idioma. Ya. Algún día. Tal vez mañana.

Yo no soy tu maldita gorda…

(Podría pedir disculpas por la agresividad, impulsividad, del texto. Pero hace mucho me harté de pedir disculpas por los arranques de rabia que el mundo me provoca, y por los que nunca pide disculpas él.)

Yo me llamo gorda. Porque me da la gana. Porque un día se me estiró el cuerpo por los cuatro costados, para dejar suficiente espacio donde esconderme y protegerme de todos los golpes. Se me rayó el cuerpo, se me hicieron unos hoyuelos extraños que por ahí llaman “celulitis” o algo así. Me crecieron las tetas, desde el primer embarazo interrumpido, y ya nunca regresaron a lo de antes. Se me hinchó la cara. Se me achinaron los ojos. Tengo unas cositas tipo verrugas, color piel, que me adornan todo el cuello, y que el universo encuentra lo suficientemente asquerosas como para quemar con láser. Yo no. Yo les pongo nombres. Dice el dermatólogo que no me preocupe, que no son nada maligno y que si las quito sea sólo por razones estéticas. “¿Han oído eso Rosita, Lola, Nenita, Lauri, Tomasa? Viene el médico a confirmar lo que ya sabía yo de hace rato: ustedes no hacen daño.”

Yo me llamo gorda. Porque me da la gana. Porque soy feliz y mi colesterol, mi azúcar, mis triglicéridos, mi hormona de tiroides, y todos los demás parámetros le dicen a mi doctora que estoy saludable. Porque estoy mucho más saludable ahora que cuando tenía 20 años, y pesaba 90 libras a los 1.65 de altura, y tomaba mi peso en alcohol, y fumaba dos cajetillas al día. Estoy mucho más saludable que todas las veces que me emborraché hasta no acordarme de todos los agujeros por los que se me salían las ganas de vivir. Más saludable que todos esos años en los que el dolor sin diagnóstico me tenía en un perpetuo ring de boxeo con las manos atadas, y los espectadores gritando esas canciones tan bellas y útiles como: “Deja de Ser Tan Vaga”, o “Sólo Es Cuestión de Poner de tu Parte”, y por supuesto el clásico “A Mí Me Pasa Igual y No Me Pongo Así”.

Yo me llamo gorda porque quiero hacer más ejercicio del que hago, pero quiero hacer ese ejercicio buscando la sensación de placer que me da cuando mi “algo” libera endorfinas. Porque las caminatas por el beltline de detrás de casa, oyendo la música más aleatoria que los dioses del Olimpo seleccionan, me da un placer parecido al de comer chocolate. Por eso me gusta tanto hacer ambas cosas. Porque amo a mis amigas fitness gurús que sí viven entregadas al ejercicio como forma de vida, porque les da ese placer infinito de las cosas que se hacen por uno mismo y no por ganar la atención de nada.

Yo me llamo gorda porque respeto mi cuerpo, respeto el de mis amigas y amigos. Porque cuando veo a una mujer en plena forma, conocedora de todas las dietas, miembro VIP del gimnasio más efectivo, y veo que la autoestima le empacó las maletas y la dejó hace años, algo se me rompe en el pecho. Y quisiera poder decirle lo bella que es, lo perfecta que es, lo imprescindible que es–lo mismo en bata de casa que con su mejor vestido de escote–pero sé que no me va a creer. Porque no me puede creer. Porque toda su vida le han dicho que no es suficiente, que tiene que bajar más, o engordar más, o maquillarse más, o maquillarse menos, u operarse más, o dejar de operarse tanto, o hacer más ejercicio, o dejar de hacer ejercicios como si fuera un hombre… Porque toda la vida le sembraron patrones absurdos de belleza, de éxito, de felicidad, y ahora no sabe vivir de otro modo.

Yo me llamo gorda porque me desnudo, y arranco deseos. Los arranco igual o más que cuando pesaba 90 libras. Porque no es sólo mi piel, mis formas, es todo lo que digo, todo lo que pienso, todo lo que sé hacer… Porque no tengo ni un rezago de las inhibiciones que tenía a las 90 libras. Porque no tengo ni una sola de las dudas, del terror a la luz sobre mi cuerpo, del deber absoluto de complacer al macho. Porque el sexo es mío y para mí, y en ese egoísmo brutal, lo hago también para mi pareja. (El escándalo que te provoca que hable de sexo en este post solo visibiliza una hipocresía bastante vieja y cansina.)

Yo me llamo gorda y eso no te da el derecho de opinar sobre mi salud, ni lo que tengo que cambiar en mis hábitos de vida. A menos que te la pida yo por escrito, considera que tu opinión sobre algo tan personal (y me importa poco que sientes que lo hago tuyo al hacerlo público en mis fotos), no es de mi interés. Porque yo, por ejemplo, no considero mi lugar opinar sobre tu flagrante ignorancia, sobre lo triste de que cuando se te caiga todo, por allá por los 60 y pico, no sé qué harás con tus parámetros de felicidad. Mi cuerpo es mío, tu ignorancia es tuya, vamos a mantenerlo así.

Yo me llamo gorda porque tengo un espíritu igual de gordo que mi cuerpo. Lleno de masitas felices que todos los días se defienden de los mil doscientos ataques por segundo con igual destreza que mis nalgas. (Sí, porque estar loca de remate también es pecado. Porque querer siempre leer, en vez de limpiar el baño, también es pecado. Porque sufrir por cualquier cosa, emocionarte de nada, amar como si fuera el último día, todo es también pecado.)

Yo me llamo gorda, y no gordo. Porque gordo es el hombre, y no significa lo mismo. Porque la mujer empieza a ser gorda muchas libras antes que el hombre. Porque la mujer tiene otras mujeres constantemente llamándola a cuidarse el peso, porque “ningún hombre te va a querer”, mientras el hombre puede pesar lo que sea, y aun así ser el puto amo.

Yo me llamo gorda, porque cuando todo el mundo estaba mirando el colesterol, el azúcar en sangre, el hígado graso de aquella muchacha “mórbidamente obesa”, yo estaba mirando su llanto. Yo estaba mirando su inseguridad, su angustia. Y cuando todo el mundo pensó que la iba a matar la obesidad, yo vi como la mató la vergüenza. Que es lo mismo que decir que la matamos nosotros. (Ya sé que jamás lo aceptarán, porque somos todos genios para evadir responsabilidad.) Y yo sé bien cuán distinto podría haber sido para ella. Sé bien que no tenía por qué costarle la vida.

Pero te resumo, que se te empieza a notar el cansancio:

Yo me llamo gorda,

porque

me da

mi gorda

gana.

 

Pero no soy tu maldita gorda.

Diary of Unaverage Joe (I)…

I like them with big titties. And full-shaped. Except if they are. If they are full-shaped then I want them skinny, bordering anorexic. I need them to be what they can’t be; what the next one promises to be.

I want to take them on a trip, down my battered, shattered ego. I need to drag them into this endless vicious circle, where I am really just chasing myself, trying to fight myself, disapprove of myself, hate myself…

I wish it were different, but daddy and mommy fucked me up. Or was it the other boys? Was it all them nasty kids, privileged classmates running around in elementary school, carelessly bombing my sense of self? Was it poverty, lacking, longing, not being enough?

I wish it were different but I got turned down too many times in my late teens. All them skinny, and full-shaped girls, all them smart and dumb as shit… All them always thinking the next guy was a better prospect than me. “But we can be friends if you want to.” Like I need your friendship. Like your friendship is gonna get me some wet pussy to call my own.

I like them, swear I do. I will never hurt a single one of them. But I need to take them down the rabbit hole, someone needs to carry all this baggage I brought.

But I like them, I like them all.

 

 

Ain’t I creative?…

I once walked into a bar and married a nice lady. Well, she was the product of my imagination, but we still had an amazing ceremony. Intimate, yet expensive. One must keep appearances, even if for imaginary people.

The truth is I didn’t marry a lady. Or a gentleman. I remain unmarried. Does that rhyme? It does not.

Few people know this about me, but I have failed at everything except for running.

Well, few people know anything about me, but you get the point. The truth is it takes a certain amount of character, and persistence, to be able to fail at everything. It isn’t as simple as people might imagine. No, sir, that it ain’t.

The reason why I am so good at running it’s that it gets dark after 5:00. Or, rather, 5:00 p.m. (I guess it technically is dark at 5:00 a.m., too)

Somewhere in apartment 1204 of a city street, a woman shakes all over at the sound of a man unbuckling his belt. She could be with me instead, but panic is a powerful motivator to stay frozen in the same awful place.

I have unbuckled my own belt more times than any other guy I know. But it never stuck. I am still waiting for something magical to happen. I am still hoping one day it will unbuckle for the same brave woman. Maybe a nice lady I meet at a bar?

But it must be someone brave. I could never settle for something less than that.

Amazing ass. Even greater tits. Skinny, so I can handle her any way I want. She must be smart but choose not to be too smart. You know? A guy like me needs someone I can easily impress. (Don’t we all?) She must be willing to pretend she adores me for my unending talent; my running skills for instance.

I could easily fall in love with a guy, if I chose to. It would do me some good, maybe. I mean, I’ve been doing this girl-chasing thing for so long, I don’t even know who is chasing whom anymore. But it would be so easy with a guy. Maybe too easy. I need drama. I need impossibility. The chase! Yes, that’s what keeps my cock hard.

There’s a knock on the door– I must go.

I once walked into a bar, and I married a nice lady. She is knocking at my door.

Anzuelos…

Yo no estaba aquí

Cuando eras tú

No había llegado a lo alto del árbol

Porque de allá arriba se cae muy fuerte

La mordida del anzuelo raspa el cielo de la boca

Pero yo siempre quiero morder

Que ridículo tan ubicuo y recurrente

Este de creer siempre que esta vez no

Que el anzuelo no me va a raspar los párpados

Los párpados

Me arden los párpados.

Y ya sé, por décimo-cabrona vez, lo sé

Que soy yo, como todas las veces

Nunca ha sido más nadie, ¿no sospechas?

Qué perfecta yo en mi culpabilidad perenne

No falto jamás a mi papel

He firmado todas las condenas, con gusto

De mi puño y letra.

Ya me sé conducir solita por el pasillo hacia el claro del bosque

Ya sé recitar el “preparen, apunten…”

Que ridículo es esto del fusilamiento.

Y las venas con ese vicio de tener qué derramar

Y las venas

Me duelen las venas

Pudiera enterrar aquí el género

–Salta desde el fondo ella–

Para venir a decir ¿serás imbécil?

¿acaso no ves el patrón?

¿No ves que sólo pasa con ellos?

Deja de darte latigazos ridículos en la espalda

La espalda

Tengo frío en la espalda

Son ellos los que no saben querer

Son ellos los que no saben querer

Son ellos los que no saben querer

No me sale de las entrañas criminalizar mi sed

No me sale de las entrañas ser yo la que tiene que dejar

No me sale de las entrañas agacharme a recoger el error y darle mi nombre

“No eres tú mi amor

son los demás”

Intenta creerlo, al menos por una vez

Porque está bastante imposible el inverso.

Pondré esta confianza en ti…

Yo tenía, creo, quince años. O alrededor de quince años. Yo me había ido a una fiesta con unas amigas. Había en la fiesta un muchacho que me gustaba. El muchacho y yo habíamos “interactuado” otras veces. En la fiesta anduvo un rato conmigo. Luego me estaba besando mientras con una mano le intentaba tocar el culo a mi amiga.

De regreso en el portal de casa de mi amiga, me quiso besar el muchacho. El asco y la rabia me ganaron. Me lo quité de encima y le pegué una galleta con toda la fuerza de la que era capaz a los quince años y con menos de cien libras de peso. El muchacho era mucho más fuerte. En la esquina del portal, en el suelo, me seguí defendiendo como pude.

Alguien me lo quitó de encima. No sé quién.

Esa misma noche, pero un poco más temprano, otra amiga mía había encontrado a dos muchachos en el baño de su novio. Estaban ahí, invitados por el novio, para ver si ella se acostaba con él, y hacerle fotos.

Durante muchos días, incluso meses, una parte grande de mí quiso contarle a mi padre o a mi padrastro. Quiso darles la dirección y el nombre del muchacho, y que se hicieran cargo. Y sé que lo hubiesen hecho. Mi madre también. Mis abuelas. Mi familia toda.

Pero no lo hice. Pasé semanas escondiendo morados y arañazos. Me dibujé en una esquina del portal, con el muchacho vengando mi galleta, hasta que se me acabaron los lápices y las lágrimas.

“Igualdad es igualdad. Si les das un golpe él tiene derecho a darte igual.” Lo he oído muchas veces. Incluso he estado de acuerdo otras más. No está bien pegarle a nadie. Pero no puedo evitar sentir que mi galleta no hizo ni de lejos el daño que hicieron los puños suyos. ¿Es entonces una cuestión simplemente de superioridad física? ¿Cómo entender entonces que nunca he sentido lo mismo las veces que me he fajado con una mujer, una más fuerte? ¿Qué hace el género a un escenario de violencia? ¿Es culpa mía, haberme sentido tan violada? ¿Me condicionaron la sociedad y el entorno durante toda mi vida para que ese día me dejara esas huellas sólo porque él era un hombre? ¿Si hubiese sido una mujer, una mucho más fuerte que yo, por qué no vivirlo igual?

No sé si el tiempo todo lo borra. No sé si fue instinto de supervivencia bloquear ese recuerdo. Durante años no volví a pensar en eso. Hoy, de hecho, no recuerdo su nombre.

Pero sé que una vez, el amor de mi vida y yo jugábamos a hacernos cosquillas, y él se puso sobre mí, y me agarró las manos (igual que había hecho yo dos segundos antes), y algo en mí tuvo terror. Y aunque toda yo sabía—porque sí lo sabía—que primero muerto antes que hacerme daño, algo en mí tuvo miedo.

El momento en el que me agarró las manos y yo no pude hacer nada, se convirtió en el momento de visualizar mi desventaja física. Se convirtió entonces en recordar todos los momentos en los que estuve en desventaja física respecto a un hombre. ¿Cuántos hombres conozco más fuertes que yo físicamente? ¿Cuántas mujeres? Son más los hombres.

Entendí entonces que he transitado por la vida con la certeza escondida en algún lugar remoto y apagado de mi cerebro de que el hombre que camina al lado mío, el que está sentado en la mesa de la derecha, el de en frente en el asiento de la guagua, el que está parado detrás en la cola del cine, puede aguantarme las manos y ganarme. Y que puede usar eso para cualquier cosa. Y que yo tendré que resistirme como pueda, luchar por zafarme, gritar, morder, pero puede que nada de eso funcione. He vivido con esa certeza en alguna parte, y he escogido confiar en que todos esos hombres no van a abusar de su superioridad física.

Todas las estadísticas que he leído en mi vida, donde son más los números de feminicidios, de violencia doméstica contra la mujer, de violencia sexual contra la mujer, han ido a reafirmar esa certeza de que es el género masculino el que gana la agresión, y el que agrede más veces que a la inversa. La sociedad patriarcal en la que crecí, donde es el machismo el que ha buscado coartar las libertades de la mujer, y no a la inversa, también sirvió para fortalecer esa certeza.

La violencia está mal, con independencia del género. El abuso de poder, el abuso de la superioridad física, está mal. Lo está cuando una mujer o un hombre golpea a un niño o niña. Lo está cuando una mujer mucho más fuerte, golpea a un hombre mucho más débil. Y lo está cuando un hombre convierte lo que debía ser un acto de defensa, de proporcionalidad, en uno de agresión.

Sin embargo, no logro dejar todos esos conceptos en abstracciones. No logro dejar de pensar en que hay vulnerabilidad, esté justificada o no. Y esa vulnerabilidad necesita también un espacio.

No quiero ser una víctima. No lo quise en aquel momento y no lo quiero hoy. Pero no quiero tampoco ser una víctima de mí misma. No quiero callar mi sensación de vulnerabilidad sólo porque “tienes que ser fuerte”, “ser mujer no te hace más vulnerable”. Sí me siento más vulnerable frente a un hombre que frente a otra mujer. Y necesito que los hombres entiendan eso. Necesito que entiendan que me siento en desventaja física, y que no sé si está justificado o no, pero estoy haciendo un acto de confianza cuando asumo que no van a usar mi vulnerabilidad en mi contra. Que no me van a convertir en otra estadística.

Hoy es 8 de Marzo, y siguen siendo muchas más las mujeres víctimas de violencia de género.

 

 

 

 

 

Historias dignas…

Todo parece indicar que algunos nacimos creyendo que las historias dignas de contarse son aquellas en las que pasa algo. Pero tiene que ser algo lírico, algo épico. No puede tratarse sólo de algo doméstico y mundano—no merece página, por ejemplo, la hormiga y su rutina diaria de seguir el rastro desde el anillo de café que deja la taza en la meseta hasta el pote del azúcar prieta. Tiene que fracturar un hueso, hincar un órgano vital, romper los ojos a lagrimones. Si no te corta la respiración no es una historia digna.

A mí es que me crece la curiosidad siempre en lo mundano. En estar sentada en un carro, esperando por una luz verde de un semáforo, y ver ese señor mayor, vestido como gentleman  de los años cuarenta, con sombrero, traje y guantes incluidos, cruzando el paso peatonal con una bolsa de compras bajo el hombro. ¿Ese hombre se viste así todos los martes para ir a hacer la compra de la semana al mercado? ¿Le esperará en casa una señora mayor, igual de engalanada, que teje en un sillón cercano a una ventana? ¿Tendrá esa señora el alféizar de esa ventana enverdecido de macetas con helechos? ¿A qué edad se casaron? ¿Tendrán familia? O quizás, el señor vive solo, enviudó hace años, y todos los martes hace la compra; pero los lunes los pasa en el parque, con las palomas y los otros señores viudos, que viven solos.

***

Un día quizás me convenza de que hay historias intrascendentes que vale la pena contar. Como verse en la calle a los pocos meses de haber llegado a un país desconocido, con 200 dólares como todo capital, un oso de peluche y una muda de ropa en la cartera. Y no tener a quién culpar más que a ti misma. Y no saber a dónde se va, dónde queda el auxilio o la mano extendida. Y de cómo se termina durmiendo en la sala de una joven recién parida, a quien apenas conociste hace tres meses y que has visto una sola vez en tu vida. A quien, además, en el futuro cercano, no le darás las gracias todo lo que se merecía. Porque el dolor hace urgencias de lo eludible, e ignora y dilata lo inamovible. No sé si pueda conmover una historia de esas; de la hormiga que sigue el rastro desde el anillo de café hasta el pote de azúcar prieta. O de cómo desde el suelo, con la piel envuelta en llamas y sin fuerzas para más nada, se reconstruye una vida casi desde cero.

 

 

Cerrar la puerta

​”De lo que era yo entonces no queda nada. Queda sólo que había comprendido quién sería en el futuro.”

 Cesare Pavese, Años. 


No cerré la puerta. 


Porque un día, parecía que todo iba normal, que yo caminaba el camino que caminan todos, y de pronto: no. Un día cayó una lluvia. Se rompió una copa de vino contra un espejo. Hubo sangre. Faltó el aire. Se inundó todo. Un día algo se rompió en la parte más allá, la de más adentro, detrás de todos los adornos, al fondo. (Y cuando digo un día, hablo de unos segundos. Y cuando digo un día, hablo de varios años). 


Pero no hice caso. Y seguí. Pretendiendo caminar el camino de todos. 


Y luego vino otro día, y de nuevo parecía que todo iba normal, que yo caminaba el camino que caminan todos, pero no. Y ese día no fue una lluvia, fue una tormenta. Y no se rompió una copa, se abrió el suelo. Hubo sangre también. Faltó más el aire. Se desbordó todo. Y de allí ya no se salía. Pasó todo a una velocidad espeluznante, como abrir y cerrar los ojos. (Y cuando digo un día, hablo de tres años.) 


Lo malo de ser rescatado del caos, es que no da chance a resolverlo. No hay oportunidad de recoger todos los bloques, ordenarlos, y luego saber que se puede. Todo se queda en un estado de suspensión inanimada, y no queda claro si está vivo o no. 


Fui extraída con precisión quirúrgica y velocidad supersónica. Pero todo lo demás se quedó allí, en la bóveda. Y la bóveda tiene salideros. Se escapan las tormentas a cada rato. Y luego no sé de dónde vienen. Pero es de allí. Es de aquella Atlantis, preservada para siempre en una pausa cruda, abrupta. Todo lo que no dije, todo lo que no hice, existe en alguna parte. Y me amarra. Y no sé soltarme. 


Fue como pudo ser. Y punto. Él fue quién pudo ser en aquel momento, en aquellas circunstancias. Ellos y ellas fueron los y las que les criaron para ser, a golpe de isla y agua salada. Yo hice lo que podía, lo que sabía, que era bien poco. No me alcanzó el espacio, ni la vista, ni el oído… Pero fue hermoso. Fue tremendo. Tuvo toda la intensidad de lo urgente, de lo que habita ese espacio de “vida o muerte”. Y me va a quemar siempre el pecho. Y querré regresar a atar los cabos, y sanar las heridas, y prevenir las muertes. Y eso está bien. Fue la vida. Y esta es otra. 


Ya han venido a parar muy lejos estos pasos. Hay que cerrar la puerta, antes de que el olvido la desdibuje, y ya no sepa dónde queda. 


Los perdono.

Te perdono. 

Me perdono. 

Fue la vida, y esta es otra. 

Cristales…

Señor, que duele aquí!

Y allá! 

Y que se me resiste la piel

A la cortada del cristal

Que la ventana de hoy me asusta

Que de pronto es noche cerrada

–¿la habré cerrado yo?–

Y afuera no queda nadie

Todo el mundo escupió

Rajó, sangró o hizo sangrar

Y luego se han apagado las luces

Y solo quedan ventanas negras

Y todo el mundo está a salvo

Durmiendo el sueño de los inocentes

Y me han dejado a mí aquí

A cargo de la noche y el vacío

Y el silencio frágil que no se calla

Y me asusta lo poco que queda

De esta noche tan cerrada.

¿Y mañana, señor? O más bien hoy

Y los cristales forcejeando con la piel

Y empezar todo de nuevo.

Y la invisible carga

Y la columna vertebral tan fragmentada

¿Qué parte soy yo y qué parte ellos?
No puedo dormir, señor

Hay demasiados cristales en la cama.
***

(He soñado que tenía cristales la cama

Me he asomado a la ventana y he visto

La ciudad desierta, cambiada por

un refugio

detrás de cuatro paredes

O más.

¿De qué nos escondemos?

¿qué refugio encontramos en ese azar

y buen precio

que alguien llamó casa?

Cansada de todo.

Espantada de todo.

Me refugio en nada. 

No quiero seguir saliendo

a dar la piel gratuitamente

a un látigo que

seamos sinceros

yo bien podría desangrar de una mordida.

Digamos que hasta aquí el dolor

Que hasta aquí el sacrificio

Ni un paso más sin escupir lo que lacera

O como mínimo dejarle saber:

Hay pájaros en la jaula

que no conviene abrir.

No se cierra la oscura noche sobre mi

La cierro yo con gusto.

Desde una ventana hacia el silencio

Me enamora el vacío y su reflejo

Me enamora ser yo, desde este borde

A esta hora tan repleta de virtudes

La que sabe los secretos de esas paredes

La que vigila el refugio de los otros.

 

No se qué queda después del silencio.

Un día voy a dejar de salir a averiguarlo.

Todo por los malditos cristales en la cama. )

Pies varados…

Tendremos ahora los mismos pies de la joven que muere porque es ilegal el aborto; lo mismos pies de los estudiantes asesinados por los narcos y el gobierno; los mismos pies de los niños descalzos a cuyos padres rajaron los machetes en alguna esquina de África… Los mismos pies cansados, sin esperanza, sin fuerza. Y duele.

Duele porque hay medio barrio, media familia, media mesa de pies cansados que dejaron todo—lo poco que podían dejar—y están ahora en un limbo del terror, con un único pasillo de regreso a la caldera.

Duele porque tiene sentido. Porque lo vimos venir. Porque en el fondo racionalmente entenderemos que era un paréntesis; una excepción que nos diferenciaba de otros igual o más jodidos que nosotros, pero era nuestra excepción. Era la excepción que nos salvaba a los padres de tener que vender maní afuera de un cine a los 70 años para mal sobrevivir; la excepción que nos ofrecía algún futuro para la hija que quiere estudiar medicina y no morirse de hambre luego. Era el frágil error del terrible orden natural de las cosas que por una cabrona vez nos beneficiaba, nos amparaba.

Duele porque nos enseñaron que somos el centro del universo. Seres especiales, superiores incluso a nuestros compañeros de geografía. Porque no nos importa que el negro sudanés, o el niño sirio, o la bailarina norcoreana estén igual o peor de jodidos, nos sentimos con más derecho que todos ellos a un alivio. Y nos han quitado el alivio, a nosotros los seres más merecedores del planeta.

Pero duele, donde más, en la comodidad de esta emigración propia. En el beneficio de una seguridad y tranquilidad a la que ya muchos no podrán aspirar. Duele en el por qué yo sí y ellos no. Duele en esto poco que tengo, que he podido labrarme, y que no puedo siquiera compartirle a otros la oportunidad de labrárselo por sí mismos. Duele el privilegio porque sé que no lo merezco más que ninguno de los que hoy tienen los pies varados.